“Las mujeres no deberían votar”: el movimiento household voting es una muestra más de cómo la ultraderecha usa las redes sociales para conquistar a la Gen Z

Household Voting

La distopía que acerca ‘El cuento de la criada’ a la vida real es cada vez más debatida por hombres y mujeres

Anabel Palomares

Editor

Lo que pasa en Estados Unidos bien parece salido de ‘El cuento de la criada’, una de las mejores series de HBO, solo que no es ficción sino una realidad que da miedo. Durante una conferencia organizada por Turning Point USA (plataforma liderada por Erika Kirk, viuda de Charlie Kirk), se ha puesto encima de la mesa el “household voting” que se expande en manos de la ultraderecha. En pocas palabras, consiste en quitarle a las mujeres el derecho a voto conseguido después de años de lucha

Una idea ultraconservadora con más de 30 años

El household voting es una idea ultraconservadora que propone que las familias en lugar de los individuos, se muevan como una unidad política en la que un marido, un padre o figura masculina emita un único voto en su nombre. Es decir, ellos votan en nombre de ellas porque son los machos alfa, los proveedores y los que “saben”. Al parecer, ha cobrado fuerza entre los nacionalistas cristianos y los defensores del "patriarcado bíblico", pero no es nueva.

Ha pasado de ser una idea marginal a circular abiertamente en redes sociales

Esta interpretación religiosa, el patriarcado bíblico, es un sistema de creencias que asegura que son los hombres quienes deben dirigir sus familias y que las mujeres deben someterse a su autoridad. Llegan a afirmar “el alto valor y la dignidad de las mujeres como coherederas de la gracia, diseñadas por Dios con dones únicos que apoyan el liderazgo de su esposo y su familia” 🤡. 

Esta visión ganó fuerza en círculos evangélicos y nacionalistas cristianos en los años 90 y 2000. En 2016, cuando Donald Trump ganó por primera vez, ya se pidió con la campaña #Repealthe19th (revocar la 19ª enmienda), la que permite a las mujeres estadounidenses tener derecho al voto. Ahora vuelve y lo hace con más fuerza que entonces porque ha pasado de ser una idea marginal a circular abiertamente en redes sociales. 

De idea residual a ser hablada en todo el mundo

Cada vez son más las voces que están amplificando el debate y llevándolo al centro de la conversación pública. Por ejemplo, Andrew Tate, ese hombre que representa el sexismo de alto valor, dijo que “las mujeres no deberían votar porque no les importan los asuntos que van más allá de cómo ELLAS se sienten” y añadió que “literalmente no pueden ver el panorama general para el bien de la sociedad y, desde luego, nunca se sacrificarán por ello”. GUAU.

El secretario de Defensa Pete Hegseth invitó al pastor Doug Wilson a dar un sermón en el Pentágono en febrero, como parte del servicio religioso cristiano mensual de Hegseth. Este pastor ha defendido la esclavitud, cree que la homosexualidad debería ser un delito y quiere derogar el derecho al voto de las mujeres. Pero también hay mujeres que lo apoyan. Muchas. La podcaster Alex Clark ha dicho que “no le molestaría que solo votara el hombre de la casa”. La activista antiaborto Abby Johnson, respaldó la idea. 

Savanna Stone es otro ejemplo, una influencer que asistió al evento de Turning Point USA y dijo que su país “se ha inclinado demasiado hacia la izquierda debido al derecho al voto de las mujeres” y que “los hombres jamás habrían votado a favor del aborto, la diversidad, las personas trans y los derechos LGBT”. Cuando le preguntaron si renunciaría a su voto dijo que no le importaba perder el derecho al voto “si eso significa que las feministas radicales no puedan votar”. 

Helen Andrews exponía “los costes ocultos de la igualdad” en un artículo que ahora usa la ultraderecha como la Biblia. Lo llamó “La Gran Feminización" y sugiere que la presencia de las mujeres en la vida pública representa "una amenaza para la civilización" porque el movimiento woke es la aplicación de patrones de comportamiento femeninos a las instituciones. Es más, asegura que todo lo que se suele entender por wokismo implica priorizar lo femenino sobre lo masculino “la empatía por encima de la racionalidad, la seguridad por encima del riesgo, la cohesión por encima de la competencia”. Y eso es algo malo según su mirada. 

La sociedad que imaginan quienes defienden el household voting, en realidad nunca existió

Quienes reclaman el household voting argumentan que la sociedad “funcionaba mejor” antes del auge del feminismo, de la legalización del aborto o de cualquier cambios que amplió los derechos y la independencia de las mujeres. La historiadora Beth Allison Barr tiene algo que decir porque ese voto familiar no restauraría una costumbre estadounidense perdida, porque esa sociedad que imaginan quienes la defienden, en realidad nunca existió

A nivel logístico tiene muchos problemas porque ¿qué hacen los hogares sin un marido? Los de mujeres viudas, por ejemplo, o divorciadas, o solteras. Los partidarios dicen que podrían estar representadas por sus padres, hermanos o tíos, como cuando en España una mujer no podía abrir una cuenta corriente sin la autorización de un hombre. Pero claro, en esa sociedad que imagina ese patriarcado bíblico no hay mujeres solteras, ni casadas con otras mujeres, solo mujeres casadas con hombres. Y aunque ahora parezca algo residual, lo que se muestra en redes no lo es.  

Tia Levings, que ha logrado salir de ese cristianismo extremo y ha escrito un libro sobre ello, asegura que quienes apoyan esta postura presentan el voto familiar como una forma de promover la armonía y como el paso natural porque el hombre ya toma el resto de decisiones, así que la política es solo una más. Por eso esto no es simple religión, es un marcador ideológico que nace como una reacción contra el feminismo y los cambios sociales del siglo XX, del mismo modo que lo hizo el movimiento trad wife

No es otro movimiento antifeminista más

Esa ultraderecha antifeminista seduce a los más jóvenes y es quizá ahí donde se esconde el mayor miedo. Lo que me pregunto, y lo que más me preocupa, es en qué momento se nos ha convencido de que tenemos que renunciar a nuestros derechos para ser mejores mujeres. Por eso el debate no va solo del voto “familiar”, sino de quién cuenta como sujeto político dentro de la democracia, y para ellos nosotras no contamos. 

Intentan convencernos de que la mujer “buena” es la que se adapta, cede y no incomoda

No son cuatro incels demostrando su misoginia. Tampoco son cuatro tradewives que intentan convencernos de que el ideal de felicidad es quedarse en casa, parir muchos hijos y cuidar de la familia. Es un germen que se ha instalado entre nosotros para convencernos de que la mujer “buena” es la que se adapta, cede y no incomoda, y lleva años creciendo lentamente. La diferencia es que ahora ha encontrado un altavoz que antes no tenía: las redes sociales. 

Con esto no quiero demonizar las redes sino invitar a que usemos el pensamiento crítico y aprendamos a separar el grano de la paja. Que demos la voz de alarma ante este crecimiento de la ultraderecha más conservadora antes de que nos coma y nos veamos inmersas en un cuento de la criada real.

Decía la activista Estupenda Marquez en sus redes sociales que “no podemos mirar esto como algo anecdótico sobre un grupo de mujeres diciendo cuatro barbaridades. Debemos mirarlo como lo que es: una reacción organizada contra los derechos humanos y la democracia”, porque a veces una distopía llega así, poquito a poco y sin darnos ni cuenta.

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Fotos | CBS News YouTube

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