
Rodar con Williams fue una experiencia inolvidable para el actor
Han pasado 36 años desde el estreno de 'El club de los poetas muertos' y la película sigue pasando a ocupar un lugar privilegiado en el corazón de todo el que la ve por primera vez. No solo por su inolvidable invitación a aprovechar el momento o por los versos que, en su día, ya marcaron a toda una generación, sino también por la inolvidable interpretación de Robin Williams como el profesor John Keating, uno de esos personajes con la capacidad de hacernos cambiar la forma en que entendemos la educación, la creatividad y la libertad.
Para Ethan Hawke, no obstante, el legado de aquella película es todavía más personal. Cuando participó en el rodaje tenía solo 18 años y estaba haciendo sus primeros pinitos como actor. Así que lo que encontró en aquel set no fue únicamente una experiencia profesional, sino una auténtica lección sobre cómo funciona el arte cuando el talento y la imaginación tienen espacio para fluir.
En una entrevista concedida a 'Vanity Fair' con motivo del estreno de 'Black Phone 2', Hawke recordó la fascinación que sintió al observar la relación que había entre el director Peter Weir y Robin Williams. El actor explicó que presenciar aquellas conversaciones sobre interpretación tan de cerca fue una experiencia que todavía hoy considera irrepetible.
Parte de esa fascinación tenía que ver con la forma de trabajar de Williams. Acostumbrado a pensar que un guion era una hoja escrita en piedra, Hawke descubrió que existía otra manera de abordar una escena. Según contó, Williams no se limitaba a reproducir lo que estaba escrito: si tenía una idea, la ponía en práctica. No pedía permiso ni esperaba una validación previa. Simplemente exploraba las posibilidades.
Aquello fue toda una revelación para el joven actor. Más que una anécdota sobre improvisación, se abrió ante él una forma completamente distinta de entender la interpretación. Williams demostraba así que el trabajo de un actor no consiste únicamente en ejecutar instrucciones, sino también en aportar una mirada propia al material de base.
"Robin Williams no seguía el guion, y yo no sabía que eso se podía hacer. Si tenía una idea, simplemente la llevaba a cabo, no pedía permiso. La idea de que se podía interpretar de esa manera me abrió un mundo de posibilidades. Y a Peter le gustó, siempre y cuando siguiéramos cumpliendo los objetivos del guión".
Lo más interesante, sin embargo, no era esa libertad creativa, sino la manera en la que Peter Weir la gestionaba. Hawke recuerda que el director permitía esas desviaciones siempre que la esencia de la escena y los objetivos narrativos permanecieran intactos. No se trataba de improvisar por improvisar, sino de encontrar nuevas formas de llegar al mismo destino.
"Lo vi dirigir a Robin Williams, algo nada fácil, porque Robin era un genio de la comedia, pero la actuación dramática aún era algo nuevo para él en aquel momento. Observar esa relación, estando yo a un metro y medio de distancia mientras hablaban de interpretación, fue algo que no se puede olvidar".
Esa dinámica dejó una impresión indeleble en el actor. Williams y Weir tenían métodos muy diferentes, pero en lugar de entrar en conflicto, supieron establecer una colaboración basada en el respeto mutuo. Ninguno intentaba imponerse sobre el otro. Ninguno veía las diferencias como una amenaza.
Su recuerdo de 'El club de los poetas muertos' nos recuerda, de este modo, el valor de tener la capacidad de escuchar perspectivas distintas y permitir que las ideas evolucionen cuando varias personas participan en ellas.
"La imaginación compartida puede volverse muy poderosa, porque la película trasciende el punto de vista de una sola persona. Contiene múltiples perspectivas".
Según el actor, ahí reside la verdadera magia del cine. Una película alcanza su máximo potencial cuando deja de pertenecer a una sola persona y se convierte en el resultado de una imaginación compartida. Cuando distintas sensibilidades, experiencias y formas de entender el mundo encuentran un espacio común.
Es una lección que encaja perfectamente con el espíritu de este clásico del cine porque, al fin y al cabo, la película nunca trató únicamente de poesía sino de encontrar la voz peopia. Tal y como descubrió Ethan Hawke observando a Robin Williams salirse del guión.
Fotos | El club de los poetas muertos
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