
Quiso disfrazarse de hombre para ir a la universidad y encontró en un convento el espacio desde el que defender la educación femenina
Antes de llegar a ser Sor Juana Inés de la Cruz, fue una niña que le propuso a su madre disfrazarse de hombre para poder ir a la universidad. No obstante, el plan no salió adelante. En la Nueva España del siglo XVII, las mujeres estaban excluidas de los estudios universitarios y ni siquiera una inteligencia como la suya bastaba para romper una puerta de acceso reservado a los hombres. Así que, pronto aprendió que si no podía pisar las aulas, tendría que aprender por su cuenta.
Nacida a mediados del siglo XVII en San Miguel Nepantla, en lo que actualmente es México, Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana mostró desde muy pequeña una curiosidad difícil de contener. Según contó ella misma en su correspondencia, aprendió a leer con apenas tres años y aprovechó la biblioteca de su abuelo para estudiar materias tan distintas como literatura, filosofía, teología, ciencias o latín.
Hasta desarrolló un método para obligarse a avanzar en su aprendizaje. Cuando no conseguía aprender algo dentro del plazo que se había marcado, se cortaba varios centímetros de pelo como castigo. Su razonamiento era que no tenía sentido que la cabeza estuviera cubierta de cabello si seguía, en sus propias palabras, "desnuda de noticias".
Su talento terminó llevándola a la corte virreinal, donde entró al servicio de la virreina Leonor de Carreto. Según relató posteriormente su primer biógrafo, Diego Calleja, el virrey llegó a reunir a alrededor de 40 hombres instruidos para que la examinaran sobre diferentes disciplinas. Sor Juana respondió a sus preguntas y se ganó una reputación como una de las grandes mentes de la Nueva España. Sin embargo, seguía existiendo un pequeño problema: era una mujer que quería dedicar su vida al conocimiento en una sociedad que no había previsto esa posibilidad.
El convento como alternativa al matrimonio
Sor Juana sentía lo que ella misma describió como una "total negación al matrimonio". Las opciones alternativas disponibles para una mujer de su época tampoco eran infinitas y la vida religiosa le ofrecía algo difícil de encontrar fuera: cierto margen para estudiar, escribir y vivir sin depender de un marido.
Tras pasar brevemente por la orden de las carmelitas descalzas, en 1669 ingresó en el convento de San Jerónimo. Allí reunió una importante biblioteca, recibió a intelectuales y desarrolló una obra que abarcó poesía, teatro, filosofía y teología. Sus libros llegaron a publicarse en España y su fama cruzó el Atlántico. El convento se convirtió en ese espacio desde el que pudo llevar una vida intelectual propia, aunque tampoco estuvo exenta de que hubiera quienes consideraban que estaba dedicando su talento a asuntos poco apropiados para una religiosa.
No obstante, Sor Juana no se limitó a demostrar con su propia obra que las mujeres podían alcanzar el mismo nivel intelectual que los hombres. También cuestionó abiertamente la doble moral con la que se las juzgaba. En 'Hombres necios que acusáis' señaló la contradicción de quienes presionaban sexualmente a las mujeres y después las despreciaban por haber cedido. Los hombres imponían las reglas, exigían dos comportamientos incompatibles y encontraban la forma de culparlas eligieran lo que eligieran. Un mecanismo que no ha envejecido demasiado.
La defensa del derecho de las mujeres a aprender
El gran alegato intelectual de Sor Juana llegó en 1691 con la 'Respuesta a sor Filotea de la Cruz'. El texto nace después de que el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, publicara sin su consentimiento una crítica que la religiosa había escrito sobre un sermón del jesuita portugués António Vieira. El obispo la acompañó de una carta firmada con el seudónimo de "sor Filotea", en la que elogiaba su inteligencia, pero también le recomendaba abandonar los estudios profanos y concentrarse en la religión.
Sor Juana respondió con una carta cuidadosamente respetuosa en la forma, pero contundente en su contenido. Reconstruyó su trayectoria como autodidacta, defendió su deseo de saber y recurrió a numerosos ejemplos de mujeres instruidas para demostrar que el conocimiento no era patrimonio masculino. También planteó que las jóvenes fueran educadas por mujeres mayores y formadas, una propuesta que implicaba reconocerlas como alumnas, pero también como maestras y autoridades intelectuales.
Llamarla feminista requiere tener presente que vivió mucho antes de que el feminismo existiera como un movimiento político organizado. Pero, aunque Sor Juana no utilizara esa palabra ni elaborara un programa de igualdad como lo entenderíamos ahora, se identifica en sus escritos un pensamiento feminista preilustrado o protofeminista por su defensa de la educación de las mujeres y su cuestionamiento de los prejuicios que las mantenían apartadas del saber.
La niña que quiso vestirse de hombre para entrar en la universidad terminó haciendo algo todavía más escandaloso para el orden de su tiempo: escribir para defender que una mujer no necesitaba convertirse en uno para tener derecho a aprender.
Fotos | Dominio público
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