Rebecca Solnit: "La credibilidad es una herramienta de supervivencia y de poder que históricamente se le ha negado a las mujeres"

Rebecca Solnit Trent Davis Bailey Orig

Es algo que ocurre tanto en el ámbito público como en el laboral

María Yuste

Editor Senior

Existe una forma de silenciar a una mujer que no consiste necesariamente en mandarla callar. Basta con conseguir que, cuando hable, nadie la considere una fuente fiable. Que sus palabras parezcan exageradas, sus recuerdos confusos, sus argumentos demasiado emocionales o su relato directamente imposible. Porque si nadie cree lo que dices, tu voz puede seguir existiendo y, sin embargo, haber perdido su poder.

Esta es una de las ideas que atraviesa 'Los hombres me explican cosas', el libro de ensayos que la historiadora y activista Rebecca Solnit publicó en 2014 y que se ha convertido en una de las obras de referencia del feminismo contemporáneo.  Dos de las ideas más potentes que Solnit desarrolla en sus páginas son que la credibilidad es una forma de poder y que su distribución nunca ha sido completamente neutral.

Solnit define la credibilidad como una "herramienta de supervivencia" porque la capacidad de que una mujer sea considerada creíble constituye un poder fundamental. Y ahí está precisamente la cuestión...

Ser creída no es solo una cuestión de autoestima o de sentirse escuchada: determina quién puede denunciar, quién puede ser escuchado, quién puede ocupar un espacio de autoridad y quién consigue que su versión de los hechos sea tenida en cuenta.

Casandra, la mujer a la que nadie creía

Solnit explica este fenómeno con una poderosa metáfora de la mitología griega. Casandra, hija de Príamo y Hécuba y princesa de Troya, recibió de Apolo el don de la profecía. Podía ver acontecimientos futuros y advertir sobre ellos. El problema era que, después de rechazar al dios, recibió también una maldición: conservaría su capacidad para decir la verdad, pero nadie creería sus palabras.

La paradoja es perfecta porque ejemplifica cómo puedes tener la verdad de tu lado y, aun así, carecer del poder necesario para que esa verdad sea escuchada. De ahí procede el llamado "síndrome de Casandra" al que la autora dedica uno de los ensayos del libro. 

En la lectura de Solnit, la metáfora sirve para describir una situación que se repite cuando una mujer cuestiona a un hombre (especialmente cuando ese hombre tiene poder) o a una institución. El problema deja de ser entonces aquello que está denunciando y pasa a ser ella misma.

¿Es demasiado sensible? ¿Está confundida? ¿Exagera? ¿Tiene algún interés oculto? ¿Está siendo maliciosa? ¿Se lo está inventando? La estrategia resulta especialmente eficaz porque desplaza la conversación. Ya no hace falta responder a lo que la mujer esté diciendo si antes conseguimos que el resto de personas deje de considerarla una narradora fiable.

George Romney

Cuando el problema deja de ser lo que dices y pasa a ser quién eres

Solnit señala precisamente que, cuando una mujer cuestiona una estructura de poder, puede ponerse en duda no solo la veracidad de los hechos que cuenta, sino también su capacidad para hablar y hasta su derecho a hacerlo.

No se trata simplemente de que alguien diga que no está de acuerdo contigo, se trata de convertir a la persona que habla en el problema.  De este modo, si una mujer denuncia acoso, el foco puede desplazarse hacia su comportamiento. Si señala una injusticia laboral, hacia su carácter. Si contradice a un hombre en una conversación, puede interpretarse como agresiva o conflictiva. Si insiste en que algo ocurrió, puede ser acusada de estar obsesionada.

La cuestión deja de ser "¿qué ha pasado?" para convertirse en "¿qué le pasa a ella?". Solnit recuerda cómo términos como "histérica" han servido históricamente para asociar determinados comportamientos femeninos con una supuesta incapacidad emocional o racional. Uno de los ejemplos que utiliza es el de Rachel Carson, autora de 'Primavera silenciosa', cuya investigación sobre los efectos de los pesticidas cuestionó los intereses de una poderosa industria.

En lugar de limitarse a discutir sus argumentos científicos, algunos de sus detractores atacaron también su condición de mujer y calificaron su trabajo en términos asociados a la supuesta emocionalidad femenina. Para Solnit, Carson representa así a una de esas Casandras modernas: una mujer que advierte sobre algo que otros no quieren escuchar y cuya autoridad se intenta erosionar desacreditándola.

Dominio público

El trabajo también es un territorio de credibilidad

Por todo ello, esta idea resulta especialmente interesante cuando hablamos de mujer y trabajo. Porque la credibilidad no es cuestión únicamente en los grandes debates políticos o cuando una mujer denuncia una agresión. También aparece en situaciones aparentemente mucho más pequeñas y cotidianas.

¿A quién se escucha primero en una reunión? ¿A quién se atribuye autoridad? ¿Quién tiene que aportar más pruebas para defender una idea? ¿Quién puede equivocarse sin que ese error se convierta en una demostración de incompetencia? ¿Quién es percibido como experto y quién tiene que demostrar constantemente que merece estar en esa posición?

Solnit relaciona precisamente las batallas históricas del feminismo contra la violencia doméstica y el acoso sexual en el trabajo con una cuestión fundamental: hacer que las mujeres fueran creíbles y audibles.

Y esto cambia bastante la forma de entender algunos de los grandes avances feministas. No se trataba únicamente de conseguir nuevas leyes, sino también de conseguir que aquello que las mujeres llevaban años contando pudiera finalmente ser reconocido como un problema real.

Porque durante mucho tiempo, que una mujer dijera que estaba siendo maltratada no significaba necesariamente que las instituciones consideraran que aquello constituía una cuestión que debían investigar. Que denunciara acoso en su puesto de trabajo no implicaba automáticamente que su relato tuviera el mismo peso que el de quien tenía más poder dentro de la organización.

Por eso, la credibilidad es también una cuestión de acceso al poder.

Shawn

El círculo perfecto del silencio

Hay otra idea especialmente interesante al respecto en 'El síndrome de Casandra' y es que el silenciamiento no comienza necesariamente cuando una mujer abre la boca. Puede empezar mucho antes.

Primero está el miedo, la vergüenza, la confusión o la dificultad para encontrar las palabras. Después pueden aparecer la humillación, el acoso o la violencia que buscan impedir que alguien hable. Y cuando finalmente consigue contar lo ocurrido, puede aparecer una última barrera: poner en duda su relato.

Es un mecanismo perverso porque cada etapa puede alimentar a la siguiente. Si una mujer tarda en hablar, alguien puede preguntarse por qué no lo hizo antes. Si su relato no es perfectamente lineal, puede utilizarse esa falta de precisión para cuestionarlo. Si muestra emociones, pueden considerarse una prueba de que no es objetiva. Si no las muestra, puede parecer fría o distante.

La exigencia de credibilidad puede convertirse así en una especie de examen imposible. Es muy importante tener todo esto presente porque todos atribuimos credibilidad de manera constante. Decidimos quién nos parece competente, quién nos parece exagerado, quién parece saber de lo que habla y quién necesita demostrarlo un poco más. Y esas decisiones están atravesadas por todo tipo de prejuicios y expectativas.

No obstante, Rebecca Solnit plantea que no estamos condenados a repetir la historia. Podemos decidir a quién damos credibilidad y, sobre todo, preguntarnos por qué se la damos a unas personas antes que a otras. Y quizá ahí empieza una forma mucho más profunda de igualdad.

Foto de portada | Rebecca Solnit

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