Hacer ejercicio no falla por el cuerpo, falla antes en la cabeza
Lo típico: nuevo año, nuevo tú. Mientras suenan las campanadas y no atiborramos de uvas la boca tenemos en mente un nuevo reset no sólo de personalidad o de armario, sino que también el cuerpo forma parte del objetivo del 2026, sin embargo, a días de que termine el mes, sientes que cuesta tanto mantener la motivación aunque empieces con ganas de hierro.
Esa sensación de fichar en el gimnasio la primera semana, dejarlo en la segunda y acabar tirando la toalla sin siquiera entender por qué no funcionó tiene una explicación más profunda de lo que parece. La ciencia del comportamiento está empezando a poner nombre a ese muro invisible que tantas veces acaba con las buenas intenciones y con tu camiseta dry-fit nueva acumulando polvo en un rincón.
Un estudio reciente de la Universidad de Michigan y la Universidad Estatal de Kent, publicado en BMC Public Health, ofrece una mirada fresca sobre esta frustración común a través de lo que llaman pensamiento de todo o nada aplicado al ejercicio.
Según la investigadora Michelle Segar, este patrón mental aparece cuando el plan de entrenamiento que alguien se ha propuesto deja de ser viable tal y como lo imaginó y, en lugar de adaptarlo, la persona decide abandonar por completo. En otras palabras, si no puede cumplir con su idea ideal de lo que debería ser "hacer ejercicio", opta por no hacer nada, como si todo tuviera que ser perfecto o no valiera la pena intentarlo.
Ese tipo de pensamiento rígido no es nuevo en el campo de la salud conductual: ya se había observado antes en hábitos alimenticios y en el control de peso, pero hasta este trabajo no se había explorado a fondo su impacto específico en la actividad física.
El equipo de Segar reunió a adultos de distintas edades que contaron cómo expectativas muy estrictas y la percepción de esfuerzo inmediato frente a beneficios a largo plazo los llevó a desistir. La motivación, como con cualquier hábito complejo, no es algo que simplemente "aparece" con buenas intenciones, sino que depende de cómo se enfrenta uno a las experiencias imperfectas y a los cambios de ritmo de la vida cotidiana.
El estudio sugiere que romper con esa mentalidad de blanco o negro (perfección absoluta o abandono total) puede ser clave para que el ejercicio no se convierta en otro propósito frustrado más. Según los investigadores, entender que una sesión más corta, una caminata ligera o incluso un ajuste al plan inicial no son fracasos, sino parte de un proceso flexible, puede mantener la motivación encendida a largo plazo.
Esta perspectiva abre una puerta para que más personas vean el ejercicio no como una obligación idealizada, sino como una actividad capaz de ajustarse a sus vidas reales sin que una mala semana signifique rendirse para siempre.
Foto de Marvin Cors en Unsplash
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