Quizá no se trata de no hacer nada, sino de aprender a habitar la propia mente con algo parecido a la calma
Hay una generación que creció siendo bombardeada con el mandato de optimizarlo todo: a Generación Z, nacida entre 1997 y 2012, heredó un mundo digital que convirtió cada minuto libre en una oportunidad de crecer, producir o, como mínimo, generar contenido.
Aplicaciones de productividad, podcasts de finanzas personales para escuchar mientras se hace deporte, rutinas de sueño codificadas al milímetro: la obsesión por la maximización de cada faceta de la vida se instaló en la cultura joven como un nuevo dogma. Y, sin embargo, algo está cambiando, porque en 2026, la última tendencia viral no promete más rendimiento, sino todo lo contrario.
El nothing-maxxing es la última tendencia de internet en la que las personas se sientan, se tumban, miran al techo o contemplan la ventana sin ningún tipo de distracción: sin móvil, sin lista de reproducción, sin podcast que pretenda sanarles. Solo silencio, quietud y calma.
Dicho así, en una cultura adicta al movimiento constante, suena absurdo. Y precisamente por eso está calando tan hondo: lo que esta práctica propone no es una vuelta al aburrimiento infantil ni una renuncia a la ambición: es, paradójicamente, la maximización del vacío como herramienta de restauración mental.
En el fondo, la propuesta es sencilla: quizá no sea necesario optimizar la pausa para comer, quizá baste con sentarse ahí y existir. Esa sencillez, en apariencia ridícula, es exactamente el tipo de rebeldía silenciosa que resuena en una generación que, según el informe global de Deloitte de 2025, registra que el 40% de la Generación Z se siente estresada o ansiosa la mayor parte del tiempo, y que el 47% valora su bienestar mental como regular o deficiente.
Una cultura que aprendió a huir del silencio
Para entender por qué "no hacer nada" es tan difícil, conviene remontarse a la ciencia. El psicólogo Timothy D. Wilson y sus colaboradores publicaron en 2014 en la revista Science una serie de experimentos reveladores. A los participantes se les pedía que permanecieran sentados solos en una sala vacía durante entre seis y quince minutos.
Una gran proporción de los participantes informó de que les costaba concentrarse, que sus pensamientos divagaban sin control y que no habían disfrutado especialmente del tiempo empleado "solo pensando". El hallazgo que hizo famoso el estudio llegó cuando a los participantes se les ofreció un botón que, al pulsarlo, les daría una descarga eléctrica breve. Cuando se les dejaba solos sin nada que hacer más que pensar, un número sustancial eligió darse descargas a sí mismos. No una sola vez, sino a veces en múltiples ocasiones.
La conclusión que se impone es incómoda pero clarificadora: estar solo con los propios pensamientos, sin estructura ni distracción, resultaba tan incómodo que un estímulo físico desagradable se percibía como preferible.
Por qué el cerebro busca siempre un ancla
Lo que subyace en estos estudios es lo que los neurocientíficos denominan la red neuronal por defecto (Default Mode Network o DMN). Cuando no estamos enfocados en una tarea el cerebro no se apaga simplemente, sino que entra en un patrón característico de actividad conocido como la DMN. Este estado es el de la ensoñación y la autorreflexión: el cerebro repasa conversaciones, imagina escenarios futuros o revisa memorias.
La red neuronal por defecto es especialmente activa cuando uno se dedica a actividades intríspectivas como soñar despierto, contemplar el pasado o el futuro, o pensar en la perspectiva de otra persona, y la ensoñación sin restricciones puede conducir a menudo a la creatividad.
El "detox" que la Generación Z está reivindicando
Quienes practican el nothing-maxxing describen que en los primeros veinte o treinta minutos sienten inquietud, nerviosismo o una extraña culpa. El cerebro empieza a arrojar recordatorios, memorias aleatorias, falsas urgencias y una lista de tareas pendientes de hace tres meses. Ese malestar es el "detox": una vez que el ruido mental se asienta, el cuerpo suele seguir su estela: los hombros caen, la respiración se ralentiza, los pensamientos se vuelven menos frenéticos y el sistema nervioso finalmente tiene la oportunidad de destensarse. Lo que a simple vista parece una rendición es, en realidad, un proceso activo de regulación.
Uno de los argumentos más sólidos a favor de esta práctica procede precisamente de la neurociencia. La red neuronal por defecto es fundamental para procesos como la autorreflexión, el procesamiento emocional, la interacción social y la exploración mental. Dicho de otro modo, cuando alguien se tumba a mirar el techo sin hacer nada, su cerebro está, en realidad, haciendo tareas de mantenimiento cognitivo y emocional de alto valor.
Mientras que la DMN se desactiva cuando la atención se dirige al mundo exterior y hacia otras tareas cognitivamente exigentes, en estado de reposo el cerebro pasa al "modo por defecto". Lejos de ser improductivo, ese estado facilita conexiones creativas que la atención focalizada no permite.
Sin embargo no todo el mundo celebra el fenómeno sin reservas. Algunos críticos señalan que convertir el descanso en otro "desafío de maxxing" pasa por alto el quid de la cuestión: si el objetivo del no hacer nada es la restauración genuina, envolverlo en la retórica de la optimización podría reproducir exactamente la lógica que pretende combatir.
La trampa está en que, tan pronto como el descanso se convierte en una meta con nombre propio y etiqueta de TikTok, corre el riesgo de transformarse en otra fuente de presión performativa: ¿lo estoy haciendo bien?, ¿estoy descansando de forma correcta? y eso hace que, en lugar de descansar, te pueda quitar el sueño.
Foto de Chris Lynch en Unsplash | IMDB
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