Lejos de la tecnología, con vinilos y teléfonos con cable: así es el nuevo lujo de los ricos
Cada vez más, lo que entendemos por lujo está cambiando. En algunos rincones sofisticados del planeta, ya no se trata de tener lo más moderno o lo más caro, sino de recuperar lo simple: objetos a los que puedas agarrar, desconectar, o manipular sin depender de una app.
Entre quienes tienen recursos de sobra, se ha gestado una suerte de rebelión contra la hiperconectividad. Casas en las que no se enciende una "smart-light" con un móvil, sino que se pulsa un interruptor manual. Hogares que rehuyen la voz-activación, el wifi constante, los algoritmos que te dicen qué escuchar. Esa decisión consciente de volver a lo analógico, según algunas voces del mundo del lujo contemporáneo, se ha convertido en un símbolo de estatus: dejar de depender de pantallas y volver a lo tangible.
Así, lo que antaño parecía una renuncia tecnológica ahora brilla como una muestra de sofisticación. Hay celebridades, empresarios y antiguos amantes del gadget quienes ahora apuestan por casas "tontas": con luz manual, calefacción tradicional, teléfonos con cable, tocadiscos de vinilo y dispositivos analógicos. Esa vuelta atrás pareciera un paso en falso, pero para muchos es un acto voluntario de reconexión con el tacto, con lo real, con el silencio.
Ese rechazo al "todo-automático" también está impulsado por el cansancio: notificaciones constantes, bombardeo de estímulos digitales, ruido mental. Esa saturación ha motivado que muchos opten por espacios sin pantallas (hoteles, centros de retiro o casas) donde lo más sofisticado es el silencio, la calma, la naturaleza o el simple placer de un vinilo girando.
En este contexto, lo analógico gana valor: un tocadiscos, unos auriculares con cable, un teléfono rígido, muebles de madera, interruptores manuales… no como nostalgia barata, sino como símbolos de un lujo moderno que prioriza lo sensorial, lo real, lo atemporal. Esa sensación de control, de pausa, de intimidad sin filtros digitales con la que la desconexión deja de ser una renuncia: se convierte en privilegio.
Al final del día, este giro en la concepción del lujo puede leerse como una declaración silenciosa: a veces, lo más caro no es lo último en tecnología, sino lo que ya no necesitas conectar.
Foto de Jurian Kersten en Unsplash
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