Byung-Chul Han, filósofo: “La verdadera felicidad solo es posible en fragmentos. Es justamente el dolor lo que preserva a la felicidad de cosificarse”

En una sociedad marcada por el hedonismo y el placer, el dolor parece una emoción a evitar a toda costa. Lo que nadie te dice es que la necesitamos

Anabel Palomares

Editor

Dice el filósofo Byung-Chul Han que la humanidad moderna ha desarrollado una especie de fobia al dolor que ha sido impulsada por la obligación de ser feliz. La positividad desmedida que nos rodea y el mandato de estar siempre felices, nos fuerza de alguna forma a negar el dolor. Nos anestesia y vacía. En ‘La sociedad paliativa’, nos habla de ese camino hedonista que como sociedad hemos empezado a recorrer. Una cultura que nos invita a disfrutar el 100% de nuestro tiempo y que provoca que “el dolor carezca por completo de sentido y de utilidad”. 

Sostiene que el imperativo neoliberal “sé feliz” no es una invitación al bienestar, sino una orden de rendimiento emocional. Tienes que estar bien porque así puedes producir. Sonríe, porque el sufrimiento es un fracaso personal. Pero ¿y si el dolor y el sufrimiento fueran necesarios para nuestra propia felicidad? Y es que según Han, la felicidad no es la ausencia de sufrimiento sino algo mucho más complejo que un todo o nada. Como explica en su libro,  “la verdadera felicidad solo es posible en fragmentos. Es justamente el dolor lo que preserva a la felicidad de cosificarse”.

La felicidad como experiencia, no como exigencia

Según Nietzsche, el dolor y felicidad son “dos hermanos, y gemelos, que crecen juntos o que juntos siguen siendo pequeños”. Para Han, es imposible el uno sin el otro, ya que la felicidad no es un estado permanente ni acumulable. Debe ser una experiencia y no una exigencia (como pasa con el “sé feliz”). Es algo que aparece y desaparece, y eso no devalúa el valor de la felicidad, al contrario. Lo que hace protegerla de convertirse en una cosa más que consumir. “La felicidad es más que la suma de sensaciones positivas que prometen un aumento del rendimiento. No está sujeta a la lógica de la optimización. Se caracteriza por no poder disponer de ella”, escribe y añade que es justamente el dolor lo que evita que la felicidad se convierta en un objeto de consumo más. “El dolor trae la felicidad y la sostiene. [...] Toda intensidad es dolorosa. En la pasión se fusionan dolor y felicidad”, asegura. 

El problema es que cuando evitamos el dolor, y según Han, “la felicidad se trivializa y se convierte en un confort apático”. Perdemos profundidad emocional porque “quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la felicidad profunda”. Es decir, para poder disfrutar de la felicidad en toda su forma y fondo, es necesario experimentar también las emociones negativas que forman parte de la vida. 

Si lo vemos desde el punto de vista psicológico, lo que defiende Han no es una locura. Sin variación emocional no hay discriminación afectiva, algo que explica Lisa Feldman Barrett en el maravilloso libro ‘La vida secreta del cerebro’. Es más, psicólogos como Robert Plutchik ya afirmaban en los ochenta que las emociones básicas funcionan en pares opuestos -la alegría con la tristeza, el miedo con la ira- que cobran significado en contraste unas con otras. Evitar experiencias internas que nos resultan desagradables, lo único que hace es reducir nuestro bienestar y a la larga se asocia con una mayor incidencia de ansiedad y depresión. El bienestar no surge de eliminar el dolor, sino de integrarlo en nuestra vida sin huir de él, lo que termina aumentando nuestro bienestar psicológico.

La felicidad no es una obligación ni una prueba de éxito. No define tu valor como persona, ni es algo que puedas medir. Y lo más curioso es que cuando lo entiendes, es más fácil que puedas sentir esa felicidad. Cuando dejas de perseguirla. Cuando dejas de pensar en ella. Y sobre todo cuando dejas de evitar el sufrimiento a toda costa. No es que la felicidad sea imposible, es que es frágil. Y en su fragilidad es donde radica su valor.

Dice Han que “solo con la condición de estar siempre abierto al dolor, venga de donde venga y hasta lo más profundo, podrás estar abierto a las especies más delicadas y sublimes de la felicidad”. Hagámosle caso. 

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Fotos | Gtres, Fuu J en Unsplash

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