Decir “hombre de ciencia” comenzó a sonar absurdo y obsoleto cuando apareció en escena esta brillante escocesa
¿Cuántos hombres científicos te vienen a la cabeza? Empiezo yo: Albert Einstein, Ramón y Cajal, Isaac Newton, Stephen Hawking, Galileo Galilei, Nicolás Copérnico, Alexander Fleming, Nikola Tesla, Charles Darwin, Louis Pasteur y un larguísimo etcétera que aparece en los libros de texto. Ahora bien, ¿cuántas mujeres científicas recuerdas? Además de Marie Curie, Ada Lovelace y Margarita Salas, puede que no conozcas a muchas más por el llamado efecto Matilda. Sin embargo, la palabra “científico” se inventó para describir el trabajo de una mujer.
"Científico" es nombre de mujer
Mary Somerville nació en la campiña escocesa en 1780, en un mundo en el que no era correcto que una mujer leyera nada relacionado con ciencia. “Su educación se limitaba a instrucciones en el hogar para que dominara las típicas actividades femeninas de la época: pintura, música y francés”, explican en la BBC donde hacen un repaso de su historia. Pero su curiosidad por la ciencia era tal que, a pesar de la escasez de oportunidades y el enorme sesgo de género existente, Somerville se las ingenió para aprender algo más de lo que le correspondía.
Comenzó a estudiar a Euclides a pesar del rechazo de sus padres y después del fallecimiento de su primer marido, reanudó sus estudios estudiando trigonometría plana y esférica, secciones cónicas y astronomía de James Fergusson. Mientras criaba a sus hijos y después de conocer a su segundo esposo, William Somerville, la escocesa empezó a hacer sus propios experimentos sobre magnetismo y luz, y sus publicaciones científicas comenzaron a publicarse.
Fue nombrada miembro honorario de la Royal Astronomical Society, y sus homónimos hombres, como Michael Faraday o Humphry Davy hablaban con ella de igual a igual. En ese momento y gracias a su conocimiento del francés, Henry Brougham le encargó que tradujera el libro ‘Mecánica celestial’ del matemático y astrónomo Pierre-Simon Laplace. Ella tenía 51 años y este sería el libro con el que comenzó todo, porque además de traducirlo, y según explica Kathryn A. Neeley en la biografía de Mary Somerville, “era una de las pocas personas con los conocimientos suficientes como para explicar no solo lo que Laplace había logrado sino también la serie de desarrollos científicos que lo habían posibilitado”.
Siguió traduciendo y fue con el análisis que Mary Somerville hizo en su tratado ‘La conexión de las ciencias físicas’ con el que su nombre terminó por conocerse en toda la comunidad científica de la época. Su análisis sobre las perturbaciones de la órbita de Urano, fue el origen del posterior descubrimiento de Neptuno en 1846. Impresionó tanto a la comunidad científica que “hombre de ciencia”, el término que hasta ahora se había usado para una persona que había impulsado el progreso del conocimiento, comenzó a sonar absurdo y obsoleto.
En el libro ‘Maria Mitchell and the Sexing of Science’ la académica Renée Bergland escribe que, en 1834 el catedrático de Cambridge William Whewell escribió un artículo lleno de elogios sobre Somerville, “una investigadora escocesa cuyos libros eruditos unían campos hasta entonces dispares de las matemáticas, la astronomía, la geología, la química y la física con tanta claridad que los textos se convirtieron en la columna vertebral del primer plan de estudios de ciencias de la Universidad de Cambridge. Llamó a Somerville científica, en parte porque el término “hombre de ciencia” parecía inapropiado para una mujer, pero más significativamente porque el trabajo de Somerville era interdisciplinario. No era una simple astrónoma, física o química, sino una pensadora visionaria que articulaba las conexiones entre las diversas ramas de la investigación”.
En inglés, “scientist”, no pretendía ser una palabra neutra, sino una que celebrara activamente “la peculiar iluminación de la mente femenina” como explicaba Neeley en su libro. Era una forma de nombrar y avalar la capacidad de sintetizar campos separados en una sola disciplina de Somerville. Whewell afirmó que la escocesa era “una persona de verdadera ciencia” y reconoció en ella ese genio creativo y singular para establecer conexiones entre lo aparentemente desconectado, lo que consideró como un logro artístico. Con el término “científico”, usó la misma idea con la que se forma la palabra “artista”. Tras esto, y como resultado del trabajo de toda una vida, Mary Somerville fue declarada "la reina de la ciencia". Luego cayó en el olvido como pasa con muchas mujeres.
La filósofa Simone de Beauvoir decía que “La representación del mundo, como el mundo mismo, es obra de los hombres; lo describen desde su propio punto de vista, que confunden con la verdad absoluta”. Científico no es una palabra acuñada para describir a un hombre, sino una pensada para describir el brillante talento de Mary Somerville.
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Fotos | Swinton, James Rannie; Mary Somerville (1780-1872); Somerville College, Universidad de Oxford; CDC en Unsplash, Mary Somerville. Litografía según J. Phillips R. Burgess, Retratos de médicos y científicos en el Wellcome Institute, Londres 1973, núm. 2779.1
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