Con los 100.000 euros de premio quiere montar su propia empresa de catering
Gabriela Hinojosa se ha convertido en la ganadora de MasterChef 13, y su victoria va mucho más allá de lo culinario. No solo ha demostrado talento en la cocina, sino que ha contado una historia personal profunda, marcada por la pérdida de su padre, por un conflicto familiar por la herencia y por el deseo de empezar una nueva etapa profesional.
"Mi padre me diría: 'Te lo dije'", dijo entre lágrimas al escuchar su nombre. como ganadora. Porque en realidad, cada plato que presentó en el programa fue un homenaje a él. A su recuerdo, a lo que le enseñó y también a lo que quedó pendiente. Tal y como recordó anoche, su última comida juntos fue en Cádiz. Y fue allí donde él le regaló algunos consejos de vida que ahora ella pone práctica.
"Mi padre es Eduardo Hinojosa", explicó Gabriela varios programas atrás. Empresario de renombre, vinculado durante décadas al sector de la moda, Eduardo fue una figura clave en la expansión del grupo Cortefiel, una firma que comenzó como mercería en 1880 y que, bajo el impulso de su familia, vivió un proceso de internacionalización y modernización que la llevó a lo más alto. En 2005, los Hinojosa vendieron su participación, y el grupo pasó a llamarse Tendam, integrando otras marcas como Springfield o Women’secret. En enero de este mismo año, la familia real de Abu Dabi adquirió el 67 % de la compañía, tal y como reflejan en Vanitatis.
Pero detrás de esa historia de éxito empresarial hay otra menos pública y más dolorosa. La muerte de Eduardo Hinojosa dejó abierta una herencia que no trajo unión, sino conflicto. Gabriela, lejos de esconderlo, lo compartió con honestidad: "Desde que se ha ido él, entre herencia y trabajo, se ha convertido todo en algo complicado. Los quería de verdad y me da pena por una herencia. Esto es un regalo, no es un derecho, algo que tenemos que tener en cuenta los hijos".
A esa mochila emocional se suma su propia historia vital. Gabriela vive en Valencia con su marido, Curro, y sus dos hijos pequeños, y durante la grabación del programa estaba embarazada de seis meses del tercero. Concursó entre náuseas, fatiga y muchas emociones contenidas. Pero lo hizo sin renunciar a su esencia: con cabeza, con respeto y con una profunda vocación por cocinar desde el sentimiento. Su menú final, titulado Sin esfuerzo no hay recompensa, fue un reflejo de todo eso. El broche: una pavlova de horchata con fresas osmotizadas, homenaje a las fallas y símbolo de su arraigo valenciano.
Además de los 100.000 euros del premio, Gabriela obtiene una beca en el Basque Culinary Center y la publicación de su primer libro de recetas. Pero su objetivo está claro: quiere montar su propia empresa de catering, un proyecto que llevaba tiempo soñando y que ahora, con el impulso del programa, parece más real que nunca.
Gabriela no ha ganado MasterChef con espectáculo ni polémicas. Lo ha hecho desde la coherencia y la emoción. Ha cocinado para cerrar heridas, para reencontrarse con su historia, para honrar a un padre que le enseñó a tener buen gusto y a valorar el esfuerzo. Y ha demostrado que, incluso en televisión, aún hay espacio para relatos honestos y sin artificios.
Fotos | TVE
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