La viuda de Steve Jobs financia los colegios del futuro: parecen tiendas Apple, se mandan por piezas desde Madrid y resisten huracanes

Laurene Powell Jobs ha invertido parte de la herencia del fundador de Apple en diseñar los colegios del futuro

María Yuste

Editor Senior

Laurene Powell Jobs heredó una fortuna de millones de dólares tras las muerte de su marido quien, por su apellido, ya te estarás imaginando que no era otro que el fundador de Apple. Sin embargo, no los está útilizando ni para comprarse una mansión tras otra ni para acumular el tipo de caprichos con los que el resto de los mortales solo podemos soñar. Está haciendo algo menos vistoso, pero mucho más interesante: repensar cómo deberían ser los colegios del futuro. Y no desde Silicon Valley, sino desde un polígono industrial en Pinto, Madrid.

Tal vez no literalmente pero esta historia sí que empieza en España y termina en una playa de Barbados, en lo que podríamos describir como un experimento que mezcla arquitectura, sostenibilidad y educación. Además, con bastante más sentido común del que suele ser habitual cuando se habla de "innovación" en algunos ámbitos.

Cuando intentamos imaginar cómo serán las escuelas y colegios del futuro, uno tiende a pensar en pantallas, inteligencia artificial y metodologías extravagantes. Sin embargo, en este caso, se trata de que los estudiantes puedan seguir preparándose para el futuro en medio de una crisis climática.

Amma Projects

Para ello, aquí todo gira en torno a una forma geométrica: un triángulo equilátero construido con madera, elevado en dos plantas y diseñado para resistir lo que en el Caribe son amenazas reales y cotidianas: huracanes, humedad extrema y termitas.

Como apuntábamos al principio, detrás de esta idea está la viuda de Steve Jobs, la misma mujer que lleva años invirtiendo su herencia en proyectos sociales a través de su organización Emerson Collective y el proyecto educativo XQ Institute. Lo hace, además sin darse publicidad ni grandes titulares, pero con proyectos que, poro a poco, empiezan a marcar el camino a seguir.

Una escuela que no necesita enchufe

El planteamiento es de una sencillez casi radical. Para empezar porque funciona con energía solar y eólica. Aunque lo realmente inteligente está en el diseño que hace que el aire circule sin necesidad de sistemas mecánicos. Además, la cubierta piramidal no solo deja pasar la luz natural sino que también disipa el viento y ayuda a mantener el interior fresco. Es decir, estamos hablamos de un edificio con cero emisiones, cero consumo energético externo y ventilación natural.

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En caso de tormenta fuerte, el edificio también está preparado para funcionar como refugio. En general, el proyecto conecta directamente con la arquitectura tradicional de la isla y sus famosas casas de chattel, unas pequeñas viviendas de madera adaptadas al clima tropical y diseñadas para ser transportables. Básicamente porque esto permitía a los trabajadores de las plantaciones mover su hogar si cambiaban de terreno arrendado.

De Madrid al Caribe, pieza a pieza

La idea que transmite es clara y es que innovar no siempre es inventar algo nuevo, sino saber reinterpretar bien lo que ya funciona. Porque lo más interesante no es solo el resultado, sino cómo se ha llegado a él. Este edificio (bautizado como Oceana Innovation Hub) se diseñó y fabricó en España en piezas que pudieran encajar en contenedores estándar. Después cruzó el Atlántico y se montó en pocos meses frente a la bahía de Carlisle, en Bridgetown.

El proyecto lleva la firma de Ensamble Studio junto a AMMA, y funciona más como un sistema modular que como un edificio único al uso. Además, los módulos se pueden replicar, trasladar y adaptar según el entorno. Como si la arquitectura se hubiera pensado por fin para moverse al ritmo del mundo y no al revés.

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Adiós a las filas de pupitres

Por dentro, el espacio tabién rompe con todo lo que entendemos como un aula clásica. No hay filas de pupitres ni una estructura fija. El mobiliario (también triangular) se reorganiza según las necesidades de cada momento: trabajos en grupo, presentaciones o aprendizaje individual. 

No es casual que el resultado es que las aulas recuerdan inevitablemente a una tienda Apple, con sus espacios abiertos y luz natural por todas partes, además de una estética limpia y sin distracciones. Y es que el Oceana Innovation Hub no pretende ser solo un lugar donde se dan clases, es también un punto de encuentro para estudiantes, investigadores y la comunidad local. 

Eso sí, con un enfoque común muy concreto: entender mejor el océano y todo lo que lo rodea. Porque allí la educación no está pensada para quedarse encoresetada dentro del aula, sino para salir fuera y conectar con el entorno.

Probablemente, esa sea la clave de todo el proyecto. Lo importante no es construir un edificio espectacular, sino llegar a una idea y un diseño que pueda replicarse en otros lugares donde el clima no dé tregua e interfiera con la vida diaria de sus habitantes. De hecho, la intención es replicar este mismo modelo en más zonas vulnerables y convertirlo en una especie de "kit educativo" del siglo XXI. Uno que cabe en contenedores, cruza océanos y aterriza exactamente allí donde hace falta en tiempo récord.

Foto de portada | Emerson Collective y Amma Projects

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