Un true crime incómodo y de los que indignan
Se estrenó hace tan solo tres días en Netflix y ha entrado directo al primer puesto de lo más visto en España. No porque sea fácil de ver ni porque tenga unos giros de guion espectaculares, sino porque cuenta una auténtica historia de terror real ocurrida en nuestro país.
'El depredador de Sevilla' es la docuserie que reconstruye el caso del depredador sexual Manuel Blanco Vela, también conocido como Manu White. Este empresario sevillano organizó, durante años, viajes para estudiantes extranjeros. Sin embargo, lo que en apariencia empezaba como una experiencia más de sus años de intercambio universitario, acababa convirtiéndose para muchas chicas, principalmente estadounidenses, en el escenario en el que eran agredidas sexualmente.
El documental no juega a esconder esa realidad, por lo que no hay misterio que resolver ni giro final que lo cambie todo. Desde el principio deja claro qué fue lo que ocurrió porque la pregunta no es qué pasó, sino cómo pudo seguir pasando con el mismo modus operandi durante tantos años.
La primera historia sale a la luz en la televisión estadounidense cuando una de las víctimas, Gabrielle Vega, decide contar que, años atrás, fue drogada y violada en Marruecos por el guía que organizaba el viaje cuando estudiaba en España. A partir de ahí, otras mujeres se reconocen en su relato sin conocerse entre sí y empiezan a contactar con Gabrielle.
Todas han tenido que reconstruir el suceso a través de recuerdos fragmentados, el desconcierto inicial y un cuerpo que daba pistas. El documental se construye precisamente desde ese lugar y documenta sin prisas cómo ese proceso de entender que lo que vivieron fue una agresión, para poder actuar y denunciar, es largo; tormentosos y no lineal para las víctimas.
Por lo tanto, esta es una docuserie que no busca convertir el caso en un thriller ni recrearse en los detalles escabrosos. Se detiene en analizar el contexto que facilitó el delito y que se compone de una figura que genera confianza, chicas muy jovenes que se encuentran solas en otro país (muchas por primera vez en su vida), la inercia que genera muchas veces la lógica de grupo y en lo fácil que es bajar la guardia cuando alguien parece tener el control de la situación.
El silencio y la verguenza también ayudan al agresor. Las victimas vivían con culpa lo que creían un caso asilado que, en realidad, era un patrón que Manuel Blanco repetía en serie y de forma casi cotidiana. Precisamente ahí es cuando aparece lo que más asusta de este documental: ¿cómo es que pudo pasar una década entera actuando impune? y ¿por qué cuesta tanto conseguir meter en prisión a un agresor como él?
En 2025, Manuel Blanco Vela fue condenado a nueve años de prisión por tres agresiones sexuales cometidas en el extranjero. Aunque, en la actualidad, sigue en la calle debido a que ha recurrido la sentencia. Así que el documental se detiene ahí y, por lo tanto, no es una historia concluida. El espectador experimenta lo mismo que muchas víctimas, cuya lucha no se termina necesariamente con una resolución judicial.
El documental incomoda y obliga a mirar de frente una realidad que es tan necesario conocer como la de que el agresor no siempre encaja con la imagen que esperamos que tenga, ni con la idea de que sabríamos reconocerlo si lo tuviéramos delante.
Cuando terminan los capítulos, La sensación de que por lo menos se ha hecho justicia es inexistente. Lo que queda es algo más difícil de gestionar: impotencia y la certeza de entender que todo lo que permitió que el horror pasara sigue estando ahí fuera.
Fotos | Netflix
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