Este restaurante sin carta es único en España: está en un pueblo de Huelva y para pedir hay que entrar a la cocina y oler la comida

Raciones generosas, precios de antaño y trato familiar

María Yuste

Editor Senior

Si eres de esas personas que no soporta sentarse a la mesa y tener que sacar el móvil para escanear un código QR, te va a encantar el enfoque que tiene este mesón familiar de Huelva con respecto a los menús. De hecho, directamente no tienen ni carta ni pizarras ni ningún tipo de lista de platos. Aquí se pide entrando en la cocina y preguntando qué se ha guisado ese día. Se trata del Mesón El Tamborilero y lleva funcionando así desde 1971.

Puede sonar a rareza en tiempos de menús de autor y reservas online con antelación, pero en este mesón histórico la ausencia de carta no es una estrategia con la que diferenciarse de la competencia sino tradición. No obstante, esa experiencia, tan sencilla como radical, es precisamente lo que ha convertido al Tamborilero en un emblema local y una joya oculta por descubrir en el panorama nacional.

Rosendo, el alma del mesón

Detrás de los fogones está Rosendo, que abrió el restaurante cuando tenía menos de 30 años y hoy, medio siglo después, sigue siendo el alma del lugar. Cocina por las mañanas y con una manera propia de entender la cocina que permanece intacta en todos sus platos. Eso sí, ahora lo regenta junto a sus cuatro hijos, la segunda generación de un negocio que ha sabido mantenerse fiel a sí mismo.

Junta de Andalucía

Situado en un punto estratégico para quienes vienen de visita por El Rocío, la cercanía de Matalascañas o el Parque Nacional de Doñana, el Tamborilero es desde hace décadas en una parada obligatoria para los viajeros que buscan cocina tradicional, producto y un trato familiar que ya no abunda.

Adiós al QR, aquí se entra en la cocina para elegir

El momento más importante se produce cuando el camarero avisa al comensal y toca levantarse para elegir. Con una mascarilla puesta, cada cliente entra en la cocina y escucha, uno a uno, los platos que se han preparado ese día. Sin prisas. Es habitual que haya salmorejo, ajo blanco, ensaladas y mucho cuchareo: choquitos con patatas, alubias con almejas, menestras de verduras, pisto con huevo frito...

También pescados en salsa tradicionales: bacalao o merluza con tomate, atún en crema de almendras. Incluidas algunas recetas casi desaparecidas como la lubina rellena sin espinas. Mientras que del horno salen pimientos verdes rellenos de lomo y jamón, berenjenas rellenas gratinadas con bechamel o muslos de pollo. Por supuesto, todo es casero y hecho en el día.

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Cantidades generosas y precios de los ya no se ven

El Tamborilero sirve desayunos y almuerzos hasta media tarde, y las raciones son tan generosas como exquisitas. Aunque si hay algo que ha terminado de conquistar a quienes lo descubren es el precio: los platos van desde los 7 euros hasta los 12 euros que ronda el más caro. Una rareza en tiempos de inflación desmedida.

La experiencia se completa con una cuidada selección de vinos puesto que el equipo del Tamborilero gestiona también el Museo del Vino de Almonte, y eso se nota en una bodega con unas 80 referencias de las que se pueden pedir unas 20 en copa.

@mesoneltamborilero

Por su lado, los postres siguen la misma lógica que el resto de la cocina: caseros y sin artificios industriales. Tartas de queso, nueces, almendras, coco o chocolate que ponen el punto final a una comida que no necesita modernizarse para seguir siendo relevante.

En un momento en el que la industria hostelera parece vivir obsesionada con las innovación y las tendencias gastronómicas, El Tamborilero demuestra que a veces la mayor singularidad está en no cambiar nada.

Foto de portada | Mesón El Tamborilero

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