Mi amante es un robot: del sexo y las relaciones en la era de la inteligencia artificial

Las relaciones entre seres humanos y robots son un tema que ha despertado la curiosidad popular desde antes incluso de que comprendiéramos del todo el concepto de inteligencia artificial. Pero nunca habíamos estado tan cerca de una de las manifestaciones más reales que podemos encontrar de la inteligencia artificial: el sexo entre humanos y robots.

¿Es real la posibilidad del sexo entre humanos y robots?

Según David Levy, experto en inteligencia artificial y autor de Love and Sex with Robots: The Evolution of Human-robot Relationships (Amor y sexo con robots: la evolución de las relaciones humano-robot), el matrimonio con robots será una realidad en 2050 (entendiendo matrimonio como relación estable, claro; la legislación será otra historia). La misma fecha estima el matemático y fundador de Futurizon Ian Pearson: lo ve como una evolución natural desde el porno online al sexo en 3D, pasando por los juguetes sexuales que interactúen con realidad virtual.

Crear un robot con el que resulte factible tener relaciones sexuales satisfactorias no es tan sencillo como puede parecer en un mundo en que la tecnología nos fascina día a día con sus avances. Lo que existe hasta este momento en el mercado se aproxima más a la definición de juguete sexual, sin una gran presencia de la inteligencia artificial en su diseño. Para que un juguete sexual adquiera la categoría de robot, hace falta mucho más que una apariencia humana realista.

Los expertos consideran que, hoy en día, lo más parecido a un robot sexual que hay en el mercado es Real Doll, un conjunto de muñecas con diferentes personalidades, que cuentan con una auténtica legión de seguidores en Estados Unidos a pesar de su precio de entre 5.000 y 10.000 dólares.

Pero un verdadero robot sexual tendría que disponer de una serie de funciones que están muy lejos de lo que se puede encontrar (y casi imaginar) hoy en día: seguir la mirada del usuario, responder a las emociones que demuestran sus gestos, aprender sus posturas favoritas, interactuar verbalmente durante el sexo y sustituir en cierta manera la conexión emocional, por muy pequeña que esta sea, entre dos personas que mantienen una relación sexual.

¿Y el amor?

Hasta ahora hemos hablado de sexo. Pero, ¿qué ocurre con el amor? Las reglas del amor están tan influenciadas por nuestra cultura y el lugar y el tiempo en que nos ha tocado nacer que nos resulta complicado, en muchas ocasiones, ver más allá de lo normal. Si pensamos que las relaciones interraciales eran ilegales hasta hace poco más de 40 años en países como Estados Unidos o Reino Unido, o que en muchos lugares del mundo, las relaciones homosexuales aún están penadas con la condena a muerte, es fácil llegar a la conclusión de que es la evolución del pensamiento la que conducirá a que aceptemos o no la posibilidad de enamorarnos de un robot.

Todo dependerá también, evidentemente, del desarrollo tecnológico y de cómo la inteligencia artificial sea capaz de proporcionarnos una contraparte robótica por la que podamos desarrollar sentimientos reales. El doctor Blay Whitby, especialista en ética tecnológica de la Universidad de Sussex (Reino Unido), cree que los robots llegarán a formar parte de nuestras vidas hasta tal punto que enamorarse de ellos será solo una posibilidad más. La misma opinión sostiene Alex Garland, director de la cinta Ex Machina, que no encuentra nada malo en la posibilidad de enamorarse de una máquina.

Francesc Colom, psicólogo clínico especialista e investigador del Programa de Trastornos Bipolares del Hospital Clínic de Barcelona, considera que el primer paso sería reformular el concepto mismo de enamoramiento. «El enamoramiento implica intimidad, complicidad y empatía. Y eso sólo es posible entre dos seres de la misma especie».

¿Qué papel juega la ética en todo el asunto?

Cuando la compañía japonesa SoftBank sacó a la venta el primer robot capaz de leer emociones humanas, el famoso Pepper, a mediados del año pasado, se hacía a los usuarios firmar un acuerdo por el cual se comprometían a no utilizar el robot para fines sexuales. Pero la aparición del primer robot con fines puramente sexuales (o, mejor dicho, el primer producto vendido bajo esa campaña publicitaria) no tardó en llegar. Fue TrueCompanion, lanzada al mercado a finales de 2015, con un slogan que dejaba muy claro que estaba siempre dispuesta a hablar y jugar. Parece claro que ese es solo el primer paso de un debate que tardará en llegar a conclusiones que satisfagan a todas las partes.

En el bando de quienes no ven nada malo en la posibilidad de que el futuro nos traiga relaciones con robots, se alinean figuras como Pearsons, que considera que las reticencias iniciales irán desapareciendo a medida que la tecnología evolucione y permita conectar con los robots no solo desde el punto de vista sexual, sino también desde el emocional.

También David Levy es optimista. Considera que la introducción de la inteligencia artificial en el terreno de las relaciones sexuales puede ayudar a muchas personas con problemas para mantener interacciones satisfactorias.

El bando contrario es beligerante. Una de las voces más activas es la de Kathleen Richardson, investigadora de ética robótica en la Universidad De Montfort en Leicester, que, junto a otros expertos en la materia, dirige la Campaign against Sex Robots (Campaña contra los robots sexuales). Sus argumentos se centran en la idea de que el desarrollo de robots sexuales cosifica a las mujeres, en una sexualización que no hace más que intensificar lo peor de las relaciones actuales entre humanos. Claro que, por otra parte, los defensores mantienen que los robots sexuales acabarán con el problema de la prostitución. El debate, pues, está servido.

Hombres y mujeres... ¿iguales ante los robots sexuales?

Una de las críticas que hemos leído sobre la posibilidad de introducir la inteligencia artificial en las relaciones sexuales es la cosificación de la mujer. Pero, ¿por qué de la mujer y no del hombre? La respuesta, probablemente, se encuentre en el hecho de que la demanda en el mercado y el número de prototipos en desarrollo es infinitamente mayor para los futuros robots sexuales de apariencia femenina que masculina.

Aunque ya hay voces que reclaman la igualdad entre hombres y mujeres en cuanto a las posibilidades de mantener futuras relaciones con robots, lo cierto es que el interés de uno y otro sexo es muy diferente. Algunas encuestas sitúan el interés masculino en aproximadamente el 66% mientras que el femenino apenas alcanza el 33%.

En general, es difícil encontrar información sobre robots sexuales masculinos. El más célebre parece ser Gabrielle, aunque su popularidad queda muy lejos de la de muchas de sus homónimas femeninas y que, como en el caso de ellas, está mucho más cerca de la definición de juguete sexual / muñeca hinchable que de la de auténtica utilización de la inteligencia artificial. Parece que estamos lejos, sobre todo las mujeres, de que se haga realidad aquella predicción de Jude Law, interpretando a Gigolo Joe en A.I., que decía que «una vez que pruebas un amante robot, ya nunca querrás volver a estar con un humano».

El amor entre humanos y robots en la ficción

La ficción vio venir el amor entre humanos y robots antes de que la tecnología real lo pusiera en práctica. Además de la ya mencionada A.I. (Steven Spielberg, 2001), un buen ejemplo es la serie Humanos, que explora ya los límites de la interacción entre el hombre y la máquina como algo natural. También la película Her, en la que Joaquín Phoenix se enamora del sistema operativo de su teléfono, interpretado por la voz de Scarlett Johansson. Aunque quizá el ejemplo más claro para cerrar el trío de ejemplos de ficción que tratan de superar a la realidad sea Ex Machina, en la que el robot Ava seduce a un humano para conseguir sus objetivos.

Imágenes | Real Doll, Soft Bank.

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