Perrear ya no es de pobres: La Casita de Bad Bunny ofende a una generación sin techo

Dos Imagenes Diagonal Para Portada

No me molesta que vayan famosos a la casita de Bad Bunny, me molesta no poder tener una casa yo

María Yuste

Editor Senior

Lo de La Casita de Bad Bunny empezó siendo un (originalísimo) escenario secundario de la gira 'Debí tirar más fotos' y ha acabado convertido en metáfora catalizadora de algunos de los grandes males de nuestro tiempo. Probablemente, lo único que pretendían Bad Bunny y su equipo era crear expectación mediática por ver qué famosos nos encontrábamos bailando detrás de una columna, a lo '¿Dónde está Wally?', pero resulta que le estamos sacando más lecturas que propiedades al Aloe Vera

Lo cierto es que da para hablar de sexismo, clasismo, diversidad corporal, meritocracia, cultura de la fama... y hasta de la crisis de la vivienda. Porque, al fin y al cabo, el problema no es La Casita en sí sino que estamos hasta las narices. Así, en general. 

Pero, claro, hablar de la multitudinaria manifestación bajo el lema "La vivienda nos cuesta la vida" que tuvo lugar en Madrid a finales de mayo, o de lo difícil que es acceder a un trabajo que permita destinar dinero a la vivienda sin renunciar a necesidades humanas fundamentales es infinitamente más aburrido y complejo que indignarse de forma indirecta a través del entretenimiento.

La Casita de Bad Bunny, que también estuvo presente en su actuación en el mediotiempo de la Super Bowl, representa una vivienda de clase obrera típica de Puerto Rico. Sirve tanto para rendir homenaje a la identidad puertorriqueña como para crear un ambiente íntimo dentro de un espectáculo tan gigantesco. Sin embargo, en la práctica ha ganado gran notoriedad por convertirse en un área VIP exclusiva para famosos, influencers y chicas guapas varias, principalmente. 

Objetivamente, no es que muestre nada nuevo bajo el sol. Básicamente, tenemos a un reguetonero famoso y millonario actuando como un reguetonero famoso y millonario. Sin embargo, si ahora nos jode (más) es porque estamos hasta el coño. Antes la vida inalcanzable de los ricos y famosos pasaba por la ostentación de caprichos excéntricos. Que si Jezz Bezos tiene un megayate de dimensiones colosales y una flota de jets privados, que si en la mansión de Bill gates hay 30 cocinas... 

Ahora, sin embargo, resulta que ya ni siquiera está a nuestro alcance perrear bebiendo garrafón de un vaso desechable en casa de tu amigo. El amigo ahora comparte piso a los 40 o incluso vive con sus padres. Lo que quiero decir es que, tal vez, si La Casita nos escuece tanto es porque es una imagen pop que nos permite ver de forma tangible y bien iluminada una desigualdad social que normalmente percibimos de forma dispersa, fragmentada y sibilina. 

Sin embargo, en el Estadio Riyadh Air Metropolitano se hace evidente: mientras unos han pagado medio riñón por estar hacinados en el foso o no ver nada desde las gradas, un pequeño porcentaje de personas se lo pasan bien con Bad Bunny. ¡Y encima te lo restriegan por la cara!

Sin esperar de un reguetonero que sea el Séneca de nuestro tiempo, también es cierto que hay cierta disnoncia de base en la denuncia a la gentrificación en Puerto Rico que Bad Bunny ha querido hacer con esta era de su carrera. Para empezar porque la estructura de La Casita está inspirada en una casa real ubicada en Humacao. Su dueño original, un hombre de 84 años llamado Román Carrasco, ha demandado al artista alegando enriquecimiento ilícito e invasión a la privacidad, ya que decenas de personas visitan su hogar diariamente a raíz de la fama del escenario.

Para denunciar la crisis habitacional en España aprovechando la polémica, un usuario bajo el nombre de Zaida subió Idealista el pasado domingo un falso anuncio que ofertaba la Casita de Bad Bunny por millón de euros. “Esta estupenda Casita de 62 metros cuadrados y pladur", explica el anuncio "funciona muy bien como concepto de marketing para el concierto de Bad Bunny. Exclusiva. Limitada. Aspiracional”. Te da "la sensación de que formas parte de algo a lo que no todo el mundo puede acceder". Sin embargo, una vez se acaba el concierto, sostiene la autora, "te das cuenta de que fuera está pasando lo mismo": "Solo que aquí no hablamos de una experiencia. Hablamos de una casa. Y a este ritmo, una casita también será un lujo reservado para gente VIP".

En la lista de "cosas de pobres" que después de décadas asociados a clases populares, necesidad o escasez se han convertido en símbolos de estatus experiencias exclusivas o productos caros hay de todo. Desde cortes de aprovechamiento como el rabo de toro o el secreto ibérico hasta los barrios obreros céntricos y los antiguos almacenes y fábricas convertidos en lofts

En un momento en que trabajar a jornada completa ya ha dejado de ser sinónimo de acceso a una vivienda digna y la pobreza laboral se ha disparado, cuesta no preguntarse si un hogar no pasará también a formar parte de ese listado de cosas al alcance únicamente de los más privilegiados. ¿O acaso ya ha pasado?

Foto de portada | Gtres y DeBÍ TiRAR MáS FOToS (Short Film)

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