Chanel no entendía la identidad, la elegancia y la belleza como algo fijo e inmutable, sino como algo que evoluciona y se trabaja
Antes de que su nombre se convertiera en sinónimo de elegancia, Gabrielle Chanel fue una niña que creció en un orfanato, una joven que se ganaba la vida cantando en cabarets y una mujer que aprendió a construirse su lugar en el mundo desde cero. Su biografía no solo explica la estética de su marca, también ayuda a entender una de sus frases más populares, según se la atribuyó el suplemento 'Maximes et sentences' de la revista 'Vogue', publicado en París en septiembre de 1938:
"La naturaleza te da el rostro que tienes a los veinte; la vida moldea el que tienes a los treinta; depende de ti merecer el que tienes a los cincuenta".
Es una cita muy potente que podría interpretarse con diferentes matices según quien la hubiera pronunciado. Sin embargo, dicha por una mujer que se inventó a sí misma, la frase pesa distinto. Sobre todo porque Chanel no entendía la identidad como algo fijo e inmutable, sino como algo que se trabaja. Esto es algo que plasmó en su marca, tratando la moda no como simple ropa con la que vestirse sino como una herramienta para construir la identidad personal.
Igual que hizo liberando el cuerpo femenino del corsé, con esta máxima también parecía creer que la imagen de una persona no es solo una cuestión de genética o de azar, sino de trayectoria. Ella fue el vivo ejemplo, pues su elegancia no era solo estética, fue prácticamente una disciplina. Y ahí es donde su cita conecta con la idea de que, con el tiempo, lo que somos por dentro termina reflejándose por fuera.
Chanel hacía referencia a un proceso acumulativo: pequeñas decisiones y hábitos que, con los años, dejan huella. Ya sea para bien o para mal. Es una enseñanza que es pertinente recordar en los tiempos que corren, cuando tanto de lo que hacemos gira en torno a atajos que ofrezcan resultados visibles de forma exprés sin transformar necesariamente la base.
Por ello, traída al presente, la frase puede adquier otra capa para el lector moderno. Vivimos en una cultura que ha acelerado los resultados y ha simplificado los procesos: queremos cambios visibles ya, aunque eso implique saltarnos el camino. En ese contexto, el "merecer" del que hablaba Chanel casi suena anticuado porque exige paciencia en una época que premia lo inmediato.
No obstante, sigue aplicando. Porque frente a soluciones rápidas (autoayuda barata, coaches y gurús, dietas milagro, retoques exprés o la popularidad reciente de fármacos como Ozempic usados con fines estéticos) la idea de fondo aplica más que nunca: lo que permanece y verdaderamente nos transforma para mejor no suele conseguirse de la noche a la mañana.
Si llevamos la frase al terreno cotidiano, la lectura literal tiene que ver con mejorar hábitos de sueño para dormir mejor, moverse más, comer saludable pero con cabeza, aprender a gestionar el estrés... En definitiva, invertir en nosotros por fuera y por dentro. Nada espectacular ni inmediato, pero sí pequeños detalles que van sumando. Y, sobre todo, que perduran en el tiempo para vivir y envejecer mejor.
Chanel, que construyó una estética basada en quitar capas para liberar el cuerpo femenino, probablemente habría desconfiado de cualquier solución que no implicara cierta constancia. Su idea de "merecer" un rostro no apunta a la perfección, sino a la coherencia: a que lo que se vea por fuera tenga algo que ver con cómo se ha vivido.
Por eso nos parece que la frase sigue resonando. Porque no se trata de aparentar ser siempre jovenes y estupendos a golpe del último tratamiento extremo e invasivo de moda. Nos recuerda que hay cosas que son un camino y no un objetivo y que, en gran medida, son la recompensa de lo que hacemos cada día.
Foto de portada | Dominio público
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