En 2026 me he propuesto recuperar hábitos analógicos olvidados para divertirme y para envejecer mejor
Este año, mi propósito de Año Nuevo tuvo que ver más con un episodio de 'Black Mirror' que con los mismos clichés de siempre y que la sociedad lleva arrastrando desde los años 80. La mayoría de situaciones que actualmente me (nos) hacen sentir viviendo en una distopía no las puedo cambiar pero hay una en concreto en la que sí tengo más agencia: el brain rot, que lo llaman ahora.
Tal y como lo describe el diccionario Oxford (que la elegió como palabra del año en 2024: "'Brain rot' se define como una supuesta deterioración del estado mental o intelectual de una persona, especialmente como resultado del consumo excesivo de material (ahora particularmente contenido en línea) considerado trivial o poco desafiante".
O lo que es lo mismo: consumir horas de contenido sin retener nada. Saltar de una cosa a otra con el dedo pulgar y acabar el día cansada, pero sin haber hecho prácticamente nada fuera del horario laboral. Tener la cabeza llena y, al mismo tiempo, vacía. Así que decidí que me esforzaría en hacer justo lo contrario de lo que se supone que hay que hacer para estar entretenida en 2026.
Tampoco se trata de cambiar todo ese tiempo de doomscrolling por actividades medibles en términos de productividad capitalista sino de introducir pequeñas tareas analógicas en nuetra rutina que, aunque puedan parecer una nimiedad, aportanbastante más de lo que piensas. Empezando por alegría y reconexión con tus capacidades creativas e intelectuales.
Leer todos los días (aunque solo sean dos páginas)
He dejado de exigirme leer un determinado número de libros al año como si lo que para mí siempre ha sido un placer tuviera que ser también una carrera o un reto de superación personal. Ahora solo me exijo leer. Hay días en los que avanzo cincuenta páginas del tirón y otros en los que apenas leo una o dos antes de quedarme dormida. Y está bien. Porque el objetivo no tiene sentido que sea acabar la mayor cantidad de libros posible, sino que lo que merece la pena del esfuerzo es reconectar con mi amor por la lectura y entrenar la atención de paso.
Sería una verdadera pena perder el interés por una afición con tantos beneficios... Las investigaciones en neurociencia y envejecimiento saludable asocian la lectura habitual con una mayor reserva cognitiva y una ralentización del deterioro cognitivo. También se ha observado que leer reduce el estrés y mejora la capacidad de concentración sostenida. Y para ello no hace falta enfrascarse en tochos rusos: la constancia importa más que la cantidad.
Llevar un junk journal
No es bonito. No es ordenado. No sigue ninguna norma. Y precisamente por eso funciona. Elaborar un junk journal (algo así como "diario de basura") me relaja porque no tiene un objetivo productivo ni exige excelencia, solo hay que estar presente en el día a día para conseguir llenar sus paginas.
Sirve pegar un ticket ordinario que de normal tiras sin mirar, una servilleta con una frase escrita a boli que de lo contrario habría acabado llena de mocos en una emergencia, un recorte de una noticia absurda, el envoltorio con un dibujo bonito de un producto del supermercado... Me obliga a buscar lo extraordinario en lo ordinario y a desacelerar lo suficiente como para darme cuenta de que el mundo exterior y tangible sigue existiendo, lleno de cosas que ofrecerme. Además de recordarme que no todos los días son idénticos, aunque lo parezcan. No es meditación, pero se le parece bastante más de lo que esperaba.
Moverme sin mirar móvil (en mi caso, pilates)
Puede ser pilates, natación, escalada o simplemente salir a caminar sin auriculares (ni móvil, directamente). Lo importante no es solo realizar una actividad con el cuerpo, sino que durante ese rato no haya pantallas. Dos veces por semana voy a un estudio de pilates que hace que mi presupuesto mensual tiemble, pero me niego a dejarlo. No solo por lo que noto en el cuerpo, sino por lo que pasa en mi cabeza.
El beneficio es doble: cuerpo ocupado y mente presente. Durante una hora no solo es que no conteste mensajes ni consuma nada, es que me sumerjo en un mundo en el que ni la tecnología ni los problemas existen. Solo soy yo con mi cuerpo, dedicándole mi plena atención a lo que es capaz de hacer y a los cuidados que necesita.
Escribir a mano en una libreta
No importa el qué. Trackers analógicos de la regla, de los días que leo, de los que caigo en la tentación de beber Coca-Cola. También pueden ser cinco minutos de escribir lo primero que se me pase por la cabeza nada más despertarme, anotar frases escuchadas al azar en la calle o versos que no quiero olvidar de canciones. Trucos, ideas fugaces, tonterías...
Además de para retener aquello que se olvida pronto, es una buena forma de no perder la escritura a mano cuando todo es digital. Me parece especialmente importante porque es una actividad que se ha relacionado con una mejor retención de la información, un procesamiento más profundo de las ideas y una mayor activación de áreas cerebrales vinculadas al aprendizaje, frente a la escritura digital. No se trata de nostalgia.
"Perder" el tiempo aprendiendo cosas "inútiles"
Inútiles en el sentido capitalista del término. Aprender neerlandés en la escuela oficial de idiomas mientras todo el mundo insiste en que el chino “tiene más salidas y lo habla más gente” es mi ejemplo personal. Ni siquiera tengo como objetivo sacarme una certificación oficial o hacer nada especial con ese conocimiento. Simplemente me apetecía aprender un nuevo idioma y me gusta la cultura de los Países Bajos.
También me apunto a cursos cortos para hacer a hacer cosas con las manos y aprender por el simple placer de saber cómo hacer imágenes con cianotipia (usando la luz del sol), coser una libreta, aprenderme la coreografía de 'Houdini' de Dua Lipa... No para monetizarlo ni para optimizar nada. Solo porque me parece divertido ser una persona que sabe hacerlo.
No obstante, si eres de los que necesita una motivación de coach-gurú, te puedo decir que el aprendizaje de nuevas habilidades, incluso en la edad adulta, se asocia con la plasticidad cerebral y con beneficios emocionales ligados a la autoestima y la motivación intrínseca.
Humanos, como Chenoa
Esto son solo algunas ideas y huelga decir que no siempre consigo seguirlas al pie de la letra. Tampoco me han convertido en una persona mejor ni más disciplinada. La verdad es que sigo pasando más tiempo en redes del que me gustaría y que sigo cayendo en el scroll infinito más de una noche. Pero ahora hay contrapesos. Espacios donde mi atención no se fragmenta, donde el tiempo no se esfuma de repente como humo y donde reconecto con mi creatividad y capacidades intelectuales.
Porque evitar el brainrot no creo que vaya de volver a vivir como en 1926 ni de demonizar la tecnología. Va de recordarnos en la práctica que lo mejor que tiene nuestro cerebro para ofrecernos no se encuentra por el camino de la estimulación constante, la novedad infinita o la recompensa inmediata. Tampoco en la digitalización de la realidad. Va de elegir, de vez en cuando, lo que de verdad nos aporta alegría duradera, aunque cueste un poco más.
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