
El científico y filósofo francés advirtió que refugiarse demasiado en los clásicos podría llevarnos a dejar de saber vivir en nuestro propio presente
La escritora Susan Sontag decía que "leer es ir a otro lugar, vivir otras vidas y conocer otros mundos". Suena a algo tremendamente aspiracional y bello, a algo que podríamos poner en una historia de Instagram con la imagen de un coqueto rincón de lectura y una taza humeante de café. Hace casi cuatro siglos, René Descartes se planteó esa metáfora, pero le dio la vuelta: “Es casi lo mismo conversar con gentes de otros siglos que viajar”.
Con esa reflexión, Descartes pretendía desmantelar la educación de su época y señalar lo que para él suponía un peligro: el uso de la erudición histórica y la lectura de los clásicos como vía de escape para no afrontar la realidad del presente. Lo curioso ahora es que en una época en la que parece que huir es nuestra forma de vida (huir de lo incómodo, huir del compromiso, huir de lo cotidiano), lo que explica Descartes sobre qué le pasa a quien viaja (o lee) demasiado y demasiado lejos de su propio presente, tiene más sentido que cuando escribió de ello en ‘Discurso del método’. Y se ve en cómo el reality shifting se puso de moda entre la Generación Z.
Convertirte en un extranjero de tu propia vida
“Bueno es saber algo de las costumbres de otros pueblos para juzgar las del propio con mejor acierto, y no creer que todo lo que sea contrario a nuestras modas es ridículo y opuesto a la razón, como suelen hacer los que no han visto nada”, escribía Descartes, que defendía que leer los clásicos nos ayuda a desprendernos de los prejuicios, pero “el que emplea demasiado tiempo en viajar acaba por tornarse extranjero en su propio país”, aseguraba y "al que estudia con demasiada curiosidad lo que se hacía en los siglos pretéritos ocúrrele de ordinario que permanece ignorante de lo que se practica en el presente".
Es decir, quien vive en la Atenas de Platón corre el riesgo de no saber cómo desenvolverse en su propio hoy. Si lo llevamos a nuestra época actual, Descartes haría referencia a cualquier refugio mental que usamos para no lidiar con lo que nos toca vivir ahora. Cada uno de ellos supone un riesgo, desde los libros que leemos para imaginar otros mundos a la comparación con un pasado idealizado o la fantasía de "otra vida" que no existe.
Cuando confundes la ficción con la vida real
Descartes decía que los libros de historia son relatos incompletos que omiten lo mundano y lo aburrido para que la lectura resulte más atractiva. Ahí está la trampa. “Las fábulas son causa de que imaginemos como posibles acontecimientos que no lo son; y aun las más fieles historias, supuesto que no cambien ni aumenten el valor de las cosas, para hacerlas más dignas de ser leídas omiten por lo menos, casi siempre, las circunstancias más bajas y menos ilustres, por lo cual sucede que lo restante no aparece tal como es, y que los que ajustan sus costumbres a los ejemplos que sacan de las historias se exponen a caer en las extravagancias de los paladines de nuestras novelas y concebir designios a que no alcanzan sus fuerzas”.
Creer que la vida real se puede regir por esa épica de los clásicos es engañarnos. Es vivir como Don Quijote, que en el libro es una metáfora que describe los patrones de alguien que tiende a idealizar la realidad y a buscar ideas inalcanzables. Pero no hace falta irse a las novelas de Cervantes para reconocer ese efecto, porque hoy en día, con la comparación de las redes sociales, por ejemplo, la mecánica psicológica es la misma: medimos nuestra vida corriente con la vara de algo perfecto que esconde aquello corriente y el resultado es que nos frustramos.
La verdad se busca "en el gran libro del mundo"
En un momento dado, Descartes decidió hacer caso a su propio consejo. Cuando finalizó sus estudios en La Flèche, abandonó por completo el estudio de las letras. Decidió no buscar otra ciencia que la que pudiera hallar “en sí mismo o en el gran libro del mundo”. Como recoge ‘The Oxford Dictionary of Philosophy’, prefirió la verdad práctica de las personas que arriesgan algo en sus decisiones cotidianas y pagan el precio de equivocarse con diferentes consecuencias, que la de los intelectuales encerrados en sus despachos especulando.
Esta idea de salir de ese refugio intelectual para volver a pisar el presente aparece, con matices distintos, en otros filósofos como Séneca que, en sus ‘Cartas a Lucilio’, avisaba de que picotear entre muchos autores sin orden es señal de un alma inquieta: "quien está en todo lugar no está en parte alguna". Arthur Schopenhauer decía que leer en exceso embota el pensamiento propio y comparaba leer las ideas de otro con comer las sobras de una comida a la que no te han invitado, y Jean-Jacques Rousseau dijo que "el abuso de los libros es la muerte del aprendizaje sólido. Las personas creen que saben lo que han leído, y no se esfuerzan por aprender".
Aunque Descartes hablaba de libros de historia, su advertencia es aplicable a cualquier forma de evasión mental que usamos hoy para no estar del todo en nuestra propia vida. Los scrolles infinitos de Instagram. Imaginar futuros que no sabemos ni si llegarán. Vivir en un pasado que ya no existe. Todo eso nos impide habitar el único tiempo que realmente es nuestro: el presente.
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