Un país detenido entre Europa y la Unión Soviética. Un viaje muy distinto sin tener que irse a la otra punta del mundo
No todos los países se visitan por sus playas de aguas cristalinas y eterno verano o por hacer un check de la lista de destinos imprescinbles de Instagram. Si te gustan los viajes distintos y con un poco de emoción añadida, Bielorrusia es una opción muy interesante por estar considerada la última dictadura de Europa. Eso ha hecho que el país viva atrapado en una especie de cápsula temporal soviética donde las avenidas monumentales, los bosques vírgenes y la historia más incómoda de Europa sigan conviviendo como si fuera el siglo XX.
Eso sí, hay que tener en cuenta que, aunque no está en guerra, actúa como aliado clave de Rusia en la guerra contra Ucrania, facilitando infraestructura y permitiendo el despliegue de tropas rusas en su territorio. Si a Bielorrusia la llaman "la última dictadura de Europa" es debido al largo mandato de Alexander Lukashenko, en el poder desde 1994, con quien el país conserva una estructura política autoritaria, caracterizada por un fuerte control estatal, una oposición perseguida y una identidad nacional muy marcada por la herencia soviética.
Y, sin embargo, reducir Bielorrusia únicamente a eso sería simplificar demasiado un lugar lleno de contradicciones. Uno donde sobreviven castillos de cuento, pueblos judíos casi borrados del mapa y la memoria europea, cafeterías de especialidad dignas de Berlín y bosques donde todavía viven bisontes salvajes.
Qué ver y hacer en Minsk, su capital moderno-soviética
Si hay algo fascinante al aterrizar en Minsk es sentir que Europa puede ser tan diferente. La capital bielorrusa no tiene el encanto desordenado de otras ciudades del Este sino que es limpia, geométrica y casi teatral. Gran parte de la ciudad fue reconstruida tras la Segunda Guerra Mundial y por eso sus avenidas parecen diseñadas específicamente para dejar pasar desfiles militares.
Del mismo modo, sus edificios conservan ese gigantismo soviético que intimida y seduce al mismo tiempo. Aunque bajo esa estética de libro de historia reciente también hay una ciudad joven, llena de cafeterías y bares y una vida nocturna sorprendentemente viva.
Ahí empieza una de las mayores sorpresas de un viaje como este, porque Bielorrusia no se parece al imaginario gris que muchos asociamos a los países de pasado soviético. Es algo que se deja notar incluso en lo gastronómico y en los restaurantes donde sirven cocina local reinterpretada. El plato estrella, no obstante, siguen siendo los draniki, sus famosas tortitas de patata. También las sopas contundentes, el pan negro de centeno o los kletski rellenos de carne y patata.
A poco más de media hora de la capital se ubica el Museo de la Línea Stalin, un gigantesco complejo al aire libre lleno de tanques, búnkeres y reliquias soviéticas que parece un híbrido entre museo histórico y parque temático militar. Más conmovedor, no obstante, resulta el Memorial de Jatyn, construido en recuerdo de las aldeas arrasadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Bielorrusia perdió alrededor de una cuarta parte de su población durante el conflicto y ese trauma sigue muy presente en su identidad como país.
La Bielorrusia de los lagos y las carreteras vacías
El paisaje cambia radicalmente cuando uno abandona la capital y aparece la Bielorrusia de los lagos, de las carreteras vacías y los pueblos donde el tiempo pasa a su propio ritmo. El Castillo de Mir y el Castillo de Nesvizh, ambos Patrimonio de la Humanidad, emergen en mitad del paisaje como si alguien hubiera decidido esconder pequeños trozos de Centroeuropa en medio del mundo eslavo. Durante siglos pertenecieron a la familia Radziwill, una de las grandes sagas aristocráticas de Europa del Este, y todavía conservan esa mezcla de opulencia y melancolía de los lugares con demasiada historia.
Más al oeste aparece Brest, probablemente la ciudad más amable del país. Tiene calles adoquinadas, parques tranquilos y un aire inesperadamente centroeuropeo que rompe con la monumentalidad soviética de Minsk. No obstante, muy cerca está la célebre Fortaleza de Brest, convertida en símbolo de resistencia soviética frente a la invasión nazi. Sus enormes monumentos brutalistas tienen algo excesivo y conmovedor al mismo tiempo, como casi toda la estética de la antigua URSS.
Y luego están los bosques. Bielorrusia tiene más de 11.000 lagos y cerca del 40% de su territorio está cubierto de masa forestal, algo que transforma completamente el viaje. El gran emblema natural es el Parque Nacional Belovezhskaya Pushcha, uno de los bosques primarios más antiguos de Europa y hogar del último gran símbolo salvaje del continente: el bisonte europeo, ver uno es casi como presenciar una aparición mitológica.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, Bielorrusia estaba llena de shtetls, o pequeñas aldeas judías. El Holocausto prácticamente borró ese universo, aunque ciudades como Pinsk todavía conservan rastros de aquella herencia.
Cómo viajar a Bielorrusia
Desde España no existen vuelos directos regulares en este momento. Las conexiones suelen hacerse desde otras ciudades cercanas como Estambul, Belgrado o algunos países del Cáucaso, aunque las rutas pueden cambiar con frecuencia debido a la situación política internacional y las sanciones europeas. Antes de organizar el viaje conviene consultar la información oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores de España. Además de revisar los requisitos de entrada actualizados.
Bielorrusia es un país detenido entre Europa y otra cosa más difícil de definir. Un sitio donde todavía se siente el peso de los imperios, de las guerras y de las ideologías… pero donde también hay bisontes cruzando bosques milenarios, cafés escondidos llenos de estudiantes y castillos reflejados en lagos de aguas puras. Hay nostalgia y control político, pero también curiosidad y hospitalidad. Y precisamente esa mezcla es la que convierte este viaje en algo tan distinto sin tener que irse a la otra punta del mundo.
Foto de portada | Alexxx Malev
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