Carta de amor a las salas de conciertos de Madrid. Una guía sentimental con los lugares más vivos de la capital

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A todos los seres humanos que me habéis llevado a las salas, a los que os habéis dejado llevar hasta ahí por mí

Noemí Valle

Editor

Las salas de conciertos son de esos pocos lugares donde las emociones se colectivizan, donde todavía apostamos por la vida en riguroso directo. Desde hace seis años que llegué a Madrid, solo he reconfirmado este pensamiento. Son los lugares donde todo está por suceder, donde los grupos que resignifican tus rutinas, acompañándote en los largos trayectos de Alsa, en tus jornadas laborales, peleándote con los fuegos de la cocina, caminando por las calles de la capital, te citan con otros cuantos desconocidos. No hay tres pantallas XL con zooms a la cara del cantante, ni un escenario escandalosamente amplio con un show millonario tras la espalda. No es un estadio, no es un macro festival, son simples salas que poco a poco terminan convirtiéndose en archivo emocional de quienes las frecuentamos.

Empezaré por un clásico: La Riviera, fundada en 1958. Una de las más grandes de la ciudad, con capacidad de 2500 personas y un todo un templo del indie. Me he plantado aquí convenciendo a unas cuantas amigas para que me acompañasen a ver grupos que ni conocían y he ido a ciegas con Alberto a descubrir bandas que ahora se cuelan en todas mis playlist. Desde Sexy Zebras, pasando por Love of Lesbian hasta Ultraligera.

Ultraligera en La Riviera

En Tribunal está la Sala But, que para muchos seguirá siendo el antiguo Ochoymedio, un lugar mágico que puede acoger hasta 1000 personas y, probablemente, la sala que más he frecuentado de la capital. Donde Lucía me convenció para disfrutar de Puño Dragón, y salimos del concierto con entradas para verlos el año que viene en la Riviera. Donde también fui con Lore hace dos meses a ver juntas a PabloPablo, donde volveré en junio a ver The Rapants con Eva.

La Paloma en la sala But

Eso sí, hay salas todavía más pequeñas que proyectan la energía de las más grandes. Un claro ejemplo es Café La Palma, en el corazón de Malasaña. Un espacio de 150 personas que no te puedes perder si te gusta ir a dejarte envolver por las propuestas más refrescantes de los artistas emergentes. Donde entré por primera vez a ver a Rococó y por supuesto volví. 

Lo mismo ocurre con la sala Clamores, que lleva ofreciendo conciertos en directo desde 1981 y a día de hoy sigue siendo un imprescindible en Madrid. Puede albergar unas 224 personas y tiene una programación que abarca desde jazz, el soul o el funk, pasando por el pop, el rock y el indie. Muy en sintonía con la sala El Sol, conocida como la cuna de la movida madrileña, fundada 1979 con una capacidad de 299 personas, donde vi a La La Love You.

La La Love You en la sala El Sol

No quería hacer de este artículo una simple guía de salas de Madrid, sino más bien una autobiografía emocional encubierta de estos lugares. Yo sé que la vida late en el suelo pegajoso de las pistas mal iluminadas. Ahí han estado tus seres humanos favoritos, listos para agitarte los hombros como una botella de Coca-Cola, dispuestos a estallar juntos en el verso más regurgitante de la noche. El entusiasmo atraviesa a todos los invitados a la fiesta. En medio de este incierto presente, estamos por unos instantes llenos de certezas. Y a mí, al menos, estos momentos son los que más me ligan al mundo.

Fotos | Noemí Valle

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