
Una metáfora escrita hace casi un siglo todavía explica por qué la supuesta inferioridad femenina sirve para engrandecer a los hombres
Algunos espejos estilizan, otros distorsionan de forma exagerada la silueta con el único objetivo de provocar la risa y otros te los encuentras en probadores con una iluminación capaz de destruirte la autoestima durante días... Después están los espejos metafóricos de los que hablaba Virginia Woolf, encarnados por mujeres usadas durante siglos para devolver a los hombres una versión mucho más grande e importante de sí mismos.
La escritora británica lo explicó con una potente cita en 'Una habitación propia', el mismo ensayo en el que dejó su frase más conocida y repetida (la de que, para escribir novelas, una mujer necesita dinero y una habitación propia). Sin embargo, en aquellas páginas no solo habló de independencia económica, intimidad y libertad intelectual (tres cosas bastante básicas que la mayoría de las mujeres no habían tenido). También analizó por qué tantos hombres necesitaban creer que ellas eran inferiores.
Virginia Woolf y el discurso que acabó convertido en un referente feminista
Woolf ya había publicado novelas como 'La señora Dalloway', 'Al faro' y 'Orlando' cuando, en octubre de 1928, la Universidad de Cambridge la invitó a hablar sobre las mujeres y la ficción ante las estudiantes de los colegios femeninos Newnham y Girton. Allí impartió dos conferencias cuyo contenido después amplió y transformó en el ensayo 'Una habitación propia', publicado en 1929.
La fecha es importante porque ayuda a entender el contexto. En 1928 las británicas acababan de conseguir el derecho al voto en las mismas condiciones que los hombres, pero esa igualdad legal no borraba de golpe siglos de dependencia económica y exclusión intelectual. Woolf se preguntó entonces qué habría necesitado una mujer para escribir, crear y desarrollar su talento en un mundo que apenas le había dejado tiempo, dinero o espacio para hacerlo.
Las mujeres como espejos que agrandaban a los hombres
En el segundo capítulo de dicho ensayo, Woolf se detiene en la enorme cantidad de libros que los hombres habían escrito para explicar cómo eran las mujeres. Las analizaban, juzgaban su inteligencia y discutían sobre su supuesta inferioridad con una insistencia que empezó a resultarle sospechosa. Más que el contenido de aquellas teorías, le llamó la atención la ira con la que algunos autores parecían defenderlas.
Su conclusión fue que presentar a las mujeres como seres inferiores cumplía una función muy concreta: permitía que los hombres se contemplaran a sí mismos como superiores:
"Las mujeres han servido durante siglos como espejos dotados del poder mágico de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural"
La metáfora no se refiere simplemente a mujeres repartiendo cumplidos para alimentar egos masculinos. Woolf habla de una jerarquía entera construida para que, si ellas parecían menos inteligentes, capaces o importantes, ellos pudieran verse automáticamente como más inteligentes, capaces e importantes. No hacía falta que el hombre fuera mejor, bastaba con colocar a la mujer un escalón por debajo.
La autora lleva el argumento hasta Napoleón y Mussolini y sostiene que ambos insistían tanto en la inferioridad femenina porque, si las mujeres dejaban de ser inferiores, ellos también dejaban de parecer tan grandes. Esa imagen aumentada era importante para la confianza con la que los hombres podían juzgar, mandar, escribir libros o pronunciar discursos mientras su autoridad apenas se cuestionaba.
Por eso Woolf añade que, cuando una mujer comienza a decir la verdad, "la figura del espejo se encoge". Una crítica expresada por ella podía provocar una reacción desproporcionada porque rompía el reflejo esperado. Ya no estaba allí para confirmar la inteligencia o la autoridad del hombre, sino para mirarlo a tamaño natural y, quizá peor todavía, permitirle saber que lo estaba viendo de forma realista.
Casi un siglo después, la metáfora continúa resultando familiar. Él tiene mucha seguridad en sí mismo; ella se lo tiene demasiado creído. Él habla con autoridad; ella es una mandona. Él presume de sus logros; ella debería mostrar un poco más de humildad. El marco del espejo ha cambiado, pero todavía se espera que algunas mujeres sepan colocarse en el ángulo preciso para que otros salgan más favorecidos.
Ahora ya sabemos que Woolf reclamó para las mujeres algo más que una habitación con puerta. Reclamaba también la posibilidad de pensar, crear y juzgar sin existir únicamente como contraste de otra persona. Porque la igualdad no consiste en cambiar un espejo deformante por otro, sino en que nadie necesite empequeñecer a quien tiene al lado para parecer más capaz.
Foto de portada | Dominio público
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