Christian Lacroix en la Semana de la Moda de París primavera-verano 2009

Y entre tanto futurismo y tendencias descafeinada que tiene a lo aburrido, llegó él, Christian Lacroix y su contínuo homenaje a la España más cañí, a la poesía, al teatro, al color, y aunque las colecciones de verano no den para más y tienda a ser repetitivas y algo sosas, con cuatro salidas de Lacroix uno se da por satisfecho para toda la semana de la moda de París y parte de las otras.

Lacroix es el único capaz de hacer de la Alta Costura magia pura y del prêt-à-porter Alta Costura adaptando siluetas y propuestas recargadas y excesivas a la moda calle. Todo en él es extravagante, hasta el vestido más simple, hasta el pantalón más normal.

Porque todo lo cuida hasta el mínimo detalle, lo embellece, lo engalana, sin caer nunca en el barroquismo pero haciendo de sus mujeres un referente de estilo a mitad de camino entre Maria Antonieta y Madonna.

Par esta colección no deja de lado su amor por España y lo suyo es un corazón dividido entre la corte francesa y las infantas pintadas por Goya. El lujo de Lacroix no es insultante ni derrochador.Es artístico. Pictórico. Y pone la nota jovial y esperanzadora a tanta propuesta lisa y llana. Nunca se defrauda a sí mismo y nunca nos defrauda a los demás. Aunque yo a Lacroix, como a Galliano los prefiero en la HC, porque su mente no está hecha para crear cosas que se acerquen a la banalidad y por eso cuando se ponen, se deslucen un poco, porque están hechos para ir más allá de lo puramente casual.

Por eso su listo para llevar es diferente al del resto; está plagado de detalles y pistas que los delatan. Los vestidos, no son simples vestidos, tiene detalles que los hacen grandes, como unas enormes hombreras casi arquitéctonicas, magníficos abullonados, rosetones, y drapeados ; las camisetas no son simples camisetas, van todas bordadas a mano con finos hilos de seda; y las chaquetas, de corte eduardiano, nos trasladan a otra época.

Sus estampados son siempre un mix de lunares y print animal, todo ello en magníficos chifón de seda, Lacroix mezcla sin miedo y siempre acierta.

Las flores son otra de sus constantes, así como las figuras geométricas tipo Mondrian, todo ello bajo el inevitable baño de oro, ese color tan fastuoso que nunca le ciega.

Una colección totalmente fiel al espíritu de la casa (lo que no significa que sea predecible): exquisitamente adornada pero nada más lejos de los estridente. Me muero de ganas de ver a Naty Abascal con cualquiera de estos diseños.

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