Del balcón al campo: cómo la jardinería me enseñó a recuperar mi creatividad
Vivimos a mil por hora. Entre las notificaciones del móvil, las entregas del trabajo y esa lista de tareas pendientes que parece no terminar nunca, mi cabeza funcionaba en un estado de alerta constante. Un día miré mi terraza vacía y tomé una decisión impulsiva: comprar un par de macetas, algo de tierra y unas semillas en el supermercado Lidl más cercano.
Nada difícil de plantar ni que requiriese demasiados cuidados: unos tagetes, unos bulbos de tulipanes, unos cuantos iris azules... No sabía que ese pequeño gesto cambiaría por completo mi vida.
De las macetas a un jardín entero
Al principio lo vi como un pasatiempo más, pero pronto se convirtió en mi terapia diaria. Empecé a acumular macetas y macetas, tantas que ya no había más espacio donde colocarlas en el balcón, y entonces fue cuando pasé a llenar el resto de la casa con plantas de interior.
Las drácenas, las monsteras, las suculentas y las plantas crasas empezaron a surgir por todas partes: en las estanterías, en los huecos de las mesas, en los rincones libres de las habitaciones... Pronto se hizo patente que a ese ritmo las plantas acabarían echándonos de casa. Así que tras mucho pensarlo, — pandemia mediante —, mi pareja y yo decidimos que la ciudad ya no era para nosotros.
Había llegado el momento de recoger los bártulos y empezar una nueva vida con menos ajetreo y más espacio para lo que de verdad nos interesa en este momento de nuestra existencia. Así fue como llegamos a la que sería mi casa a partir de entonces, el lugar donde dar rienda suelta a mi pasión por las plantas y, ya de paso, empezar un huerto en serio.
El botón de "pausa" que mi mente necesitaba
Hundir las manos en la tierra fresca después de una jornada intensa frente a la pantalla tiene un efecto casi mágico. En ese ecosistema en miniatura no importan los correos electrónicos ni las prisas. Estar ahí fuera, prestando atención al color de las hojas o al riego exacto, me obliga a anclarme en el presente. Es el único momento del día en el que logro apagar el ruido mental y respirar de verdad.
Me dedico al periodismo para ganarme la vida, pero antes de eso fui escritora. Son oficios que comparten herramientas, pero no juegan con las mismas reglas. Por distintas razones permití que mi lado más creativo fuera muriendo; me sorprende ver cómo revive al mismo ritmo en que hundo las manos en la tierra.
Mientras trabajo en el jardín o en el huerto, pienso en las historias que quiero contar, en cómo las quiero contar, y la cadencia de las labores del campo se entrelaza con el ritmo de las frases que luego construyo en el teclado. La tierra se vuelve costumbre, al igual que las palabras necesitan su propio invierno para florecer luego con fuerza.
El arte de saber esperar (en un mundo inmediato)
Si algo te enseña un huerto, es que no puedes presionar un botón para que las cosas ocurran al momento. Vivimos acostumbrados a la gratificación instantánea, pero la naturaleza tiene sus propios tiempos. He visto morir plantas por exceso de agua (o justo por lo contrario, por la sequía extrema), y he celebrado la primera flor de una tomatera como si fuera un gran triunfo. Cultivar me ha enseñado a abrazar la lentitud, a entender que los procesos hermosos llevan tiempo y que la paciencia es, en realidad, una forma de autocuidado.
Ver cómo una diminuta semilla se transforma en alimento o en una flor espectacular te cambia la perspectiva. Me ha devuelto una conexión con los ciclos naturales que creía perdida en la ciudad. Mi jardín ya no es solo un rincón bonito de la casa; es el espacio donde recupero mi paz.
Construir un jardín y un huerto requiere esfuerzo y trabajo, pero sobre todo dedicación constante. Te devuelve la certeza de que solo manchándote las manos conseguirás obtener lo que persigues. Al poco de llegar a la que ahora es mi casa me dieron este consejo: "No pongas muchas plantas o no podrás ni marcharte de vacaciones". Me alegra haber hecho justo lo contrario.
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Fotos | @patriciag.varela
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