Quemaron su libro y después la quemaron a ella. 700 años después nadie ha conseguido callar a Marguerite Porete

marguerite

Su historia es un ejemplo de integridad y convicción ante la intolerancia religiosa y la represión de la libertad de expresión 

María Yuste

Editor Senior

La historia está llena de mujeres cuyos nombres desaparecieron durante siglos. Algunas porque nunca pudieron firmar sus obras, otras porque alguien se encargó de borrarlas. Sin embargo, el destino de Marguerite Porete fue todavía más extremo: las autoridades ordenaron quemar su libro en una plaza pública y, cuando ella se negó a dejar de compartir sus ideas, acabaron enviándola a la hoguera. Su historia parece el argumento de una novela histórica, pero ocurrió de verdad.

Una mujer que escribió sobre Dios desde una perspectiva revolucionaria

A finales del siglo XIII, la beguina francófona Marguerite Porete escribió 'El espejo de las almas simples' ('Le Miroir des âmes simples'), un tratado de mística que proponía un viaje espiritual hacia la unión total con Dios sin intermediarios.

Las beguinas no eran monjas pero formaban parte de un movimiento religioso femenino muy singular en su época. Eran mujeres laicas que vivían dedicadas a la oración, al trabajo y a la ayuda de los más necesitados, pero sin ingresar en un convento ni hacer votos. Ya de entrada, aquella independencia despertaba suspicacias en una Iglesia que veía con recelo cualquier forma de espiritualidad que no pudiera controlar.

Pero, además, el libro de Marguerite iba un paso más allá. En sus páginas describía el camino de un alma que, al alcanzar la unión perfecta con el amor divino, trascendía las normas externas y la mediación de las instituciones religiosas. Para ella, la experiencia directa de Dios debía ocupar el centro de la vida espiritual.

Asi que aquellas ideas fueron consideradas peligrosas por las autoridades eclesiásticas, que las relacionaron con doctrinas calificadas como heréticas, especialmente las asociadas al llamado movimiento místico del Libre Espíritu (una red de grupos dispersos que rechazaban la autoridad de la Iglesia Católica para defender una relación directa e individual entre el ser humano y Dios).

El libro fue condenado, pero ella siguió compartiéndolo

Entre 1298 y 1302, el obispo de Cambrai condenó 'El espejo de las almas simples' y el manuscrito fue quemado públicamente en la plaza de Valenciennes. Además, Marguerite recibió la tajante orden de no poder volver a difundir aquella obra bajo pena de excomunión.

La mayoría habría dejado el asunto ahí, pero ella no. Lejos de retractarse, continuó haciendo circular el texto entre teólogos y personas interesadas en la vida espiritual. Incluso llegó a enviarlo a figuras tan influyentes como el filósofo Godfrey de Fontaines con la esperanza de que sus ideas fueran leídas y debatidas. El problema es que aquella decisión acabaría costándole la vida.

Una voz que el fuego no consiguió silenciar

Hacia 1308 fue detenida por orden del inquisidor de Francia, Guillermo de París. Durante el proceso ocurrió algo que todavía hoy llama la atención de los historiadores. Marguerite prácticamente no colaboró con el tribunal. Se negó a jurar sobre los Evangelios y tampoco quiso retractarse de sus escritos. Guardó silencio durante buena parte del juicio, una actitud insólita que complicó el procedimiento inquisitorial.

Finalmente fue declarada "hereje relapsa", una figura jurídica reservada para quienes persistían en doctrinas consideradas heréticas tras haber sido advertidos. El 1 de junio de 1310 fue quemada en la hoguera en la plaza de Grève, en París.

Paradójicamente, aunque Marguerite fue ejecutada, su obra sí logró escapar de la censura. Durante siglos 'El espejo de las almas simples' continuó copiándose y circulando clandestinamente en traducciones al latín, al inglés medio y al italiano. Sin embargo, el nombre de su autora desapareció. El tratado empezó a leerse como una obra anónima e incluso llegó a atribuirse a autores masculinos.

No fue hasta 1946 cuando la investigadora italiana Romana Guarnieri consiguió demostrar que aquel texto pertenecía realmente a Marguerite Porete. Al comparar distintos manuscritos con las actas conservadas del proceso inquisitorial, pudo reconstruir una autoría que había permanecido oculta durante más de seis siglos.

La historia de Marguerite Porete no es únicamente la de una mujer condenada por herejía. También es la de una autora que defendió sus ideas hasta el final, incluso cuando sabía las consecuencias que podían tener. Su libro sobrevivió a la censura, a las hogueras y al anonimato. Pero, de algún modo, también sobrevivió ella. Porque más de setecientos años después seguimos leyendo las palabras que otros intentaron convertir en cenizas.

Foto de portada | Dominio público

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