La actriz de ‘La que se avecina’ acaba de dar a luz a su primer hijo, Leo, y lo ha hecho sin pareja pero con todas las ganas del mundo
La actriz Cristina Castaño acaba de ser madre y es feliz. Lo anunciaba en sus redes sociales donde presentaba a Leo, su primer hijo. Tiene 46 años y el mero hecho de que esa edad esté por encima de lo biológicamente deseable para un embarazo, pone de nuevo sobre la mesa el debate sobre hasta qué edad es o no responsable traer un hijo al mundo. La maternidad ahora es una elección y como tal, tiene ciertas responsabilidades, por lo que es inevitable que surja la pregunta: ¿es más importante el deseo de ser padres o el futuro y la calidad de vida de los niños?
El deseo de ser padres Vs. el futuro de esos hijos de padres mayores. La verdadera cuestión quizá no sea la edad, sino la responsabilidad que tenemos con esa edad y con el futuro de nuestros hijos. A medida que pasan los años, es más probable que disminuya nuestra energía y acompañar en ciertas etapas vitales a nuestros hijos, como en la adolescencia, se convierta en un reto mayor. Tuviste a tu hijo con 45 y cuando esté en la adolescencia más dura, tú serás sexagenario.
Puede que la brecha generacional que existe entre padres e hijos se ensanche en estos casos, pero no es necesariamente así. Ser madres en una edad más avanzada puede aportar estabilidad, madurez emocional y ciertos recursos que a veces no tienen los padres jóvenes, pero también pone en riesgo el futuro infantil en varios aspectos. Por ejemplo, si los padres retrasan la maternidad, los abuelos quizá ya no estén presentes o lo estén menos tiempo. En este debate se enfrentan el deseo de los padres a serlo a pesar de la edad y los riesgos para la salud que supone, frente al derecho de ese hijo a tener padres presentes más años.
Las consecuencias para padres e hijos. Es posible que con el paso del tiempo y a medida que los padres envejecen, los hijos tengan que asumir roles de cuidadores mucho antes, produciéndose lo que en psicología se conoce como parentificación. El problema es que ocurra cuando los niños son pequeños, porque pueden producirse consecuencias en sus relaciones, como dificultades para establecer límites, ansiedad o desconexión emocional. Hay estudios que encuentran una relación entre las enfermedades de los padres y la conducta de los hijos, ya que tienen un mayor riesgo de tener problemas emocionales y de comportamiento, así como dificultades de adaptación. También hay más riesgo de que se conviertan en una generación sándwich que tenga que cuidar de sus hijos y sus padres al mismo tiempo, con el agotamiento que eso supone.
No es todo malo. Los hijos de padres mayores tienen menos problemas de conducta, se muestran menos agresivos y tienen menos tendencia a romper las normas. Para los padres, tener un hijo más mayor “implica una mayor madurez emocional, más paciencia, más resiliencia y mejores estrategias de regulación emocional”, como explican los expertos, por lo que el niño aprendería mucho mejor a regular sus emociones y tendría una mayor inteligencia emocional. Para los padres, además, es beneficioso para su cerebro porque tienen una mayor conectividad en redes cerebrales clave sensoriales y motoras que se reducirían al envejecer. Es decir, tener hijos mantiene joven nuestro cerebro cuando somos mayores.
Por qué decidimos ser madres cada vez más mayores. En España, la maternidad tardía es ya una tendencia demográfica. El número de madres mayores de 40 años es seis veces mayor que hace 30 años en España como indica el informe ‘Focus on Spanish Society. El aumento de los embarazados geriátricos (de mayores de 35 años), es fruto en primer lugar de la economía. La precariedad, que se ha convertido en la norma en nuestra sociedad, hace que retrasemos la edad a la que decidimos formar una familia. Parece imposible plantearse siquiera serlo cuando compartes piso o cuando el 47% de nuestro sueldo en 2024 era destinado a pagar un piso - en Madrid la cifra sube al 71% según datos que recoge Infojobs -. Retrasamos la maternidad porque cuando somos más fértiles, a nivel económico no podríamos sostenerla.
También se suma un cambio en el paradigma de vida. Llegamos a los 40 diciendo que son los nuevos 30 y queremos viajar, experimentar y conocer, por eso la congelación de óvulos por causas no médicas ha crecido más de un 500% según los informes anuales de criopreservación de la fertilidad de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) en la última década. Además, encontrar a la pareja con la que tendríamos esos hijos y asumir a qué estamos dispuestas a renunciar se suma a las razones por las que retrasamos la maternidad hasta el extremo.
El impacto de la maternidad tardía en nuestra sociedad. A nivel social, el hecho de retrasar la maternidad supone un problema grave a nivel mundial. La consecuencia directa es descenso de la natalidad -España ya es uno de los países con menos hijos por mujer en Europa y el 75% de los hogares no tienen niños menores de 18 años-, y la población se ve cada vez más envejecida. Ser madre aunque sea mayor, podría ser la solución a este problema pero con matices.
Cuando el deseo de ser madre se formula como un derecho. Decir “tengo derecho a ser madre” invisibiliza que la maternidad no es algo que pueda exigirse a la sociedad, sino un proyecto personal e individual. Lo que sí existe es el derecho a no ser discriminado por querer ser madre o padre, pero cuando necesitamos pagar por ello, la discriminación viene sola. A partir de los 40 años, la probabilidad de concebir de forma natural y sin tratamientos es de un 5 %. Al llegar a los 45 años, baja a menos del 1%, por lo que es necesario añadir la ciencia en la ecuación.
Los métodos de reproducción asistida están cubiertos por la sanidad pública pero en un número determinado de intentos. Por lo general, son tres ciclos de Fecundación in Vitro (FIV) y hasta cuatro intentos de inseminación artificial. Fuera de ahí, hay que acudir a clínicas privadas y pagar: cada ciclo de FIV cuesta entre 3.000 y 6.000 euros. Si queremos retrasar la maternidad y congelar óvulos, el proceso puede costar 3000 euros y después unos 300-400 euros anuales para mantenerlos a lo largo del tiempo. Cristina Castaño, por ejemplo, ha sido madre soltera, lo que sin duda ha supuesto un importante desembolso económico. Se abre una gigantesca brecha económica que reafirma que la maternidad no es un derecho, sino una elección propia.
La visión cultural de la edad en la que somos padres, pero con una vista en el género. Bertín Osborne es padre a los 70 años y lo que nos llama la atención es que no ejerza, no el hecho de que sea padre en sí. George Clooney fue padre primerizo de mellizos con 56 años y sus días son “adorables”, pero Anabel Alonso fue madre con 55 años y se la tildó de irresponsable. Existe un doble rasero también en esto de la maternidad que normaliza que un hombre sea padre con 60 años, pero demoniza que una mujer sea madre pasados los 45 años. Es cierto que la maternidad tardía está más expuesta al juicio social porque se asocia el embarazo con la biología y la salud de la madre, pero esta doble moral refleja todavía la carga desigual que recae sobre las mujeres en lo que respecta a la reproducción.
Queremos darle la enhorabuena a Cristina Castaño por su recién estrenada maternidad y sabemos que habrá quien juzgue la decisión que tomó de ser madre soltera y con más de 45 años. Habrá quien piense que no hay problema si hay salud para hacerlo, quien lo vea como un capricho, quien piense que es una forma como cualquier otra de crear una familia y hasta quien lo considere una temeridad. La opinión es libre y propia de cada uno.
Fotos | Instagram @cristinacastano.3
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