
La mayor disputa del torneo no está en la cancha, sino en los asientos
A pocas horas de que arrancara el Mundial 2026, México ya tenía algo que celebrar fuera de la cancha: el partido inaugural entre la Selección y Sudáfrica agotó todos sus boletos, algo que ni Estados Unidos ni Canadá lograron con sus respectivos debuts.
Pero mientras esa noticia suena bonita, hay otra historia mucho más jugosa pasando en paralelo, y tiene que ver con los palcos del Estadio Banorte, antes conocido como Azteca, donde se está cocinando un mercado alternativo que mueve millones de pesos, uno que la FIFA no controla del todo y que ha terminado en juzgados federales.
Un estadio construido sobre acuerdos de hace 60 años
Todo empieza en los años 60, cuando Emilio "El Tigre" Azcárraga, dueño original del estadio, enfrentó problemas de dinero para terminar la construcción. Su solución fue vender palcos a las familias más adineradas de la ciudad, dándoles a cambio contratos de propiedad por 99 años.
En la práctica, esos espacios se volvieron suyos, casi como un segundo hogar dentro del estadio y que resulta ser un esquema que probablemente no exista en ningún otro recinto del mundo, y es justo lo que ahora le está dando dolores de cabeza a la FIFA.
A diferencia de los otros 15 estadios sede del Mundial, el de la Ciudad de México fue el único que no tuvo que entregar todos sus palcos al organismo. Para resolverlo, Ollamani (la empresa que ahora controla el inmueble tras la escisión de Televisa en 2024) pagó 58 millones de dólares a la FIFA como compensación por los cerca de 13 mil asientos de palcos y plateas que quedarían fuera de su control directo. A cambio, se prohibió la reventa.
El problema es que esa prohibición, en los hechos, nadie la está respetando.
Un mercado que vive en WhatsApp y vale millones
Mientras los boletos oficiales se venden en plataformas reguladas, en la Ciudad de México los palcos del Banorte se negocian por grupos de WhatsApp y hasta en Facebook. Según una investigación de Bloomberg publicada por El Financiero, hay palcos para 27 personas que se ofrecen en hasta 27 millones de pesos (2.2 millones de euros) por los cinco partidos que se jugarán ahí, y otros para 15 personas que rondan los 7.5 millones.
Ollamani y la FIFA ya se dieron cuenta de lo que está pasando: el 11 de mayo enviaron notificaciones a los dueños advirtiendo que cualquier boleto que se identifique como vendido o transferido de forma irregular podría ser cancelado.
La respuesta no se hizo esperar: tres días después, un juez federal le dio la razón a un grupo de propietarios y les permitió, mediante medidas cautelares, rentar o vender sus espacios libremente durante el torneo, además de meter comida y bebida propia y usar los estacionamientos del estadio, tal como lo habían hecho por más de 45 años.
La FIFA contraataca y se queda con la última palabra (por ahora)
Ahí no terminó la historia. Apenas unos días antes de la inauguración, un juzgado federal dio un giro completo y revirtió esas medidas cautelares a favor de la FIFA y de Ollamani: la nueva resolución le quita a los dueños de palcos el derecho de meter alimentos, bebidas y vehículos propios, obligándolos a comprar los costosos paquetes de hospitalidad de la FIFA, que van desde los 7 mil hasta los 15.000 dólares para 12 personas.
Roberto Ruano, vocero de la asociación de propietarios, ha dicho que si no los dejan entrar como corresponde, las indemnizaciones que tendrían que pagarles serían muchísimo más altas que lo que ya se le pagó a la FIFA.
Lo curioso es que ni el organismo ni Ollamani parecen tener un control real sobre la reventa, porque legalmente los palcos siguen siendo propiedad privada de esas familias desde hace seis décadas. Incluso, un portavoz de Ollamani le dijo a Bloomberg que no tienen registro de esas medidas cautelares y que dudan que existan, mientras que la FIFA simplemente no contestó.
Es decir, mientras el organismo presume un Mundial con todo vendido y récords de demanda, en uno de sus estadios más emblemáticos se libra una pelea legal que todavía no tiene final claro, y un mercado negro de palcos que sigue operando como si nada.
Fotos de Wikimedia | Estadio Banorte
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