Acecder al mercado laboral se ha vuelto un lujo para muchos jóvenes
Antes, conseguir trabajo parecía el final de todos los problema. Hoy, para muchos jóvenes, es solo el principio de los mismo. Porque ya no basta con superar entrevistas, encajar en el perfil que busca una empresa y ser finalmente seleccionado para incorporarse: también hay que poder permitirselo económicamente. Y ahí es donde una parte de la Generación Z se está quedando fuera del mercado laborar incluso antes de empezar.
Una encuesta realizada en Reino Unido por The Prince’s Trust a más de 2.000 jóvenes de entre 16 y 25 años cuantifió una triste realidad: uno de cada diez aseguraba haber rechazado oportunidades laborales porque no podía asumir los costes iniciales asociados al empleo. Hablamos de algo tan básico como los desplazamientos, ña nacesidad de un medio transporte propio (incluso una bicicleta o un patinete), el uniforme o ropa adecuada.
Trabajar cuesta dinero y para quienes ya llegan justos a fin de mes, esa inversión previa puede resultar inasumible. Aunque, durante años, se vendió la idea de que el esfuerzo era la llave maestra que llevaba al éxito, el acceso al empleo ya no depende solo de la formación o el talento, sino también de disponer de liquidez.
La paradoja es evidente: se necesita trabajo para tener dinero, pero se necesita dinero para empezar a trabajar.
Los datos del mismo estudio reflejaron, además, un contexto financiero especialmente duro. El 49% de los jóvenes considera que el coste de la vida ha empeorado de forma drástica en los últimos años, mientras que un 21% reconoce haberse saltado comidas para ahorrar. No se trata de recortar caprichos ni de renunciar a cafés caros, sino de necesidades básicas convertidas en variables de ajuste.
Cuando la precariedad entra por la puerta, también se nota en el cuerpo y el mente. El 40% de los encuestados afirmó tener problemas de salud mental y un 21% aseguró que dicha situación había empeorado durante el último año. La ansiedad económica tiene consecuencias reales sobre el bienestar, la confianza y la capacidad de proyectar un futuro.
Así que sí, también afecta a cómo se busca empleo. Hay jóvenes que directamente no postulan porque el proceso les abruma, otros rechazan puestos porque las cuentas no salen, y muchos viven cualquier oferta con menos ilusión.
Es especialmente significativo el impacto entre las mujeres jóvenes. Según la encuesta, ellas muestran mayores niveles de estrés y desesperanza respecto al futuro económico que sus compañeros hombres. Tampoco sorprende cuando el horizonte laboral es incierto, la desigualdad no termina de desaparecer y solo cambia de forma.
Lo más llamativo es que todo esto desmonta uno de los discursos favoritos de los boomers sobre la generación Z: que no quiere trabajar. Sin embargo, parece que la cuestión no es si quieren trabajar, sino en qué condiciones se les pide hacerlo. Porque rechazar un empleo por no poder costearse el transporte, el uniforme o la ropa exigida no es falta de ambición sino pobreza con otro nombre.
En definitiva, la generación Z no está rechazando trabajar por capricho. Son la prueba de que incluso entrar al mercado laboral se ha convertido en un lujo.
Foto de portada | Kaboompics
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