
Soto de la Barca llegó a reunir a medio millar de vecinos alrededor de la térmica del Narcea. Ahora es un poblado industrial fantasma
Tener el trabajo al lado de casa era tan solo uno de los muchos beneficios que ofrecía, en su día, el poblado industrial de Soto de la Barca a sus empleados. Los hijos también podían ir allí mismo al colegio, tenían piscina y hasta disponían de espacios para el entretenimiento y hacer vida social. El motivo es que, en este rincón del concejo asturiano de Tineo, operaba una empresa que había construyó algo más que viviendas para su plantilla: un pequeño mundo alrededor de la central térmica del Narcea. Hoy, entre edificios desiertos y vegetación que se abre paso entre el hormigón, cuesta reconocer ya aquella promesa de futuro.
Apodado como el "Chernóbil asturiano" por la imagen de poblado industrial abandonado que ofrece en la actualidad, ambas historias no tienen realmente nada más que eso en común. La instalación de Narcea quemaba carbón y su cierre no fue consecuencia de ningún accidente nuclear. Tampoco hay que confundir el recinto residencial de la empresa con todo el pueblo Soto de la Barca. De hecho, en el núcleo urbano tradicional todavía se cuentan unos 24 habitantes. Sin embargo, el antiguo poblado de trabajadores es más llamativo por su atractivo de pueblo fantasma.
El pueblo donde una empresa organizaba la vida entera
De aquel proyecto residencial se encargó al arquitecto Ramón Vázquez Molezún en 1963. Su cometido era alojar a trabajadores vinculados a la central y a otras instalaciones eléctricas de la zona. Para ello se construyeron bloques y viviendas de distintas tipologías, con tamaños cuyos metros cuadrados respondían a la jerarquía profesional de sus ocupantes.
Alrededor de las casas se fueron incorporando servicios educativos, sanitarios y de ocio. Escuela, cine, club social, consultorio médico, iglesia y piscina componían una oferta que permitía llevar a cabo gran parte del día a día dentro de un poblado que llegó a tener alrededor de medio millar de habitantes.
Este es un modelo conocido como "paternalismo empresarial", en el que proporcionar vivienda y servicios a los trabajadores permite a la empresa extender su influencia sobre la vida que llevan fuera de la fábrica. Rubén Domínguez, investigador de la Universidad de Oviedo, señala precisamente esa doble vertiente al estudiar Soto: por un lado, las mejoras que introducía en el entorno y, por otro, el control empresarial que ejercía sobre el tiempo libre de sus empleados.
El abandono empezó antes de que cerrara la térmica
La pérdida de actividad y de población no se produjo de golpe. Desde los años ochenta, los cambios empresariales y los recortes de plantilla fueron reduciendo la comunidad vinculada a la central. En junio de 2020 llegó el cierre definitivo de la instalación, como parte del proceso de descarbonización.
Aunque para entonce el declive del poblado llevaba años en marcha, no fuue hasta el cierre de la central que comenzaron los trabajos para desmontarla, incluyendo la demolición de su torre de refrigeración mediante una explosión controlada. Además, los robos y destrozos no han parado. En 2024 desapareció el busto de bronce de Higinio González, que presidía la entrada y los vecinos retiraron las campanas de cobre de la iglesia por riesgo de robo. Tras dos robos del cable eléctrico, la iglesia se quedó finalmente sin luz.
El principal problema para dar nuevos usos a los terrenos de la central es que buena parte de la parcela se encuentra en zona inundable. De este modo, la ventaja de tener conexión eléctrica, agua y suelo industrial convive con obstáculos importantes para atraer otras actividades. Tras el desmantelamiento se produjo un acuerdo de cesión al ayuntamiento de Tineo, considerado como un "regalo envenenado", ya que el poblado es patrimonio de interés cultural y conservarlo exige mucho presupuesto.
Las viviendas que buscan volver a tener vecinos
Para el poblado residencial llegó a concretarse una segunda vida. Tras el acuerdo de cesión al Ayuntamiento, el proyecto de recuperación contempló rehabilitar 14 viviendas unifamiliares, recuperar equipamientos comunitarios y mejorar la urbanización y las zonas verdes. Su objetivo era el cohousing: viviendas con espacios comunes compartidos y gestión mediante una cooperativa sin ánimo de lucro. De este modo, las casas volverían a utilizarse para aquello para lo que fueron construidas, aunque mediante otra forma de convivencia más moderna.
Sin embargo, la iniciativa no salió adelante. A principios de este año, el consistorio seguía tanteando alternativas de vivienda y usos culturales, todavía sin haber encontrado una solución. Mientras tanto, las grietas, la humedad y la vegetación continúan deteriorando el conjunto.
Domínguez no se deja vencer por el pesimismo y defiende una recuperación integral respetuosa con la arquitectura original que permita habitarlo de nuevo. Porque detrás del apodo llamativo y de las vistosas fotografías de abandono hay también un conjunto residencial con valor histórico. Un lugar que se construyó para tener el trabajo, la escuela y la piscina cerca de casa, y cuya recuperación pasa por algo tan simple como volver a tener vecinos.
Foto de portada | (Rarelling)
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