
Un inventó que cambió la investigación de los delitos de agresión sexual y que sigue usándose pero que nadie sabe que se lo debemos a Marty Goddard
Dentro de esa historia sesgada de la tecnología que, durante muchos años, se ha contado como una sucesión de grandes hombres y sus inventos revolucionarios, hay una innovación menos famosa que el limpiaparabrisas o el descubrimiento de la estructura del ADN pero que ha cambiado la vida de millones de personas y que también le debemos a una de esas mujeres cuyas ideas fueron ignoradas, reapropiadas o directamente atribuidas a otros.
Probablemente, nunca hayas oído hablar de Marty Goddard pero cada vez que una agresión sexual consigue juzgarse es en gran medida gracias a un proceso de recogida de pruebas que sigue apoyándose en una idea que ella ayudó a convertir en realidad. Hablamos del kit de recogida de muestras y evidencias en casos de agresión sexual (KAS).
Lo más cruel de su historia es que su borrado del relato no fue un accidente sino una decisión consciente. Goddard comprendió que, en un sistema dominado por hombres, su invento solo tendría posibilidades de implantarse si otro hombre aparecía como su creador. De este modo, aceptó voluntariamente perder el reconocimiento para que otras mujeres pudieran obtener justicia.
Un problema que era, sobre todo, de organización
A principios de los años setenta, Goddard colaboraba como voluntaria en Metro-Help, una línea telefónica para adolescentes que habían huido de casa. Allí descubrió que muchas de aquellas chicas escapaban de una realidad de la que apenas se hablaba: los abusos sexuales dentro de sus propias familias, violaciones e incesto.
Aquellas historias conectaban con una herida que ella conocía bien. Durante su infancia había sufrido violencia física y psicológica por parte de su padre mientras que su madre hacía la vista gorda. Esa experiencia la marcó de por vida y explica, en parte, por qué decidió dedicar años enteros a mejorar la respuesta institucional frente a las agresiones sexuales.
En aquella época, el sistema estaba profundamente descoordinado. Los hospitales destruían sin querer pruebas importantes al atender a las víctimas. La policía, por su parte, carecía de un protocolo unificado para conservar esas evidencias y la comunicación entre ambos mundos era prácticamente inexistente.
A ello se le sumaba un trato precario: mujeres obligadas a abandonar el hospital con una bata de papel porque su ropa había sido requisada, interrogatorios que parecían cuestionar su relato desde el primer minuto y procedimientos tan caóticos que muchas causas terminaban perdidas antes incluso de llegar a juicio.
Una innovación que cambió la justicia
La gran aportación de Goddard fue diseñar un sistema estandarizado para recoger, conservar y documentar las pruebas de una agresión sexual. Reunió en un único kit todo el material necesario (hisopos, peines, sobres, portaobjetos y formularios) y estableció un procedimiento detallado que obligaba a médicos y policías a seguir una misma cadena de custodia. De esa manera, las evidencias podían llegar al juicio sin poner en riesgo su validez.
Hoy puede parecer una solución lógica y evidente, pero entonces suponía cambiar por completo la forma en la que se investigaban estos delitos. Solo había un problema: conseguir que la policía aceptara implantar el sistema.
El hombre que acabó llevándose el mérito
Con ese objetivo entró en la historia Louis Vitullo, un sargento del laboratorio criminalístico de Chicago cuya influencia podía resultar decisiva. Según reconstruye el libro 'The Secret History of the Rape Kit', el primer encuentro con Goddard fue desastroso. Vitullo rechazó la propuesta de mala maneras y la expulsó de su despacho. Sin embargo, días después volvió a citarla para enseñarle un prototipo prácticamente idéntico al que ella le había elaborado.
A partir de ese momento comenzó una negociación desigual. El libro de Pagan Kennedy recoge el testimonio de personas cercanas a Goddard que sostienen que Vitullo la presionó para apropiarse de la autoría del proyecto. Finalmente, ella terminó aceptando que el sistema se registrara con el nombre de Vitullo Evidence Collection Kit. Entendió que para cambiar el sistema tenía que desaparecer de él.
Sabía que un protocolo respaldado por un policía hombre tendría una legitimidad inmediata ante hospitales, fiscales y jueces que difícilmente habría conseguido llevando el nombre de una activista feminista. La estrategia funcionó y, durante décadas, periódicos, manuales y enciclopedias atribuyeron el desarrollo del kit exclusivamente a Vitullo. Cuando murió en 2006, varios obituarios lo recordaban como el hombre que había inventado el rape kit. El nombre de Goddard casi nunca aparecía y cuando lo hacía era como colaboradora.
Un invento financiado por Playboy
Además, la implicación de Goddard no se quedó en su diseño. Después de que distintas instituciones rechazaran financiar el proyecto, fue ella quien encontró ayuda en un lugar tan inesperado como paradójico: la Fundación Playboy, que concedió una subvención de 10.000 dólares para poner en marcha el programa piloto.
Las primeras unidades se montaron en las oficinas de Playboy gracias al trabajo de un grupo de mujeres voluntarias y, en 1978, comenzaron a utilizarse en 25 hospitales de Chicago. La propia Goddard impartía la formación al personal sanitario y policial pese al miedo que le producía hablar en público.
Los resultados fueron inmediatos. En apenas unos meses, la cantidad de pruebas descartadas por errores en la recogida o la conservación cayó de forma drástica. Años después, la llegada del ADN multiplicaría todavía más el valor de aquel procedimiento, que permitió resolver miles de agresiones sexuales gracias a la preservación adecuada de las evidencias.
La mujer que ayudó a cambiar el sistema no consiguió escapar del suyo
La historia de Goddard está todavía lejos de parecerse a un final feliz. Mientras luchaba por mejorar la respuesta institucional frente a las agresiones sexuales, fue vigilada por el llamado Red Squad, una unidad secreta de la policía de Chicago dedicada a espiar a activistas. A finales de los años setenta, además, fue secuestrada y violada durante unas vacaciones en Hawái. La agresión le dejó secuelas físicas permanentes y agravó un deterioro psicológico alimentado por los traumas de la infancia, el agotamiento y el alcoholismo.
Con el paso de los años se aisló casi por completo. Murió en 2015 sin el reconocimiento público que sí recibió el hombre cuyo nombre había quedado asociado a su trabajo. No hubo grandes homenajes ni obituarios que recordaran a la mujer que había contribuido a transformar la investigación de las agresiones sexuales.
Solo mucho después, gracias a investigaciones que revisaron la historia del desarrollo del kit, comenzó a reconstruirse el papel que había desempeñado desde el principio. Su historia no es solo la de una mujer olvidada. Es la de un mecanismo que se ha repetido durante siglos: mujeres cuyas aportaciones quedaron relegadas porque el reconocimiento tenía más posibilidades de prosperar si llevaba la firma de un hombre.
Lo excepcional de su caso es que ella lo sabía. Comprendió las reglas de un sistema profundamente desigual y decidió utilizarlas a favor de las víctimas, aunque eso significara renunciar a ocupar el lugar que le correspondía en la historia. Su nombre desapareció durante décadas, pero el impacto de su trabajo siguió presente en cada prueba correctamente conservada, en cada investigación que pudo avanzar y en cada agresor condenado gracias a un procedimiento que alguien tuvo la intuición de replantear cuando casi nadie prestaba atención a las víctimas.
Foto de portada | The Secret History of the Rape Kit: A True Crime Story
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