Por un lado es un aliado psicológico, por el otro puede ser un riesgo para la piel
Ponerse el perfume favorito antes de ir al gimnasio se ha vuelto casi tan común como cargar la botella de agua o los audífonos. En TikTok y en foros de fragrancias, el llamado gym perfume es tendencia: hay quien elige su fragancia de entrenamiento con la misma dedicación con la que elige su rutina de ejercicio.
Pero detrás de ese hábito que parece inofensivo y hasta motivador, hay una conversación más compleja que involucra psicología, química corporal y simple convivencia.
La ciencia tiene algo que decir a favor de los aromas durante el ejercicio: un estudio de revisión publicado en Physiology and Behavior por Mathieu Cournoyer, estudiante de maestría en la Universidad de Montreal, analizó 19 investigaciones sobre el efecto de la estimulación olfativa en la actividad física.
Los hallazgos sugieren que ciertos aromas tienen un efecto positivo en el rendimiento deportivo, y que incluso pueden reducir el esfuerzo percibido. El aroma de la menta, por ejemplo, se asoció con correr más rápido; el amoniaco, con más repeticiones; y el jazmín, con mejor precisión en actividades técnicas.
Lo que hace que esto sea relevante no es solo el dato curioso, sino lo que implica a nivel cerebral: ciertos aromas como la menta y la lavanda parecen mejorar aspectos del rendimiento físico, incluyendo el gasto cardíaco y la precisión al modular las sensaciones percibidas. En otras palabras, el olfato puede influir en cómo el cuerpo interpreta el cansancio. Esto convierte al perfume, al menos en teoría, en una herramienta de desempeño y no solo en un capricho estético.
Lo que el sudor le hace al perfume (y a la piel)
El problema empieza cuando el cuerpo entra en calor: la temperatura corporal amplifica el aroma de manera natural, pero el ejercicio lleva esto a otro nivel: la fragancia se abre y se desarrolla más rápido, y puede alterar el equilibrio de las notas, haciendo que los ingredientes más profundos (como la rosa, el oud y el patchouli) se vuelvan más pronunciados, mientras los más ligeros, como los cítricos, desaparecen rápidamente.
Así, lo que olía sutil en el casillero puede convertirse veinte minutos después de empezar el entrenamiento, en algo difícil de ignorar para quien está a dos metros en la caminadora.
El otro problema es lo que ocurre en la piel misma: el sudor dilata los poros, lo que facilita que la piel libere calor y humedad, pero también hace que sea más propensa a absorber los químicos de los productos con fragancia, lo cual puede irritar o tapar los poros.
Además, la piel normalmente tiene un pH ligeramente ácido (entre 4.7 y 5.5), pero al sudar se vuelve más alcalina, lo que puede romper la barrera protectora y hacerla más vulnerable a la irritación. Es decir, el momento en que más se transpira es también el momento en que la piel está menos preparada para lidiar con sustancias externas.
A esto se suma una capa de preocupación más profunda. Los perfumes comerciales, colonias, sprays corporales y lociones con fragancia están elaborados con fragancias sintéticas que pueden contener químicos no declarados. Dado que las fórmulas de fragancia se consideran "secretos comerciales", las empresas no están obligadas a listar los ingredientes individuales en las etiquetas.
Muchos de esos compuestos son conocidos disruptores endocrinos, es decir, sustancias que pueden interferir con el sistema hormonal del cuerpo. Algunos estudios vinculan la exposición a fragancias con efectos neurológicos como dolores de cabeza, alteraciones del estado de ánimo y otros efectos cognitivos.
Lo que inhalan los demás también importa
El impacto de llevar perfume al gimnasio no se queda en quien lo usa: en un espacio cerrado donde la gente respira profundo y con frecuencia, las partículas de fragancia se dispersan y se acumulan en el aire, en los tapetes y en los equipos. La exposición repetida a químicos de fragancia en interiores representa un riesgo para personas vulnerables y sensibles, como asmáticos, alérgicos, personas que sufren migraña y trabajadores que pasan mucho tiempo en esos espacios.
Algunas personas reaccionan mal a los aromas intensos, experimentando irritación en la piel, reacciones alérgicas o incluso dificultades para respirar mientras hacen su mejor esfuerzo por mantenerse en forma.
Y hay una ironía química en todo esto: el sudor en sí no tiene olor. Es la bacteria en la piel al descomponerlo lo que genera el olor corporal. Cuando las fragancias fuertes se mezclan con ese proceso, los resultados pueden ser impredecibles, y con frecuencia desagradables. El perfume no neutraliza el sudor; a veces lo que hace es potenciarlo de maneras que nadie esperaba.
La etiqueta del espacio compartido
El gimnasio es un lugar donde la gente comparte aire, equipo y, muchas veces, metros cuadrados muy reducidos. Esa convivencia tiene reglas no escritas que la mayoría entiende: no hablar de más entre sets, limpiar las máquinas al usarlas. El perfume entra en esa misma categoría: si se decide llevar fragancia al gimnasio, hay que pensar ligero y aireado; evitar aromas demasiado potentes, especialmente algo muy fuerte para correr o entrenamientos muy intensos, porque puede sobrepasar a todos en el espacio compartido.
Sobre si llevar o no perfume al momento de ejercitarnos, la respuesta honesta es: depende de cómo y cuánto. El perfume no está prohibido en el gimnasio, y la ciencia incluso respalda que ciertos aromas pueden ser aliados del rendimiento. Pero entre usar un aroma limpio y ligero como apoyo psicológico, y llegar bañado en un perfume de vainilla, hay una diferencia enorme, que se nota tanto en la propia piel como para las personas de alrededor.
Foto de Andrea Piacquadio | Shortlist | The Guardian
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