
No quiero un novio por correspondencia, pero tampoco perder una tarde para descubrir algo que podría haber sabido sin salir del chat
Hace poco, me llevó tres o cuatro días de conversación descubrir que aquel chico tan cute con el que había hecho match tenía, en realidad, opiniones racistas y describía el feminismo como "un cáncer". Hasta entonces, su perfil prometía. Era vegano por amor a los animales y compartíamos el mismo gusto por el humor negro, en especial, por el humorista Louis C. K. Sin embargo, ya lo decían bien en '500 días juntos': "Solo porque a una chica mona le guste la misma mierda bizarra que a ti, no significa que sea tu alma gemela".
Como las personas estamos llenas de grises y matices, hizo falta algo más que una conversación de ascensor para que apareciera información que, para mí, descartaba cualquier interés en conocerlo fuera del chat. Cuando apareció, no solo sentí decepción, también alivio: el tiempo y el esfuerzo que me había ahorrado eran mayores que los que ya llevaba invertidos en hablar con él.
Me había ahorrado arreglarme, maquillarme y gastar mi tiempo libre en desplazarme hasta un bar para pasar un rato incómodo, con una consumición a pagar delante y un cuñado que considera una enfermedad gravísima algo que tiene que ver con los derechos humanos. Por suerte, lo había descubierto hablando en ratos muertos en los que, como mucho, le había quitado minutos al scroll infinito o había hecho multitasking en el cuarto de baño.
Es por todo ello que no entiendo que ese chat previo suela considerarse una especie de trámite burocrático que conviene despachar cuanto antes. Que si "lo mejor es quedar pronto", que si "la química se comprueba en persona"... La gente tiene muchas supuestas verdades universales al respecto. Y, vale, entiendo el argumento. En realidad todos estamos allí buscando a alguien con quien salir del chat. Sin embargo, también es igual de cierto que para que haya patata primero tiene que haber mata, ¿no?
"Solo es un café" te come toda la tarde
Después de haber pasado tres años alejada de las aplicaciones de citas, solo estaba dispuesta a volver a darles una oportunidad si lo hacía en mis propios términos. Para poder usarlas con responsabilidad hacia mí y hacia los demás, el primer paso fue reconocerme a mí misma qué era lo que buscaba, por muy poco cool que fuera para la sociedad de la modernidad líquida. Y descubrí que buscaba algo tan concreto como difícil de encontrar: una conexión auténtica.
Ya sea que tome la forma de una relación sentimental, una amistad o de una cita divertida en las vacaciones de un guiri... Siempre y cuando se cumpla mi innegociable de una conexión profunda, me vale porque para interacciones superficiales ya tengo suficiente con todo lo demás.
Por eso me chirría el "qué pierdes, si solo es un café". No es solo que prepararse, salir de casa, desplazarse y volver ya requiere tiempo y energía de por sí, es que a todo eso hay que añadirle lo agotador de mantener en persona una conversación que no te interesa lo más mínimo. Por no hablar del marrón de ver cómo salir de una situación en la que no quieres estar. Al menos intercambiar mensajes no exige poner el cuerpo.
Tampoco estoy diciendo que lo mejor sea siempre iniciar una correspondencia a la que solo le falten los sellos y la paloma mensajera. Lo que intento decir es que no existe una fórmula que funcione para todo el mundo. A mí me ha costado demasiado reconocer qué necesito y que no tengo que seguir quedando al ritmo que se supone que debería apetecerme.
Yo no necesito averiguar pronto si hay química sino si hay una base propicia para que pueda haberla. Tampoco pretendo convertir el chat en un interrogatorio ni pedir una declaración ideológica antes de poder ir a tomar algo. Simplemente, lo concibo como un espacio seguro para que aparezcan datos que digan más de nosotros que en qué barrio vivimos o a qué nos dedicamos. Compartir el gusto por un mismo humorista puede servir para empezar a hablar, pero saber qué piensa alguien sobre el feminismo puede servir para decidir si quieres seguir haciéndolo.
Insisto tanto en ello porque las propias aplicaciones ponen mucho énfasis en que las conversaciones desemboquen en encuentros en persona. Hinge, por ejemplo, a los pocos mensajes ya te lanza un aviso automático para decirte que lleváis buen ritmo y que va siendo hora de quedar. Y ahí se queda el recordatorio, instalado en la conversación para que lo veas cada vez que abres el chat. Sin presiones.
Hablar más tampoco es sinónimo de éxito
Ahora bien, sería bastante tramposo defender mi derecho a tomarme mi tiempo sin reconocer su gran peligro asociado: idealizar a la otra persona. Conversar puede darte información muy valiosa, pero también deja muchísima fuera. Por mucho que alguien escriba bien, te haga reír, sepa quiénes son Cameron Winter y Phoebe Bridgers o parezca entenderte, aún no sabes cómo será compartir espacio con esa persona. Y si piensas que lo sabes, mal asunto.
Hasta para esto hay un estudio. Realizado con 433 usuarios de servicios de citas y publicado en el Journal of Computer-Mediated Communication, encontró que hablar antes de quedar se asociaba con una mejor impresión del primer encuentro, pero que alargar demasiado esa fase se relacionaba con valoraciones menos favorables. Los autores lo vincularon con la idealización: el tiempo que dedicas a conocer a alguien también puede servirte para empezar a inventártelo.
Si ya puedes acabar proyectando mucho sobre una persona a la que ves y tocas, con una pantalla de por medio las dimensiones pueden ser catastróficas. Mientras dure la fase digital, es importante tener presente cuánto desconoces todavía y cuánto puedes estar rellenando con tus propias ganas y fantasías.
Ahora sé que quiero disfrutar de una conversación sin adelantar acontecimientos. Tener curiosidad por alguien sin adjudicarle cualidades que aún no ha demostrado tener. Y, cuando me apetezca conocerlo en persona, recordar que los días hablando no me ahorran el hecho de que todavía tengo delante a alguien por conocer. Y puede salir rana.
Foto de portada | Black Mirror
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