Gracias, Miranda: cómo el personaje de ‘El diablo viste de Prada’ me ayudó a encontrar mis límites profesionales

El personaje interpretado por Meryl Streep representaba ese liderazgo tóxico del que ahora huyo

Anabel Palomares

Editor

La figura de Miranda Priestly en de ‘El diablo viste de Prada’, no solo fue la de una villana en una comedia sobre el mundo de la moda. Se convirtió en un retrato muy real que reflejaba el coste de la ambición femenina. Una girlboss de manual que, curiosamente, no odiamos sino que admiramos. Su absoluta seguridad y la indiferencia por lo que opine el resto la hacen magnética y la primera vez que vi la película quise ser como ella. Aspiraba a convertirme en un icono como Miranda Priestly porque no vi un monstruo.

Luego volví a ver la película. Una y otra vez hasta completar una decena de veces y, con cada nuevo visionado a lo largo de estos veinte años, el personaje de Miranda se volvió más reconocible a mis ojos. No por la costumbre, sino porque ya había sufrido ese perfil de liderazgo tóxico que asocia el éxito con la crueldad. Ese liderazgo que nos hizo creer que si tu jefe te trata mal en el trabajo es solo porque es muy bueno en lo que hace. Con el tiempo entendí que Miranda podía ser un espejo pero no uno en el que mirarme. Podía ser uno en el que descubrir lo que no quería de un jefe y con el que perfilar mis límites profesionales

El trabajo es importante en mi vida, pero no lo es todo

Miranda exigía a sus “Emilys” una lealtad ciega que implicaba el mismo horario que el de una farmacia de guardia, 24/7. Eso significaba que todos sus empleados debían poner el trabajo en una primera posición inamovible en su vida, tanto que a Emily le aterrorizaba algo muy humano: ponerse enferma. En un momento de la película llega a decir "Me niego a estar enferma. ¡Me pondré un Valentino por el amor de Dios!". Durante un tiempo funcioné igual y solo me acarreó una ergofobia que convirtió la ansiedad en parte de mi vida. Ahora el trabajo es importante en mi vida, pero ni me define como antes ni es lo más valioso que tengo.

Las relaciones laborales no son deudas emocionales

Como ella misma decía, “Todo el mundo quiere esto. Todo el mundo quiere ser como nosotros”. Este mensaje lleva implícito algo: debes estar agradecida por estar donde estás, pero de un modo esclavista. Con el tiempo he aprendido a base de palos que las relaciones laborales son bidireccionales. Yo trabajo, tú me pagas. Ambos recibimos, yo mi sueldo y tú mi trabajo, pero yo no tengo que darlo todo por ti por tener un buen trabajo por el que otros “matarían”. Tengo tanta suerte de trabajar en tu empresa como suerte tienes tú de que lo haga. 

La relación laboral no es una deuda emocional aunque mi jefe me quiera hacer creer que soy afortunada por tener trabajo en un mundo de precariedad laboral. Existe toda una cultura empeñada en convertir el privilegio de tener un buen trabajo en una obligación moral de entrega total. Miranda trabaja para Runway, la mejor revista de moda del mundo. Emily asegura en la película que "Un millón de chicas matarían por tener tu puesto", lo que parece que lo convierte en un privilegio. Eso significa que no tienes derecho a quejarte, pero existe una diferencia entre gratitud y servilismo. Puedes estar orgullosa de donde trabajas y seguir siendo una profesional con límites. 

Si siento miedo al ir a trabajar, ahí no es

Miranda usa el miedo como herramienta de gestión de su equipo. Es tan palpable que antes de hablar con ella, Andy y Emily tienen síntomas físicos de ansiedad como sudores o  palpitaciones. Y es que cuando no sabes si tu jefa va a contestarte con un “Por favor aburre a alguien más con tus preguntas”, pues surge el miedo. Y del miedo, la ansiedad. Ya he vivido con esa sensación al ir a trabajar y busqué otro trabajo. Evidentemente la situación personal de cada uno interviene en las posibilidades de buscar otro trabajo, pero ten muy claro que si tienes miedo ahí no es. 

Mi compromiso no se mide por las horas extras o las llamadas y mensajes los fines de semana

Nigel llegó a decirle a Andy “Avísame cuando toda tu vida esté arruinada, será el momento de un ascenso”, y Miranda exige esa dedicación. Las llama a deshoras, las ausencias no son justificables para ella y si no te quedas siempre, no te quiere en su equipo. Pero ese compromiso extremo que implica una vida personal inexistente no es más que la esclavitud del siglo XXI

En mi caso este límite es uno de los más me costó aprender e integrar, pero ahora el tiempo extra es una excepción que no me importa hacer en caso de necesidad pero no cuando se convierte en una costumbre diaria. Renunciar a mi tiempo fuera del trabajo para dedicarlo a trabajar implicaría perder mi vida por el camino y no estoy dispuesta a ello.

Tengo derecho a expresar con asertividad lo que opino

Miranda no necesita ni hablar para expresar su desaprobación cuando otra persona opina. Lo que pasa es que ese estilo de liderazgo da peores resultados. El cerebro responde de forma más positiva a los líderes que muestran compasión y se relaciona con menos agotamiento emocional. Los equipos liderados con empatía obtienen mejores resultados, tienen una menor rotación y son más creativos, y en esa empatía entra nuestro derecho a opinar con asertividad y respeto, algo que Miranda no consintió en la película. 

Aunque me ha costado muchas lágrimas, he aprendido en los 22 años que llevo trabajando que tengo derecho a expresar mis opiniones, y sobre todo a que si la respuesta es una falta de respeto, tengo derecho a decirlo y avisar a recursos humanos para iniciar los trámites necesarios. Que me hagan bossing no es negociable y estoy dispuesta a pelear hasta el final por evitarlo. Nadie tiene derecho a ser un abusón por mucho que sea tu jefe y después de haberlo sufrido en primera persona, no repetiré la experiencia. 

Ahora no solo busco un trabajo, también tengo claros cuáles son mis límites profesionales y no tolero un jefe que los rebase o me trate mal. Gracias, Miranda, porque ningún manual de liderazgo me hubiera enseñado tanto sobre lo que no quiero como lo hiciste tú en ‘El diablo viste de Prada’.

Fotos | El diablo viste de Prada (2006)

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