El gesto que tu gato detesta y los psicólogos recomiendan no hacer

No son buenas noticias pero puede ser la señal que necesitabas

María Yuste

Editor Senior

Cualquiera que tenga o haya tenido gatos alguna vez en casa sabe que no a todos les gustan los mimos. El problema es que muchas personas no saben aceptarlo y, aunque la escena de alguien intentando acariciar a un gato callejero que huye o a su propio gato que se revuelve incómodo pueda parecer tierna y divertida, la psicología tiene una perspectiva menos halagüeña sobre ello.

Según algunos expertos, esa insistencia no sería casual y puede esconder dinámicas psicológicas más profundas.  Según explican en 'Psychology Today': "La forma en la que tocamos a los gatos, sobre todo si lo hacemos incluso cuando ellos no quieren, puede reflejar la necesidad de controlar el entorno o de recibir validación emocional". Esta interpretación le resultará incómoda a quien se reconozca en ella pero puede ser una señal interesante para plantearse cómo gestionamos el afecto, los límites y nuestra propia vulnerabilidad.

Jordan Durzi

Es importante saber que los gatos son animales que no expresan afecto de forma directa. No piden cariño con lametones u ofreciendo a los humanos sus juguetes favoritos, tal y como hacen los perros. A menudo lo comunican con un ronroneo, frotándose contra las personas, parpadeando lentamente o simplemente acurrucándose cerca. En esos momentos, acariciar a un gato puede hacernos liberar endorfinas, reducir la presión arterial y aliviar el estrés. Pero ese placer depende de que el gato lo permita.

Se ha comprobado que acariciar a un gato que quiere ser acariciado tiene beneficios reales. Desde la Universidad Autónoma de Aguascalientes explican que ese contacto libera oxitocina y mejora el estado de ánimo, además de reducir síntomas asociados a la depresión, la soledad o incluso las enfermedades cardiovasculares. Eso sí, la clave no está en acariciar por acariciar, sino en saber cuándo hacerlo. En interpretar las señales y respetar al animal que te da la espalda o huye cuando intentas tocarlo.

Pixabay

Así que, cuando una persona insiste en acariciar un gato que claramente no quiere recibir ese contacto, puede estar expresando ciertas necesidades. Según señalan algunos psicólogos, el impulso de querer acariciar a toda costa puede ser una proyección de nuestras propias carencias, una forma de buscar conexión o validación.

No quiere decir que quien lo haga sea una mala persona, pero sí puede reflejar dificultad para leer los límites del otro (aunque ese “otro” sea un gato) o para aceptar que no siempre recibimos afecto cuando queremos. En el fondo, puede tratarse de lo mismo que ocurre en muchas relaciones humanas: una red flag que alerta de que esa persona no sabe escuchar, no respeta los tiempos del otro y fuerza la cercanía cuando hace falta que corra el aire.

Foto de portada  | Ilze

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