La Generación Z ha sucumbido a la telefobia: el 56% de los jóvenes creen que está asociado a recibir siempre malas noticias

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Aunque parezca que ya todo ocurre por escrito y bajo demanda, las llamadas siguen existiendo. El problema es que el 23% de los zetas nunca las contesta

María Yuste

Editor Senior

Hubo un tiempo en el que llamar por teléfono era el gesto más normal y cotidiano del mundo. Se llamaba para felicitar un cumpleaños, reservar mesa en un restaurante, preguntar si alguien había llegado bien a casa o, simplemente, para echar la tarde. Hoy, en cambio, una llamada inesperada provoca en muchas personas ansiedad, sospecha o directamente terror. En especial, entre la generación Z, criada entre mensajes de WhatsApp y audios de Instagram a velocidad x2, parece haber desarrollado una relación casi traumática con las conversaciones telefónicas. Y no es una exageración generacional, tiene hasta nombre: telefobia.

Según una encuesta realizada por la plataforma británica Uswitch entre 2.000 adultos, el 23% de los jóvenes de entre 18 y 34 años asegura que nunca responde llamadas telefónicas. Aunque el dato más revelador es otro: el 56% asocia automáticamente una llamada inesperada con malas noticias. En otras palabras, si el teléfono suena y nadie había avisado antes, algo malo ha pasado. O eso creen.

No es difícil entender de dónde viene esa sensación. Las llamadas ya no forman parte de la vida cotidiana como antes. Hoy casi todo ocurre por escrito y bajo demanda: pedir comida, reservar una cita médica, cancelar una suscripción, discutir con alguien o a veces hasta romper una relación. La llamada telefónica ha quedado relegada a lo urgente, lo importante y lo incómodo. Nadie llama solo para decir "hola" a las tres de la tarde de un martes cualquiera. Si alguien lo hace, probablemente haya una razón. Y la generación Z ha crecido interiorizándolo.

La consecuencia es una generación que se siente mucho más cómoda comunicándose por vías donde existe tiempo para pensar antes de responder. La misma encuesta revela que el 61% de los jóvenes prefiere recibir un mensaje antes que una llamada y que el 68% solo se siente cómodo hablando por teléfono si esa conversación ha sido previamente acordada. La espontaneidad telefónica, básicamente, ha muerto.

Vitaly Gariev

Tiene sentido porque un mensaje permite editar, borrar, reformular y controlar cómo uno quiere presentarse ante el otro. Una llamada no. Obliga a improvisar, reaccionar en tiempo real y exponerse a silencios incómodos, malentendidos o momentos de torpeza. Eso, para una generación acostumbrada a filtrar y editar cuidadosamente su identidad digital, la conversación telefónica puede sentirse casi como actuar sin guion.

La antropóloga social Zoia Tarasova explicaba a 'Fortune' que esta resistencia refleja "una fatiga más amplia con la inmediatez y la urgencia". Es decir: no solo hay miedo al teléfono, también hay un rechazo creciente hacia la sensación de estar permanentemente disponible. Una llamada interrumpe, exige atención instantánea y no respeta tiempos ni contextos. Todo ello choca frontalmente con una generación que ha aprendido a gestionar sus relaciones desde la distancia y la seguridad de una pantalla.

A todo esto se suma otro elemento bastante menos filosófico: el spam. Las llamadas comerciales, las estafas telefónicas y los fraudes han convertido los números desconocidos en algo sospechoso. De hecho, el 63% de los encuestados reconoce que evita coger el teléfono precisamente por miedo a llamadas fraudulentas. El resultado es una curiosa mezcla entre ansiedad social y autoprotección.

El problema es que el mundo laboral todavía no se ha adaptado del todo a esta nueva realidad y ahí es donde la telefobia deja de ser una simple rareza generacional para convertirse en un obstáculo real. Casey Halloran, director ejecutivo de la agencia de viajes Namu Travel, confesaba a Fortune que llevan años intentando ayudar a sus empleados más jóvenes a superar ese miedo a las llamadas con formaciones, incentivos, sesiones de observación con trabajadores veteranos e incluso psicólogos empresariales. Eso sí, sin demasiado éxito. 

Jonas Leupe

Porque sí: aunque internet haya transformado la forma de comunicarnos, las llamadas siguen existiendo. Entrevistas de trabajo, atención al cliente, reuniones, gestiones urgentes o conversaciones delicadas continúan ocurriendo por teléfono. Y muchos jóvenes sienten que nunca aprendieron realmente a desenvolverse en ellas.

La situación ha llegado a tal punto que algunas instituciones educativas también están intentando intervenir. El Nottingham College, en Reino Unido, ha empezado a impartir clases para ayudar a sus estudiantes a superar la telefobia. En ellas practican llamadas simuladas, aprenden protocolos básicos de conversación y realizan ejercicios tan aparentemente simples como llamar a un restaurante para preguntar el horario o consultar la disponibilidad de un producto en una tienda.

Todo esto podría sonar exagerado si no fuera porque, al mismo tiempo, esta misma generación es capaz de enviar decenas de audios al día o mantener conversaciones eternas por videollamada con amigos. La contradicción es interesante porque no rechazan la comunicación, rechazan el formato imprevisible de la llamada tradicional.

La telefobia no tiene tanto que ver con el teléfono en sí como con el control, la ansiedad social, la hiperconectividad y una generación que ha crecido acostumbrada a poder pausar cualquier interacción. Una llamada, en cambio, exige estar presente. Y para muchos jóvenes eso, hoy, resulta intimidante.

Foto de portada | Ogtech en Midjourney

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