
Lo que vivimos siendo niños influye en nuestras relaciones mucho más de lo que pensamos
Dicen que hay abrazos que te resetean el alma entera, pero también hay personas a las que no les gusta absolutamente nada abrazar a otros. Una de mis mejores amigas es una de esas personas. Sus abrazos son como un patronus que solo ves cuando la necesidad aprieta, como cuando atravieso una ruptura de pareja. No todo el mundo disfruta de un abrazo como lo hago yo, y hay varias explicaciones psicológicas de por qué.
Más allá de que exista un componente cultural en torno a los abrazos, “nuestra tendencia a participar en el contacto físico, suele ser producto de nuestras experiencias en la primera infancia”, afirmaba Suzanne Degges-White en Psychology Today. Esto tiene que ver con la teoría del apego, que explica que la manera en que nos relacionamos con otros cuando somos adultos se relaciona con cómo nos hemos relacionado en la infancia.
Crecer en una familia que no daba demasiadas muestras de afecto físico, puede hacer que no nos sintamos cómodos abrazando cuando somos adultos. Es más, hay estudios que aseguran que las personas criadas por padres que se abrazaban con frecuencia tenían más probabilidades de seguir haciéndolo en la edad adulta. Pero eso no significa que no pueda ocurrir el caso contrario. Como señala Degges-White, “algunos niños crecen sintiéndose privados de contacto físico y se convierten en personas que abrazan socialmente y no pueden saludar a un amigo sin hacerlo”.
Abrazar es un elemento importante en el desarrollo emocional de un niño. Tanto que el hecho de que no exista contacto físico afecta fisiológicamente al cuerpo. Según las investigaciones de Darcia Narvaez, profesora de psicología en la Universidad de Notre Dame, la falta de contacto físico puede provocar un desarrollo insuficiente del nervio vago lo que, según las investigaciones, puede disminuir la capacidad de las personas para ser compasivas.
Además, puede provocar un desarrollo insuficiente del sistema que segrega y regula la oxitocina, una hormona esencial para formar vínculos con otras personas. Cuando nos falta esa hormona, captar las señales sociales puede ser más difícil, y abrazar se convierte en un momento más incómodo. Es más, podríamos decir que tu cuerpo se “programó” para sentir los abrazos como algo incómodo por esa falta de oxitocina cuando eras pequeña.
Otro motivo por el que no te gusta dar abrazos (ni recibirlos) puede estar en la autoestima. Según Degges-White, las personas más abiertas al contacto físico con los demás “suelen tener mayor autoconfianza”, y quienes experimentan mayor ansiedad social “pueden mostrarse reacios a las muestras de afecto, incluso con amigos”. No es porque no les quieran, sino porque ese contacto les supera.
Abrazarse, como verás, no provoca lo mismo en todas las personas. Lo que para algunas es un momento de intimidad y conexión, para otras puede resultar tremendamente incómodo porque no están acostumbrados a esas muestras de afecto.
Fotos | The Big Bang Theory
En Trendencias | Llevo un año haciendo junk journaling y estas son las cosas que ojalá alguien me hubiera contado antes
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