La Generación Z ya no quiere trabajar para Amazon, Apple o Google. El 76% apuesta por carreras radicalmente opuestas a la programación

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Es un problema para Silicon Valley pero una buena noticia para el sector sanitario

María Yuste

Editor Senior

Hubo un momento en el que trabajar en Google era la aspiración laboral de toda una generación. Oficinas con toboganes, desayunos gratis, salas de videojuegos y salarios capaces de justificar jornadas eternas frente a una pantalla convirtieron a Silicon Valley en la gran fantasía aspiracional de la gen Z. Estudiar programación no era solo una salida profesional, era una promesa de estabilidad, prestigio y éxito económico. Pero algo ha cambiado. Y mucho.

La Generación Z (los nacidos entre 1997 y 2010) ya no mira a las grandes tecnológicas con el mismo brillo en los ojos. Según datos de encuestas como las de Network Trends de Handshake y NSHSS, el 76% de los jóvenes asegura haber cambiado sus prioridades laborales en los últimos años. Y el giro de guion no es pequeño porque las carreras relacionadas con informática y programación están perdiendo atractivo mientras que sectores como la sanidad, la educación, la administración pública o incluso la construcción empiezan a ganar terreno.

Esta caída se entiende todavía mejor con un dato simbólico muy concreto: Google ha dejado de ser la empresa soñada para muchos jóvenes y ha caído hasta la séptima posición entre las compañías más deseadas para trabajar. Amazon ocupa la octava y Apple la novena. Hace apenas una década, esto habría parecido impensable.

Pawel Czerwinski

Y no es precisamente porque la Generación Z haya dejado de interesarse por la tecnología sino que se trata de algo bastante más profundo como que ha cambiado la idea misma de éxito laboral.

Del trabajo de ensueño al miedo al burnout

Durante años, las Big Tech vendieron una imagen muy concreta de lo que era el nuevo trabajo ideal. Espacios diáfanos, estética futurista, horarios flexibles, cultura empresarial cool y la sensación de formar parte de algo revolucionario. Era el capitalismo convertido en campus universitario.

La generación Z, sin embargo, ha crecido viendo otra cara del relato. Ha vivido una pandemia durante los años clave de su formación, ha visto cómo se normalizaban los despidos masivos en empresas tecnológicas multimillonarias y ha entrado en el mercado laboral en plena conversación sobre ansiedad, salud mental y burnout.

Por eso, cuando se les pregunta qué buscan realmente en un empleo, las respuestas son mucho menos glamourosas y bastante más pragmáticas que antes. La estabilidad laboral aparece como el factor más importante a la hora de elegir carrera profesional. Después llegan la ubicación del trabajo, la reputación de la empresa y la posibilidad de conciliar o teletrabajar. Directamente, el sueño ya no es trabajar desde una oficina con kombucha gratis. El sueño es no vivir permanentemente agotado.

Greg Bulla

Más de la mitad de los jóvenes encuestados reconoce sentir miedo ante la posibilidad de estudiar algo que les apasiona y terminar igualmente quemados, mal pagados o atrapados en un entorno laboral incapaz de ofrecer crecimiento real. En ese contexto, las promesas aspiracionales de Silicon Valley empiezan a sonar menos seductoras que hace diez años.

El nuevo estatus está en otro sitio

Quizá una de las partes más interesantes de este cambio es que también transforma el imaginario del prestigio. Durante mucho tiempo, decir que trabajabas en Apple o Google funcionaba casi como una credencial. Eran empresas asociadas a innovación, modernidad y una cierta idea de élite intelectual contemporánea. Ahora el movimiento parece ir en la dirección contraria.

Los jóvenes empiezan a interesarse más por profesiones percibidas como útiles, tangibles y resistentes a la volatilidad económica. El sector sanitario es el mayor beneficiado de este cambio de mentalidad. Algunos estudios apuntan a que la pandemia ayudó a reforzar la percepción de médicos, enfermeros y profesionales de la salud como figuras esenciales, pero también estables y socialmente valiosas.

Piron Guillaume

Lo mismo ocurre con la administración pública. Hace unos años, opositar podía parecer una decisión poco aspiracional dentro de ciertos círculos obsesionados con las startups y el emprendimiento. Hoy, en cambio, un puesto fijo empieza a representar exactamente lo que muchos jóvenes sienten que no encuentran en otros sectores. Ven como algo positivo la previsibilidad, la seguridad y la cierta tranquilidad mental que conlleva.

El problema silencioso de las Big Tech

Para compañías como Meta, Apple o Google, este cambio generacional puede convertirse en un problema mucho más serio de lo que parece. El éxito de dichas empresas siempre ha dependido de atraer a los mejores perfiles tecnológicos antes que nadie. Pero si cada vez menos jóvenes quieren estudiar programación o desarrollar carreras ligadas al sector, el embudo de contratación empieza a estrecharse. Y eso obliga a replantear muchas cosas. 

Los beneficios que funcionaban hace una década quizá ya no impresionan igual a una generación que prioriza el teletrabajo, la salud mental o la estabilidad por encima de la cultura corporativa con colorines. De hecho, algunas tecnológicas parecen ir justo en dirección contraria a lo que el talento busca. Apple, por ejemplo, ha endurecido en los últimos años sus políticas de presencialidad, en un momento en el que buena parte de los jóvenes considera la flexibilidad una condición básica y no un privilegio

Eliott Reyna

Así que, lo más probables es que el gran símbolo aspiracional de la próxima década no sea un ingeniero trabajando en Silicon Valley, sino alguien con un horario razonable, estabilidad vital y emocional y capacidad de pagar un alquiler sin vivir pendiente de Slack a deshoras. Es, desde luego, algo que dice mucho más sobre el estado actual del mercado laboral que cualquier oficina llena de pufs y mesas de ping-pong.

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