Entre 1910 y 1920 las mujeres llegaron a escribir cerca de la mitad de los guiones de Hollywood
Todos los años, cuando se acerca el Día de la Mujer, la conversación suele centrarse en el presente: cuántas directoras hay compitiendo por un premio, cuántas mujeres se cuentan en este festival o qué actrices lideran la taquilla. Pero hay una pregunta mucho más incómoda que rara vez nos planteamos y es la de cuántas mujeres contribuyeron a construir el imperio de Hollywood y después fueron borradas del relato. Porque haberlas haylas. Y son bastantes.
Ahora puede parecer tonto no haber caído en ello antes pero lo cierto es que no, el éxito del cine clásico no es mérito solo de los grandes directores masculinos cuyos nombres se repiten hasta la saciedad en libros y programaciones de filmoteca. También se construyó con el trabajo de escritoras en nómina que crearon personajes, perfeccionaron diálogos e imaginaron historias para los grandes estudios. Un trabajo que hoy forma parte del imaginario colectivo aunque pocos las conozcan.
En corto, el motivo es que su aportación quedó diluida por contratos, reescrituras de guion y créditos compartidos. Aunque unas pocas sí llegaron a conseguir reconocimiento en su momento, el relato posterior del cine ha tendido siempre a simplificar la historia. Y ya sabemos que, en esos casos, las primeras en desaparecer solemos ser nosotras.
Hollywood, la fábrica de sueños y desigualdad
Entre los años treinta y cincuenta, lo que hoy conocemos como la Edad de Oro de Hollywood, el cine funcionaba prácticamente como una maquinaria industrial perfectamente engrasada. Los grandes estudios producían películas a un ritmo vertiginoso y el guion era la base dentro de una cadena de montaje creativa.
Los escritores trabajaban en plantilla, como si fueran parte de un departamento más. Entregaban borradores, recibían notas de productores, supervisores o ejecutivos y el texto pasaba por varias manos antes de llegar en a la versión final.
El problema es que, en ese sistema colectivo, la autoría se convertía en un concepto difuso y rastrear quién escribió exactamente qué parte puede ser complicado. Lo que sí se sabe es que películas tan icónicas como 'El mago de Oz' o 'Rebecca' surgieron de procesos en los que participaron guionistas como Florence Ryerson y Joan Harrison, u otras que no llegaron a los créditos pero que afinaban diálogos, creaban personajes e imaginaban escenas.
Esto se debe a que, siguiendo aquel modelo de trabajo, la aportación de muchas mujeres terminaba reescrita, absorbida por la de otros guionistas o directamente invisibilizada en los créditos. Aun así, con todas las adversidades, algunas lograron abrirse camino. Después, hablaremos de ellas pero antes todavía queda ir un poco a peor.
La paradoja del prestigio
Lo peor de esta historia es que, cuando el prestigio del guion creció, las mujeres desaparecieron prácticamente del todo. Es una paradoja especialmente reveladora porque, durante los primeros años del cine, escribir guiones fue un oficio con muchas mujeres. Algunas investigaciones estiman que en las décadas de 1910 y 1920 las mujeres llegaron a escribir cerca de la mitad de los guiones de Hollywood.
Sin embargo, a medida que los estudios se consolidaron y el prestigio del guion creció, su presencia comenzó a disminuir. Un análisis de miles de películas producidas entre 1910 y 2010 muestra que la participación femenina aumentó al principio del siglo… para luego caer de forma pronunciada durante la era clásica de Hollywood. No volviendo a crecer de forma sostenida hasta finales del siglo XX.
Esto se debe a que, durante los primeros años del cine sonoro, escribir guiones era visto como un trabajo muy técnico dentro de la maquinaria del estudio, lo que permitió que muchas mujeres encontraran espacio en el oficio. Sin embargo, a medida que el guion empezó a ganar prestigio cultural y económico, el panorama cambió.
Los puestos de mayor poder creativo (supervisores de guion, jefes de departamento, productores literarios) se masculinizaron rápidamente. Muchas escritoras quedaron entonces estrictamente relegadas a tareas consideradas "menores": diálogos, pulido de personajes o desarrollo emocional de las historias. Dicho en plata: cuanto más importante se volvió el trabajo, menos mujeres aparecían en los créditos principales.
Todo esto es muy importante para entender por qué, durante mucho tiempo, el relato oficial del cine se ha construido en torno a las figuras masculinas de los grandes directores visionarios, productores poderosos, guionistas ingeniosos... Sin embargo, es un enfoque reduccionista que convierte un proceso colectivo en una narrativa de héroes individuales. Sin importar todas las voces que se quedan por el camino.
Ahí reside la verdadera importancia de releer los créditos, recuperar nombres y reconocer trayectorias. No es solo un ejercicio académico, es también una forma muy llana de hacer justicia a la realidad.
Quiénes fueron ellas
Tampoco se trata de reescribir la historia para sustituir unos nombres por otros sino de reconocer que el cine siempre ha sido un trabajo colectivo y que muchas de las personas que contribuyeron a crearlo fueron mujeres que quedaron excluidas de los créditos.
Algunas de ellas firmaron guiones que aún hoy se estudian en escuelas de cine. Otras solo participaron dejando huellas en procesos de escritura, pero todas formaron parte de una industria que sí consiguió funcionar fue, en gran medida, gracias a su talento.
Frances Marion: la guionista mejor pagada de la Era Dorada de Hollywood
Durante los años treinta, Frances Marion fue una de las guionistas más respetadas y mejor pagadas de la industria. No es una exageración y, además, el mérito es doble si pensamos que se trata de una época en la que el poder creativo estaba dominado por hombres. No solo se convirtió en una de las voces narrativas más influyentes de los estudios (escribió más de 300 guiones), fue la primera persona en ganar dos Óscars al mejor guion ('El presidio' y 'El campeón') y trabajó con algunas de las estrellas más importantes del momento, como Greta Garbo y Mary Pickford.
Su verdadero talento estaba en entender cómo funcionaban las historias dentro de aquel sistema de estudios. Sabía escribir para el público, para los actores y para los productores al mismo tiempo. Además, lo hizo tanto para el cine mudo como en el sonoro. Aun así, hoy su nombre rara vez aparece mencionado cuando se habla de los arquitectos del Hollywood clásico.
Anita Loos y el arte del diálogo mordaz
Aunque si Hollywood tuvo una reina del guion esa fue Anita Loos. Ya era conocida por su estilo afilado antes incluso de la llegada del cine sonoro. De hecho, se considera que ella fue la primera en convertirse, en 1912, en la primera mujer guionista de Hollywood. Después, le daría a la Metro-Goldwyn-Mayer, durante casi dos décadas, algunos de sus más sonados éxitos, como 'La pelirroja' (1932) y 'Saratoga' (1937), ambas con Clark Gable.
Sus guiones y textos destacaban por un humor elegante, lleno de ironía, que ya anticipaba muchas de las comedias sofisticadas que dominarían la pantalla en las décadas siguientes. En una industria que empezaba a descubrir el poder del diálogo, su talento era especialmente valioso. No obstante, es principalmente recordada por su novela cómica 'Los caballeros las prefieren rubias' y su continuación, 'Pero se casan con las morenas'. Eso sí, no participó directamente en la escritura del guion cinematográfico de la película de 1953, protagonizada por Marylin Monroe.
Leigh Brackett, la reina del cine negro
Otro caso fascinante es el de Leigh Brackett, una escritora que se movió con soltura entre la literatura pulp, el cine negro y las grandes producciones de Hollywood. Su estilo tenía algo que hoy todavía resulta novedoso porque combinaba diálogos crudos, personajes ambiguos y un ritmo narrativo muy cinematográfico. Por eso terminó participando en guiones que hoy se consideran fundamentales dentro del cine estadounidense: desde el noir de 'El sueño eterno' hasta el western 'Rio Brav'o, el neo-noir setentero 'Un largo adiós' o incluso el primer borrador de 'El imperio contraataca' de 'La guerra de las galaxias'.
Dorothy Arzner: la excepción que confirma la regla
Eso sí, dentro del Hollywood clásico hay pocas figuras tan singulares como Dorothy Arzner. Fue una de las pocas mujeres que consiguió dirigir películas en aquella época, algo extraordinario en un entorno donde el poder creativo estaba fuertemente masculinizado.
Pero antes de llegar a la dirección también trabajó como guionista y montadora, participando en el desarrollo de historias y en la construcción de personajes femeninos complejos que se salían de los estereotipos habituales.
En 'Baila, muchacha, baila' (1940), Dorothy Arzner puso en escena a una bailarina que llega a romper la cuarta pared para enfrentarse directamente al público que la observa como un objeto. En 'Hacia las alturas' (1933), dirigió a Katharine Hepburn en el papel de una aviadora que antepone su independencia a las convenciones sociales. Y en 'Working Girls' (1931) retrató la vida cotidiana de mujeres jóvenes que intentaban abrirse camino en la ciudad.
No eran historias revolucionarias en apariencia, pero sí lo suficiente como para mostrar algo poco habitual en el Hollywood de la época: mujeres con ambiciones propias, contradicciones y una vida más allá del romance. Por lo tanto, su trayectoria demuestra algo importante y es que, cuando una mujer lograba ocupar un espacio de poder creativo, podía cambiar el tipo de historias que llegaban a la pantalla. El problema era que muy pocas tenían esa oportunidad.
Foto de portada | 'Los caballeros las prefieren rubias'
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