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Vogues Fashion Night Out Madrid

Todo para el pueblo, pero sin el pueblo“. La famosa frase del despotismo ilustrado bien podía servir para resumir una noche de tiendas en Madrid denominada Vogue Fashion’s Night Out, promovida por la empresa Vogue desde 2009 con la intención de incentivar las compras. El evento surgió en Nueva York y ya se ha extendido a numerosos países entre los que se encuentra España con Madrid como capital.

El exclusivo barrio que toma nombre del Marqués de Salamanca varió de público habitual, pasando así de unas calles por lo general cómodas, amplia en Serrano después de unas obras típicas en la hoja de ruta del faraón, con un número de personas reducido, a unas calles muy concurridas por las que no era tan cómodo pasear, menos aún al llegar a José Ortega y Gasset, centro neurálgico del acto y calle clave con varias de las mejores tiendas de lujo de Madrid. Cientos de personas, 340 tiendas abiertas y al final sólo la idea de: “se mira pero no compra“.

La exclusividad de las tiendas de lujo ayer se perdió por completo. Ayer no era el día de verlas desde fuera cual soñador que desea probarse ese abrigo increíble que está expuesto en el escaparate. Ayer era el día de puertas abiertas para demostrar que estas tiendas existen, que puedes entrar y no te cobran tras poner el primer pie dentro. Chanel, Armani, Tiffany’s abiertas para que los extraños, aquí ya no hablo ni de habituales, merodeasen por su interior cual niño pequeño descubre el desván de sus abuelos.

El único inconveniente que tiene este niño pequeño es que para llevarse a casa ese producto visto en el desván tendrá que necesitar una buena cantidad de dinero no apta para una buena parte de los que allí curioseábamos prendas exclusivas con tres ceros escondidos en rebuscadas etiquetas ocultas al ojo humano.

Prada VFNO

De ahí que este evento fuese para el pueblo pero sin el pueblo. Una ocasión para poder ver de cerca ese lujo que nos venden con aíres de exclusividad, con promesas de juventud eterna, alto reconocimiento social y belleza incluida el pack pero del que ni siquiera éramos capaz de sacar de la percha para probárnoslo por cautela a que viniese aquel dependiente que en un día normal nos hubiese mirado de forma altiva al haber cruzado el umbral de la puerta de cristal (al menos en nuestra imaginación).

Todos mirábamos, todos contemplábamos la situación con más o menos curiosidad de los no habituados a tales círculos sociales, los cuales daba la casualidad que ayer brillaban en su ausencia. Las tiendas de lujo se llenaron de otro tipo de compradores cuyas diferencias se apreciaban a la legua. No obstante, era un evento para nosotros y no para quienes pueden ir cualquier día a Prada y comprar lo que deseen.

¿Hipocresía? Mucha. Hablamos de moda y eso siempre está presente. Hipocresía porque por unas horas conocemos otras tiendas a las que no entraríamos nunca. Hipocresía porque muchos se arreglan como si de una boda se tratase. Y así podría seguir poniendo ejemplos. Pero al final no es tan malo. Estamos viviendo una noche distinta. De forma hipócrita o no, pero distinta. Es interpretar un papel que no es el nuestro, por lo habitual, y que hasta hace gracia. Es agradable entrar en unas tiendas prohibitivas cual Pepe por su Zara.

¿Esto es hipócrita? Sí, por supuesto. Pero también lo es comprar el Vogue todos los meses y ver vestidos de Óscar de la Renta por más de 2.500. ¿Acaso dejamos de hacer eso? No. Nos gusta ver cosas diferentes a las del día a día, incluso soñar con aíres de grandeza aunque sepamos que al final todo es en vano y que ni necesitamos eso ni es indispensable para ser feliz.

Yo ayer miré muchas cosas pero no compré nada y tan a gusto. No entra dentro de mis planes gastarme más de 2.000 euros en un abrigo pero me gusta verlo de cerca, curiosear ese ambiente falso creado para la noche de ayer y volver a casa entre risas con los amigos. Cualquier otro intento de llevarlo a un terreno más profundo es en vano.

Esto es un juego en el que sólo unos pocos tienen la posibilidad de participar, lo cual no lo convierte en mejor ni en peor.

Foto Prada | Carlos Jimeno

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