El auge de visitantes que buscan una foto con estos animales puede dañar incluso a las criaturas más imponentes del océano
Es notorio que el fenómeno que hemos decidido llamar "turistificación" ha alcanzado una escala global, permeando incluso los destinos más insospechados: aunque tradicionalmente ha sido asociado a enclaves paradisíacos, la búsqueda de experiencias por parte de los viajeros ha trascendido, llevándolos a incursionar en territorios como Afganistán, Irak o Albania, sin embargo, en México el turismo de aventura (o de riesgo, mejor dicho) ha encontrado su nuevo destino en medio del mar: nadando con orcas salvajes.
Como detallaba recientemente un reportaje en The Guardian, el pueblo pesquero La Ventana se convierte en un despliegue de decenas de turistas que, equipados con trajes de neopreno, abordan embarcaciones en búsqueda de la nueva tendencia viral vacacional que se ha popularizado en las costas del Pacífico: nadar junto a orcas en su hábitat natural.
La difusión de experiencias de nado con orcas por parte de influencers ha atraído el beneficio económico de numerosos turistas a Baja California Sur. No obstante, expertos como Francisco Gómez Díaz, director ejecutivo del Museo de la Ballena y Ciencias del Mar, han advertido que esta actividad no cuenta con permisos oficiales ni está regulada por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), lo que la convierte en una práctica ilegal y potencialmente peligrosa.
El atractivo de un riesgo latente
En ausencia de una regulación formal de esta práctica, hasta 40 embarcaciones pueden navegar en aguas abiertas tras un mismo grupo de orcas, una actividad que se realiza especialmente entre mayo y junio, los meses de mayor actividad y presencia de estos animales.
Con la llegada de embarcaciones y turistas al hábitat de las orcas, su aparición puede generar contaminación acústica, alterando su comportamiento natural y provocando estrés, ya que las orcas son depredadores altamente inteligentes que dependen de la comunicación acústica para cazar y socializar.
Sumado a la exposición de un ambiente tenso para estos animales, los turistas y sus embarcaciones contribuyen a la interrupción de sus patrones de caza que puede afectar la dinámica del ecosistema marino, como se ha observado en Cabo Pulmo, donde la presencia de orcas ha influido en la distribución de tiburones, especies clave para la salud del arrecife.
Aunque las orcas no suelen representar una amenaza directa para los humanos, su comportamiento puede volverse impredecible si se sienten acosadas o estresadas. La falta de conocimiento sobre su comportamiento y la ausencia de regulaciones aumentan el riesgo de incidentes durante estas interacciones no autorizadas, es por ello que, ante la falta de normativa clara, un grupo de científicos y operadores responsables han propuesto el primer plan de manejo de orcas en México.
Dicho plan, que espera aprobación gubernamental para este verano, limitaría la interacción a tres botes por grupo de orcas, con un máximo de nueve embarcaciones diarias, y requeriría permisos oficiales además de la participación de guías y capitanes calificados que aprendan a identificar señales de estrés en los cetáceos para saber cuándo dejarlas en paz.
Mientras embarcaciones y sus operadores en La Ventana esperan un reglamento oficial para este tipo de actividades, el pueblo puede convertirse en ser un referente en turismo responsable o, por el contrario, ser un ejemplo de cómo una tendencia popular puede perjudicar incluso a las majestuosas criaturas marinas.
Foto de Rondell Chaz Mabunga en Unsplash | Karin Ruppelius
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