En su intento por serlo todo, el Bernabéu corre el riesgo de no ser nada en concreto
El Santiago Bernabéu se concibió como el estadio más avanzado del mundo, una obra de ingeniería capaz de redefinir la experiencia del fútbol contemporáneo y, al mismo tiempo, de multiplicar los ingresos de un club que siempre ha entendido el negocio como parte inseparable del espectáculo.
Sin embargo, en su ambición por serlo todo a la vez, el recinto ha empezado a deslizarse hacia una incómoda pregunta que nadie en el Real Madrid quiere formular en voz alta: para qué sirve realmente cuando no hay fútbol. La respuesta, de momento, parece estar en constante (e interminable) construcción.
La idea inicial era clara y casi romántica: la de convertir el Bernabéu en una suerte de catedral del fútbol moderno donde cada detalle, desde el césped retráctil hasta la cubierta móvil, estuviera al servicio del partido. Pero el costo de esa visión, que supera ampliamente los mil millones de euros, ha obligado a cambiar el relato.
Ahora el estadio ya no puede limitarse a acoger partidos cada quince días: tiene que producir dinero cada día del año. Y ahí es donde empieza la fricción entre lo que el estadio ofrece y lo que necesita ser, porque resulta obvio que el modelo al que aspira es el de convertirse en una mezcla entre el Madison Square Garden, el WiZink Center y la All England Lawn Tennis, todo ello sin dejar de ser el escenario de noches europeas de la UEFA Champions League.
Y esta comparación no es casual, el problema es que cada uno de esos espacios funciona bajo lógicas distintas, con calendarios propios y con una especialización que el Bernabéu, por definición, no puede permitirse, porque la conversión del estadio en un recinto multiusos ha traído consigo una programación cada vez más ecléctica.
Conciertos multitudinarios, eventos corporativos, experiencias inmersivas y, más recientemente, la idea de acoger partidos del Mutua Madrid Open con pistas de tenis instaladas sobre su compleja infraestructura, hacen que cada nuevo evento parezca menos una evolución natural de un estadio de fútbol y más una solución creativa para llenar huecos en el calendario, lo que ha llevado al estadio y su necesidad de monetizar a convertirlo en una especie de laboratorio permanente.
La dificultad no es técnica, sino conceptual: en este caso, un estadio de fútbol tiene una identidad que se construye partido a partido. Un recinto multiusos, en cambio, vive de la rotación y de la sorpresa, y es ahí donde el Bernabéu tropieza al intentar habitar ambos mundos al mismo tiempo: ser casa del Real Madrid y, a la vez, una máquina de eventos que compite con todo tipo de espacios en una ciudad saturada de oferta cultural.
Al final, todo se reduce a una cuestión de equilibrio en donde el Real Madrid necesita que el Bernabéu sea rentable, pero también que siga siendo reconocible para que el aficionado lo sienta como propio y no como un escenario más dentro de la industria del entretenimiento.
Sin duda, esta gran obra arquitectónica es un experimento fascinante, ambicioso y todavía inconcluso que quizá acabe definiendo el futuro de los grandes recintos o, por el contrario, evidenciando los límites de querer serlo todo al mismo tiempo.
Fotos de Real Madrid
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