
Para que podamos experimentar emociones como la felicidad plenamente, necesitamos dar espacio a nuestro cerebro para que se aburra
Dice el psicólogo y divulgador de contenidos sobre bienestar emocional Joan Soler que el placer sólo tiene sentido si existe contraste. No en plan filosófico a lo Byung-Chul Han, sino más bien en plan neurocientífico y basado en la química cerebral. En el podcast 'El Consultori' aseguraba que no existen los absolutos en esto de las emociones sino las comparaciones. Eso de que solo sabrás que eres feliz si antes has sufrido, pero con algún matiz.
Aburrirnos para disfrutar de verdad
Lo compara con la música. “Si vas a un concierto, la canción que tiene el subidón lo tiene porque antes ha habido un momento más tranquilo. Si todo el rato estuviera arriba, no molaría”, explica. Con la dopamina pasa lo mismo. “Si siempre estoy aquí arriba, llega un momento en que aquí arriba ya no me suena. Entonces necesito un nuevo ‘aquí arriba’ y ahí es donde las conductas escalan y se van hasta límites insospechados con cualquier adicción”, advertía. Esto tiene que ver con dos cosas. Por un lado con el sistema dopaminérgico y por otro con un concepto llamado adaptación hedónica.
Simplificando un poco, el sistema dopaminérgico es un motor de motivación y aprendizaje de tu cerebro. Usa la dopamina para empujarte a buscar cosas que valen la pena y aprender de lo que funciona, y necesita cierto contraste para que las recompensas sigan teniendo sentido. Un estímulo sorpresivamente bueno produce un pico, pero si todo es constantemente intenso, el cerebro lo normaliza y deja de responder con la misma fuerza. Necesitamos que exista un contraste. El problema está en que tenemos un acceso constante a dopamina rápida y hemos eliminado los espacios en blanco que ayudan a ese contraste.
“Necesitamos aburrirnos para sentir”, sentenciaba el psicólogo. “Necesitamos puntos de sufrimiento, diría incluso de aburrimiento. Cuando puedes mantenerte arriba todo el día, a todas horas, hace que nada tenga sentido, nada tiene esencia, nada es bueno ni malo porque siempre estás allí arriba”, explicaba haciendo referencia a la adaptación hedónica, la tendencia psicológica por la que nos acostumbramos con rapidez a los nuevos logros o circunstancias, volviendo siempre a nuestro nivel habitual de felicidad. Nos acostumbramos a los estímulos y estos no nos generan estímulos.
Los períodos de baja estimulación como el aburrimiento, resultan necesarios para conseguir un equilibrio emocional y cognitivo. Más allá de que el aburrimiento sea un privilegio a conseguir si pensamos en que estamos completamente envueltas en productividad y que tener tiempo para aburrirte es, en realidad, tener tiempo a secas, el aburrimiento es necesario para nuestro cerebro. Según la neurociencia, el aburrimiento aumenta la creatividad, el compromiso con las tareas y la productividad, además de aumentar la actividad en la red neuronal.
Según Soler, “sin contraste no hay sentido. Necesitamos volver a experimentar la calma, el aburrimiento y las pequeñas incomodidades de la vida cotidiana”. No hace falta “sufrir” como fin en sí mismo. La clave es más bien aceptar y dejar de evitar a toda costa y de forma sistemática la incomodidad, porque dejando que ocupe un espacio, permitimos que exista una variabilidad emocional y cognitiva.
Ya lo decía Arthur Brooks, el famoso experto en felicidad: “aburrirte 15 minutos al día cambiará tu vida”. Necesitamos aceptar las emociones desagradables para poder experimentar las agradables.
Fotos | Joan Soler Psicología, kaboompics en Pexels
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