
La digestión no empieza en el estómago, empieza en la boca e influye en la cantidad de comida que terminamos comiendo o en lo saciadas que nos sentimos
Comes sano. Incluyes proteínas en todas tus comidas, las verduras ocupan la mitad de tu plato y siempre hay grasas saludables en él. No te saltas los carbohidratos porque sabes que son la gasolina que necesitas para hacer deporte luego y cocinas sano. Pero después de comer te sientes hinchada y al rato te entra ansiedad por el dulce y tú no entiendes nada de lo que te pasa. El nutricionista Pablo Ojeda tiene una razón para que te infles como un globo después de comer lo que sea: el problema no es lo que comes sino cómo lo comes.
Aseguraba en sus redes sociales que “existe un hábito que reduce la ingesta calórica total, aumenta la saciedad y mejora la glucosa postprandial”, y lo curioso es que lo pasamos por alto sin darnos ni cuenta, yo incluida. “La digestión no empieza en el estómago, empieza en la boca”, afirma. Cuando masticamos correctamente, “comes menos sin forzarte, sin culpa y sin ansiedad”.
A nivel científico, comer rápido se asocia con una mayor ingesta de comida y, en varios estudios, también se asocia con un mayor riesgo de sobrepeso. Lo que hacemos cuando comemos rápido es comer más porque, como explica Ojeda, “cuando comes rápido, casi sin masticar, tu cerebro no se entera a tiempo de qué estás comiendo. La hormona de la saciedad llega tarde. Sigues comiendo aunque ya era suficiente”. El resultado es que se produce hinchazón, pesadez, sueño y ansiedad al poco tiempo de comer según el experto.
Si comemos más lentamente, aumentan las hormonas intestinales relacionadas con la saciedad. Es decir, comer despacio da tiempo al cerebro para notar que estás lleno. Las señales hormonales de saciedad (como el CCK, el GLP‑1 o la insulina) alcanzan su pico minutos después de empezar a comer, así que si comes muy rápido, puedes haber ingerido más calorías antes de que esas señales lleguen al cerebro.
“La digestión empieza en la masticación, en la boca”, explica Ojeda. “Cuando masticas bien, activas la saliva, activas el nervio vago, el cerebro recibe el mensaje de: ‘ya estamos comiendo’”, afirma. El nervio vago es la principal vía parasimpática que conecta cerebro y tracto gastrointestinal, y cuando lo activamos, se pone en marcha la fase cefálica de la digestión que preparan el estómago para recibir la comida.
Lo que explica Ojeda es que “aumentar el número de masticaciones por bocado reduce la ingesta calórica total, aumenta la saciedad, mejora la glucosa postprandial y, lo más importante: no aumenta el hambre después”. Con esto en mente quizá sea el momento de comer como si hiciéramos un ejercicio de mindfulness, concentradas en lo que tenemos delante y saboreando y apreciando cada bocado, y masticándolo entre 20-30 veces antes de tragar como recomienda el Dr. Sebastián Aranam. Puede que así reduzcas la hinchazón abdominal más de lo que crees posible.
Fotos | Instagram @pabloojedaj, Mizuno K y Anastasia Shuraeva en Pexels
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