En la era de la imagen, mejorar el físico se ha convertido en una obsesión silenciosa. Lo preocupante es todo lo que viene después
En los últimos años, mejorar el físico ha dejado de ser algo personal para convertirse en una especie de competencia silenciosa entre hombres jóvenes. Bajo el paraguas del llamado looksmaxxing, lo que antes era cuidarse o vestir bien ahora se ha transformado en una obsesión por optimizar cada rasgo, como si el atractivo fuese una fórmula matemática que se puede perfeccionar sin límite. El problema es que, en ese camino, el precio no se paga en dinero, sino en ansiedad, comparación constante y una presión que cada vez pesa más.
El fenómeno no surge de la nada: tiene sus raíces en foros de la manosfera y comunidades incel, donde durante años se ha repetido la idea de que el valor de un hombre depende en gran medida de su físico y valor económico. Esa lógica, amplificada por algoritmos y redes sociales, ha saltado a plataformas masivas donde millones de chavales consumen contenido que promete "arreglar" su cara o su cuerpo con lo que empieza como un simple glow up, pero que acaba convirtiéndose en una carrera sin meta o una estafa, donde siempre hay algo más que mejorar.
En ese contexto, la comparación deja de ser puntual y se vuelve constante: las propias dinámicas del looksmaxxing fomentan que los usuarios se puntúen entre sí, que analicen rasgos faciales al milímetro y que reduzcan la identidad a un ranking de atractivo, convirtiendo este tópico no es solo estética, sino en ya una jerarquía donde aparece la inseguridad, porque siempre hay alguien más "perfecto" con quien compararse y a quien superar.
El salto de esa presión digital a la vida real ya no es una teoría, es algo que incluso figuras públicas están denunciando: el actor Barry Keoghan ha reconocido sentirse desbordado por los comentarios sobre su cara, hasta el punto de afectar su día a día: "Se está convirtiendo en un problema", ha llegado a decir, explicando cómo el odio en redes le ha llevado a aislarse y a no querer salir de casa, después de recibir comentarios despectivos sobre su físico y sobre su ruptura con la cantante Sabrina Carpenter.
Lo llamativo de este fenómeno no es solo el nivel de exposición, sino que incluso alguien con éxito, reconocimiento y una carrera consolidada no escapa a ese juicio constante. Keoghan ha contado que las críticas han empezado a filtrarse en su trabajo, afectando incluso a su deseo de aparecer en pantalla. Esa presión, que en su caso es pública, es la misma que muchos hombres jóvenes viven en silencio, pero sin herramientas para gestionarla.
Pero detrás del auge del looksmaxxing hay algo más profundo que la estética: hay una generación de hombres que ha aprendido a mirarse a sí misma desde fuera, como si fueran un proyecto en construcción constante. Según análisis recientes, esta cultura convierte inseguridades privadas en un espectáculo público, donde mejorar ya no es una opción personal, sino casi una obligación social.
Y ese es el verdadero problema: cuando la apariencia se convierte en métrica, cualquier imperfección deja de ser humana para pasar a ser un fallo que hay que corregir y con el que la burla se normaliza, la comparación se intensifica y la autoestima queda en manos de comentarios, likes y rankings.
Al final, el looksmaxxing no habla tanto de belleza como de inseguridad. De una necesidad constante de validación en un entorno que nunca está satisfecho. Y de una generación que, mientras intenta verse mejor, corre el riesgo de sentirse cada vez peor.
Fotos de @barrykeoghanfan
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