Carta a favor de la pereza: no hacer nada en tus vacaciones está bien, son precisamente para eso

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Si tu verano parece una jornada laboral con mejor paisaje, quizá por eso vuelves exhausta a la rutina

Noemí Valle

Editor

No sé en qué momento las notas de tu móvil se rebelaron contra ti, en qué instante las tareas pendientes buscaron incomodar tus escasos días del año en los que no tienes que ceder al despertador. La productividad te persigue fuera del trabajo y en cuanto cuentas con diez días de vacaciones, pretendes hacer un curso intensivo para sacarte un B1 de alemán, metes en la maleta siete novelas para acompañarte durante tres míseros días de playa, te levantas temprano para recorrer el máximo número de museos, parques y monumentos de la ciudad a la que has ido a descansar, y buscas un hueco para seguir con la rutina de ejercicios que ya haces todas las semanas del año. "Hay que aprovechar el tiempo libre". Pero, ¿qué es el tiempo libre sino un trampolín hacia lo ocioso?

No hacer nada es complicadísimo. El mundo no deja de apretar el paso y tumbarse en la cama una mañana de julio es atentar contra tu juventud. Buscamos librarnos de las obligaciones unas semanas y nos plantamos con otras nuevas. Y hay que viajar y estar morena y hacer submarinismo y aprender a tejer un top de punto y encontrar el mejor restaurante con el mejor arroz del continente. El verano de tu vida aún no ha empezado, pero ya tienes el check list golpeándote el cráneo. Estás exhausta de ti misma antes de llegar al aeropuerto. 

La opulencia no tiene que ver con cuánto tiempo tenemos, sino con la parcela de él que nos pertenece fuera del trabajo. Cuanto más amplia, más rica eres. Por eso las vacaciones se vierten en nuestro calendario de Google como la Ítaca a la que todos queremos llegar, un paréntesis donde no se nos exige nada. Pero abres Instagram y quien no está corriendo una media maratón, está atravesando Bali en moto o parándose en todos los mercados de Osaka en busca del bocado de sushi perfecto. Luego el resto andamos sintiéndonos culpables si nos levantamos un sábado a las 11 y juntamos el desayuno con la comida. Quiero verlo con perspectiva, eso tiene un nombre, se llama brunch. También es un lujo. 

Lo contrario a optimizar tus vacaciones es, para mí, lo más parecido a disfrutarlas. Así que voy a intentar sucumbir a la pereza unos días, no caer en la rueda de capitalizar todo mi tiempo. Claro que quiero invertirlo en experiencias mayúsculas, yo también estoy atravesada por esa flecha, pero quiero dejar un hueco más grande para las diminutas. Comer helado, mucho helado, plantar una silla frente al mar, sin ningún propósito más que mirar y escuchar, hacer una ruta al atardecer, leer en el sofá, claro, una novela, un diario, una sola cosa, para deglutir bien las historias sin consumir la cultura como si fuera una hamburguesa del McDonald's

El equilibrio es complejo, lo sé. Pero, por favor, no te descargues Duolingo, no reserves una clase de spinning después de un día en la piscina. ¿Eres acaso tu peor enemiga? Date tiempo. En un mundo cargado de gurús espirituales y coaches motivacionales que se ponen una alarma a las seis de la mañana para hacer burpees antes de que salga el sol, yo me quedo con Lolita Flores, que un día dijo, más sabia que una sobremesa larga: “yo sé que hay gente que se levanta a las seis. Yo no. Me acuesto, no me levanto." Feliz verano, chicas. 

Fotos | Noemí Valle

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