
El amor no es lo que la sociedad no hace creer que es, y no podemos consumirlo como si fuera una camiseta o una película
El amor se ha convertido en un objeto de consumo más. Byung-Chul Han reflexiona sobre la proclamación neoliberal de la libertad y el capitalismo que lo mueve todo, y asegura que "elimina la alteridad para someterlo todo al consumo, a la exposición como mercancía", en ‘La agonía del Eros’. Según su filosofía vivimos en una sociedad narcisista. Una sociedad depresiva y consumista. Una sociedad agotada. Y el amor no está exento de ello. Han afirma que la sociedad le ha asignado el atributo de producto de consumo, algo muy similar a lo que expone Zygmunt Bauman en su famoso ‘Amor líquido’.
El problema de que sea así es que las relaciones se vuelven más frágiles, más difusas, más egocéntricas y como explicaba Han en su libro, no miramos a otros para profundizar en una relación sino como si esa persona fuera un objeto más a consumir. Mira Tinder, una supuesta “red social” que en realidad es un escaparate de cuerpos y caras, como lo sería una estantería llena de ropa en una tienda. Comparten el mismo concepto: estamos listos para ser consumidos.
A todo esto se suma que para Han, en esta sociedad en la que vivimos, cada vez nos parecemos más unos a otros. O al menos lo intentamos. Caras iguales, estilos de vida también iguales, pensamientos iguales. Como ovejas que forman parte de un rebaño pero que han perdido su individualidad. Todo parece diseñado para que nunca te incomodes ni encuentres algo que te choque de verdad y para alejarte de aquello que te incomoda. El resultado es que "en el infierno de lo igual, al que la sociedad actual se asemeja cada vez más, no hay ninguna experiencia erótica”, según Han.
En nuestras diferencias (y en tolerarlas) está el verdadero amor
En cambio para el filósofo coreano, "el amor interrumpe la perspectiva del uno y hace surgir el mundo desde el punto de vista del otro, de la diferencia", por eso en lugar de huir de lo diferente o lo que nos extraña, sea en la forma que sea, que demos oportunidad a conocer esa persona porque de lo diferentes que somos es de donde nace el amor. No es ese manido pensamiento de que los opuestos se atraen. Tampoco es cuestión de habernos acostumbrado a ser tan exigentes en el amor. Es más bien que aquello que otra persona hace distinto o sentimos distinto, lo alejamos.
Para Han, la otra persona a la que amamos es alguien que no podemos reducir a nosotros mismos. Alguien que no entendemos del todo, y según el filósofo, es lo más valioso que existe porque debemos relacionarnos desde la alteridad y viendo a la otra persona como alguien que existe, que tiene una vida interior propia y sus propias rarezas, pensamientos y formas de actuar. La alteridad de han es respetar que el otro es irreductiblemente distinto a ti y no es de tu posesión. Que no puedes clasificarlo ni entenderlo del todo, y “el amor es siempre una alteridad”, como escribía Han en ‘La expulsión de lo distinto’. Tolerar esas diferencias y ver su potencial en ellas, es en realidad el amor para el filósofo.
Han sostiene que si amas a alguien que es exactamente como tú, que piensa igual que tú y que siempre te da la razón y encajáis perfectamente en el mundo del otro por lo mucho que se parece, no es amor sino narcisismo con pareja, porque "el amor interrumpe la perspectiva del uno y hace surgir el mundo desde el punto de vista del otro, de la diferencia”. Sin esa diferencia, no es amor. Psicólogos como Otto Kernberg describe el vacío interior del narcisista como una dependencia paradójica de la mirada del otro al mismo tiempo que lo anula, y en ‘La expulsión de lo distinto’, Han escribía algo similar cuando decía que "el sujeto narcisista solo percibe el mundo en las matizaciones de sí mismo. La consecuencia fatal de ello es que el otro desaparece".
“El amor no nos hace ciegos, sino videntes", como escribía el filósofo, porque para amar de verdad tienes que ver al otro como de verdad es y no como te gustaría que fuera. Quizá deberíamos hacer un ejercicio en el que entrenar nuestra mirada para ver, en toda su plenitud, a las personas que nos rodean. Pero sobre todo para apreciar en sus diferencias la riqueza que podrían aportar en nuestras vidas.
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