El boicot a Ticketmaster del que nació Coachella: los orígenes rebeldes y contraculturales de la meca del postureo

Antes de los influencers y las redes sociales, el festival era justo lo contrario de lo que es ahora

María Yuste

Editor Senior

El desierto de Indio ha vuelto a llenarse de influencers, looks tan estrafalarios como poco prácticos y selfies delante de su mítica noria. O lo que es lo mismo: el Coachella ha concluido su primer fin de semana de 2026 y se prepara para el segundo en una época en la que sus asistentes, cada vez más, se inclinan a idealizarlo menos y contar la verdad de campamento infernal que se vive detrás de la foto. Precisamente por esto mismo nos parece muy pertinente recordar una historia que muchos han olvidado o que ni siquiera han escucha nunca: los origenes del festival casi como un acto de sabotaje.

Cuando Coachella lo inspiró un acto político

Antes de los escenarios patrocinados y los looks pensados más para lucirse en Instagram y Pinterest que para sobrevivir al polvo del desierto, hubo una banda que lo inspiró accidentalmente al decir "no". En 1993, Pearl Jam decidió plantarse frente a Ticketmaster y sus comisiones abusivas y decidieron buscar un lugar alternativo donde poder tocar sin tener que pasar por el aro del sistema.

Por aquel entonces, Paul Tollett era un promotor que organizaba conciertos underground para grupos como Black Flag y ayudó al grupo de grunge de Seattle a encontrar ese espacio alternativo en el que actuar. Resultó ser el Empire Polo Club en Indio, California.

Gracias al exito del concierto de Pearl Jam, Tollett comenzó a darle vueltas a la idea de organizar un festival anual en ese mismo recinto de extensos campos de hierba y entorno tipo oasis. Aunque ese sueño no se concretó hasta 1999, cuando tuvo lugar la primera edición del Festival de Música y Artes de Coachella Valley. 

La construcción lenta (y casi invisible) de un icono

Celebrada en dos días de octubre de 1999, el festival contó con un cartel compuesto por lo más sonado del momento en música rock y underground. Beck, Rage Against the Machine y Tool fueron los cabezas de cartel. Aunque también estuvieron presentes Morrissey, Moby o The Chemical Brothers, entre muchos otros.

El resultado fue una paradoja de éxito de crítica y desastre económico porque la promotora perdió casi un millón de dólares. Aunque también hay que decir que el contexto tampoco ayudaba. Ese mismo verano, Woodstock 1999 había terminado en disturbios, incendios y caos. Así que, mientras que el público desconfiaba de los festivales masivos, las aseguradoras subieron sus precios. Coachella, en aquel momento, no era aspiracional sino un riesgo.

Coachella en 2013 (Drew Ressler)

Ante tal panorama, no hubo edición en el año 2000. Y cuando volvió en 2001, lo hizo en formato de un solo día y sin hacer mucho ruido. Desde luego, nada que ver con la maquinaria mastodóntica actual. Durante todos los dosmiles, el crecimiento fue progresivo y discreto hasta que dejó de serlo. En 2012, el formato ya era de dos fines de semana y la asistencia se disparó. El festival dejó de ser solo música y se convirtió en un evento cultural mucho más parecido a lo que es actualmente.

De contracultura a escaparate global

Para 2017, Coachella ya reunía a cerca de 250 mil personas y superaba los 100 millones de dólares en ingresos anuales. Hoy, Coachella es moda, publicidad y contenido en tiempo real. Es un escenario por el que desfilan influencers, celebridades y marcas que entienden el festival como una pasarela deslocalizada. Sí, la música sigue ahí, pero ya no es el centro gravitacional. Es, principalmente, la banda sonora de otra cosa.

No es raro que un evento crezca, se profesionalice y se vuelva rentable. Sin embargo, en el caso de Coachella, lo que empezó evitando patrocinadores, ahora los integra como parte estructural de su ADN. Lo que nació como alternativa a un sistema abusivo es hoy uno de sus productos más representativos. El desierto ya no es un espacio salvaje y su espíritu original es solo un espejismo. El festival ha mutado hacia un modelo aspiracional donde la experiencia se mide por el consumo: qué llevas, dónde te alojas, qué marcas te invitan...

Andrew Ruiz

La distancia entre sus origenes y el presente no está solo en la escala, sino en el significado. Mientras que nació como una grieta en la industria musical, hoy es uno de sus escaparates más rentables. En este punto reside su mayor ironía porque, aunque Coachella sigue vendiendo la ilusión de ser diferente, se ha convertido en exactamente todo lo contrario que lo hizo posible.

Foto de portada | Cartel del concierto de Pearl Jam y Alexander Sampietro

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