
Si un paseo por el campo te deja la cabeza más ligera, puede que no sea solo por el aire puro. Según Nietzsche es que, por una vez, nadie te está evaluando
3-30-300. Es una regla establecida por Greenpeace en la que se habla de la presencia de naturaleza a nuestro alrededor como el secreto para alcanzar la felicidad y tener buena salud mental. Solo lo cumple el 5% de la gente. Y es que esa naturaleza parece una especie de bálsamo que nos calma, pero según Nietzsche no es por la naturaleza en sí, sino por la falta de algo que nos acompaña a diario.
La idea aparece en ‘Humano, demasiado humano’ en 1878. En ese libro Nietzsche decía que "el que nos encontremos tan a gusto en plena naturaleza proviene de que ésta no tiene opinión sobre nosotros". Piensa en el mundo en el que vivimos. Uno en el que se juzga absolutamente cualquier cosa que hacemos, bien o mal. Solo hay que echar un vistazo a las redes sociales y mirar como hay personas que opinan sobre absolutamente todo y sin medida.
La liberación de la mirada ajena
Como seres humanos que vivimos en sociedad, nuestra existencia está sometida continuamente a las expectativas de otros, al juicio. Según Nietzsche, la naturaleza nos resulta tan reconfortante porque no nos evalúa como hace el resto de la sociedad. La naturaleza es una versión del mundo sin juicios, ni buenos ni malos.
Piénsalo. En la vida casi todo lo que hacemos es observado, comentado o valorado, aunque sea en silencio. Vas al Mercadona y alguien juzga la camiseta roñosa que te has puesto para ir a comprar yogures. Tienes una primera cita y tu forma de actuar es estudiada (y juzgada). La gente observa cómo te vistes, sobre qué hablas y cómo lo haces, qué has logrado y qué has dejado a medias. A veces esas expectativas, elogios y reproches no se verbalizan, pero otras sí.
Un bosque en cambio, ni te aplaude ni te reprocha. No le importa si has tenido un mal día. Le da igual que te hayan ascendido, que hayas perdido tu trabajo o que lleves una existencia mediocre. No cree en el éxito ni en el fracaso porque a la naturaleza le da exactamente igual quién eres. Le importas una mierda, hablando claro. Y eso, lejos de hacernos sentir mal, nos libera. Para Nietzsche esa indiferencia es reconfortante porque nos libra del peso de la vanidad y de la necesidad constante de justificarnos.
Carl Gustav Jung aseguraba que todos tenemos una máscara que llevamos puesta. Es la versión que mostramos en el trabajo, con nuestra familia, con nuestros amigos o incluso en redes sociales, y en cada uno de los escenarios es diferente. Es parte de vivir con otros, pero llevarla todo el día es agotador y quizá por eso un paseo entre árboles sienta tan bien. Allí no hay nada que aparentar y la máscara puede quedarse en casa. Nietzsche escribió sobre su propia necesidad de aire libre con estas palabras:
“No soy de esos que solo entre libros, al impulso de libros, llegan a pensar; acostumbro sin embargo a pensar al aire libre, caminando, saltando, escalando, bailando, sobre todo en montes solitarios o junto al mar, allá donde los mismos caminos se vuelven pensativos”.
Y aseguraba que “solo los pensamientos alcanzados caminando tienen valor”. También entendía la soledad como refugio frente al ruido de la multitud, y la valoraba aún más si esa soledad se vivía en plena naturaleza, como le pasaba a Henry David Thoreau. En ‘Así habló Zaratustra’ Nietzsche aconseja recuperar nuestra propia soledad. “¡Huye, amigo mío, a tu soledad! [...] Admirablemente saben callar contigo el bosque y la roca... Donde la soledad acaba, allí empieza el mercado”.
No hace falta comprarse una casa en un pueblo en mitad de la naturaleza y empezar a cultivar tus propios tomates, aunque hay a quien hacerlo le ha cambiado la vida. Sal a caminar sin auriculares de vez en cuando y sin objetivo de pasos, aunque sea por el parque de tu barrio. Deja el móvil en casa. Busca el silencio. Recuerda cómo es estar en un lugar donde no tienes que demostrar nada.
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Fotos | Wikimedia Commons, Hanna Lazar en Unsplash
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