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Hablar de Miguel Palacio, es hablar de una directriz clara y única: vestido sofisticado. El que fuera media naranja de Lemoniez hasta el año 2000, viene haciendo del regusto a añejo y del vintage chic, su bandera; nadie puede olvidar ya el vestido de novia de Laura Ponte, y tantos oros que vinieron detrás. Lo suyo es la feminidad discreta, moderada y formal.

Esta es posiblemente una de las colecciones más coherentes que se han visto hasta el momento en Cibeles, y es que partiendo de la base del drapeado y el lazo o rosetón como complemento, Palacio ha hilvanado una serie de vestidos que empiezan siendo rígidos, sin aparente patrón, y desembocan en lo etéreo.

Palacio vuelve a dibujar a una mujer casi abstemia en cuanto a formas, pero sumamente elegante.

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Y es que a falta de marcar excesiva cintura, cobran protagonismo los contenidos elementos embellecedores como los pequeños o enormes lazos con incrsutaciones metálicas apenas perceptibles, los juegos de pliegues en tirantes de vestidos asimétricos, y los volantes en mangas y acabados.

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Las telas de efecto metalizando van dejando paso a las gasas drapeadas, y a los rosetones en lana rústica que rompen con su carácter fluido y vaporoso.

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Así como al color, el rosa chicle y el turquesa, y de nuevo, al piqué y a los cinturones, y al intercambio de elementos, los rosetones, se incorporan ya a todo los vestidos, y los volúmenes, se van ahuecando a la vez que se complican,

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porque al caer la noche, lo corto, se enrevesa, en un ejercicio de malabarismo con las telas.

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Mientras lo largo, se hace vestido joya.

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