Adiós antojos dulces, hola excedente
El mercado del azúcar ha operado, durante décadas, bajo una máxima que parecía inamovible: el consumo de calorías dulces era una tendencia global en auge. Sin embargo, por primera vez en la historia moderna, una innovación médica está logrando lo que años de campañas de salud pública nunca consiguieron: modificar el deseo biológico por el dulce.
De este modo, lo que empezó como un tratamiento para la diabetes, con el Ozempic, y la obesidad, con Wegovy, se ha transformado en un factor macroeconómico que los analistas de Wall Street han bautizado como el "efecto GLP-1". Y sus consecuencias están llegando hasta el trading de materias primas.
Cuando el antojo se acaba
Los seres humanos no consumimos azúcar solo por una necesidad energética, sino por placer. Sin embargo, los fármacos que imitan la hormona GLP-1 actúan directamente sobre los receptores del cerebro que gestionan nuestro sistema de recompensa. O lo que es lo mismo: reducen la liberación de dopamina asociada al placer de comer. Por este motivo, se ha comprobado que los antojos constantes y el consumo de productos con alto contenido de azúcar cae en picado en pacientes en tratamiento.
Así que, aunque la producción global de azúcar sigue principalmente condicionada por el clima de los países productores, a su demanda le han salido algunas grietas. Ahora el mercado ya no solo depende de una buena cosecha para ver cómo los precios se desploman; también le teme a un consumidor que ha dejado de tener ganas de comer de repente.
Según operadores y analistas del mercado, esta reducción del antojo está teniendo un impacto directo en el consumo de azúcar en Estados Unidos y otras economías desarrolladas, mucho más pronunciado de lo que se esperaba desde la popularización de estos fármacos.
¿Un desplome real del precio?
Si bien el precio en los c0ntratos de futuros en Nueva York sigue resistiendo gracias a las sequías y la producción de etanol, la curva de demanda a largo plazo se revisa a la baja por primera vez en el siglo XXI. El Departamento de Agricultura de EE. UU. (USDA) ya ha observado cambios pequeños pero constantes en el uso de edulcorantes. Si la adopción de estos fármacos sigue el ritmo actual y sus precios bajan con la llegada de versiones genéricas o pastillas orales, el azúcar podría pasar de ser el "oro blanco" a una materia prima con un excedente estructural difícil de gestionar.
En España, el epicentro de este terremoto se encuentra en los campos de remolacha de Castilla y León y Andalucía. Tras un 2024 de precios históricamente altos que rozaron los 900 euros por tonelada, el mercado nacional inició un descenso en picado, situándose ya por debajo de los 600 euros en 2026. Esta caída del 30% ha encendido las alarmas en cooperativas como ACOR y gigantes como Azucarera, que ven cómo el excedente de producción europeo coincide con un cambio de hábitos sin precedentes en el consumidor español.
La remolacha española se enfrenta a una crisis de rentabilidad y el temor ya no es solo el clima, sino que el azúcar nacional pierda su espacio en una cesta de la compra que hoy prioriza la proteína y la fibra, dejando a las fábricas de azúcar ante el reto de gestionar un producto que, por primera vez, sobra en las estanterías.
Porque, sí, mientras que el azúcar se enfrenta a un futuro de excedentes potenciales y presión a la baja en los contratos de futuros a largo plazo, estamos viendo un trasvase de capital hacia el otro lado del plato: las proteínas. Los pacientes en tratamiento pierden peso rápido, incluyendo masa muscular. Esto ha disparado la demanda de suero de leche (whey protein) y concentrados proteicos.
Foto de portada | Robert Anderson
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